'Mean to me' suena de fondo y se evidencia por las palabras exaltadas que produce, y yo, ¿qué produzco? mi literatura extraña y oscura -imprecisa-, diversa y de harapos que aborrezco; pasa tan rápido de mi rosca que odio la palabra anterior, odio 'palabra', odio 'odio', odio la coma que fue y que ahora viene y ¡mírala!, ahí detrás de 'ahí' se burla. Todo lo que aquí simplifico es burdo, tosco, y esa falta de consolidación de un estilo, ¿es evolución o una involución que toma la forma de la duda y de la distracción más cruel, que atañe a la falta de inteligencia?
No lo sé. Quizás no me note mejoría, me note mejoría, pierda una notoria mejoría, me convierta en un personal premiado y vuelva a caer en un pozo de ambición manchada, como el polvo marrón de las ventanas arañado por la lluvia de entretiempos. Todo da igual, ¿no? No me importan los demás, no me importo yo mismo. A tomar por el culo, como quien dice, chico, y adelante, los borrones de la otra cuenta los guardo en un cajón y les doy rodeos, los magnifico para que parezcan parches, y de parches a florituras, como las malvas sobre las tumbas y los helechos que cubren la identificación de las lápidas -hablo absolutamente de literatura; muchos borrones, ¡Ay, borrones! antes parecían verse tan claros, hoy se ven como la cómoda nube que realmente pudieron ser. Amo esas tachaduras, o esos tachones, esos pedazos empalados de alma que firman el dibujo de una boca muda cosida por la mina de un lápiz o la tinta de un bolígrafo. Se me antoja son cofres, cajones, escondites donde recrear lo que pudo ser, ¡cómo he amado en tantas ocasiones y de tantas formas! Cada una de ellas sería posible, amplificada por la pasión deliciosamente obscena de los labios de la realidad, pero borrar lo que tacha la palabra implica desvanecerla, ¡reescribámosla juntos muy lejos, maldita, lejos de ojos que te reflejen distinta que los míos!-.
Y aquí dejo ese último cuento que no me representa, como bien he dicho, porque también se ha diluído en el inútil perfeccionismo y esta mi ilusión de progreso, que anhelo no sean tan somera y valga algo... ¿no todos queremos eso?
En fin. El texto no es la versión final, no dispongo de ella por ahora y es aún más bisutería que el que di por última versión -diciendo edición, ¿no sería patético?-, cuyo final cambia drásticamente. Incluso podría decir que no me desagrada este del que hablo. El que prosigue, no es gran cosa, peca de ingenuo -ojalá pecase sólo de ingenuo- y he de reconocer, sinceramente, que creo por suerte haber mejorado desde la última vez que lo revisé. Si no admitiese eso, o sería una reprochable falsa modestia o la más absoluta de las estupideces. Diminuta o enormemente, todos somos vanidosos. De lo contrario, esa insensible analogía con las ovejas con la que los revolucionarios -los más vanidosos, luego hipócritas, de todos- tachan a los conformistas, tendría un triste sentido. No tendríamos carácter; el carácter genera enemigos; los enemigos nos hacen vanidosos; la vanidad nos da carácter. No es malsana, es competitiva y audaz. ¡Me voy por las ramas! Ahí está el jodido cuento.
CATORCE PUERTAS
Recuerdo
estar observando el deceso de las volutas de humo que se deshilachaban del
cigarro con una ligereza litúrgica, dilatándose y disolviéndose con cada
embestida del viento que atravesaba la ventana entre bufidos. Dédée se detuvo
delante de mí y arremolinó el humo con la mano antes de extenderme la palma,
donde se encontraban un violento puñado de pétalos violáceos intentando
desprender olor, ¿Hueles? Otra
vez, maldita sea, te he dicho que no, Eso es que no te acuerdas, repuso
sonriendo cínicamente, levanté la mirada con enojo, Márchate, arrugó los labios
y se llevó una mano al pecho, como herida. Sus brazos se dejaron caer a los
lados, sonó una risotada que le hizo encoger los hombros y dio media vuelta
encarando el pasillo, en el que su avance la empequeñecía velozmente; llegó al
recodo y se detuvo para lanzarme un beso por encima del hombro antes de
desaparecer. Su sombra, que se desvanecía en el corredor, me alcanzaba con
diabólicas tentaciones de terminar con el tedio exasperante que me producía su
voz. No estoy -ni estuve- borracho para
hacerlo, ofuscado la precisión de mis puñales con el tabaco.
Me limité a devolver la vista al meticuloso estudio de
un muelle al otro lado del lago, crucé las piernas en el sillón de terciopelo
verde, consumí un cuarto del cigarro. Buscando algo con lo que mantenerme
ocupado paseé la vista por el salón
evitando el acecho de la sombra en las esquinas, y recordé que tenía un buen
número de libros en una estantería junto a la puerta, justo detrás de mí.
Levanté la cabeza sobre el respaldo y los ojeé, cuarenta y tantos ejemplares en
total de El viejo y el mar, todos
ellos encuadernados con una rígida tapa negra y sin título en la portada. El
pasillo hablaba del tiempo y el estado de la nevera desde lo más profundo de
aquella aterradora garganta, en la que ahora se abría un grifo, luego crujía el
somier de la cama bajo el delicado cuerpo de Dédée. Se trataba de un retorcido
nido de sonidos huérfanos que aúllan y se estremecen, como devenidos por un
fantasma. La espartana decoración no ayudaba a olvidarse del sentido de
cubículo extraño de la morada. La librería cerraba el ángulo de las paredes,
que se prolongaba desde la esquina y se disparaba hacia la siguiente sorteando
un ventanal apuntado provisto de un brillante marco blanco, en la pared que correspondía
a mi derecha; desprovista de cortinas el paisaje del exterior se convertía tan
sólo en la especulación de un entorno oculto tras el inoportuno tronco de un
roble. La única ventana, que permanece siempre abierta, se dispone justo
delante de mí y se inventa un paraje pantanoso y tranquilo, sin animales y casi
sin plantas que no se disuelvan en la pólvora de la niebla que asola la orilla
del otro lado del lago.
El corredor, el auténtico portal de los hechos, tenía
motivos para aterrorizarme, pero los desconocía absolutamente; incluso desde
antes de que el viejo del suéter me hablase de ellos, sentía que tenía razones
para temerlo. Desde su tiniebla, la voz de Dédée me producía un eco grotesco en
el tímpano, como si me susurrase desde el interior de mi cabeza. El pasillo se
escalonaba y se convertía en sótano, en dormitorio, buhardilla y cualquier
estancia inhóspitamente familiar, una traición escondida en los anales de la
costumbre. Quizás sólo era el pasillo, que se ramificaba en un cuarto de baño,
un servicio, la cocina y un dormitorio, cerrándose con una lunática ventana en
el extremo. La casa no tenía más que una planta, y nada podría ascender o
descender de los infiernos de una fosa en el sótano o un ataúd en el trastero.
No iba a maullar ningún gato en el interior de la pared, no iba a descubrir
legajos antiguos en un pozo. Es una casa desagradable llena de oscuros
fantasmas que me ofuscan y desordenan emociones, probablemente no haya más que
mi distanciamiento, el cambio de aire que Dédée pretendía.
Dédée había
llegado conmigo a la casa y se había instalado en la habitación del final del
pasillo, de la que poco sé. Suelo quedarme dormido aquí en el sillón, aparezco
en el sillón fumando un cigarro, recibo los buenos días de Dédée en el sillón,
tengo pesadillas en el sillón y me estremezco, hastiado, en el sillón. Antes de
venir aquí me ocupaba de la vigilancia en las cocheras del metro, pero de no
ser porque mi compañera no me advierte de nada nuevo o importante, estaría
seguro de que habría pasado tiempo suficiente para que mi ausencia justificase mi
despido inmediato. Ni una carta, ni una llamada –aunque sin teléfono es...- El
reloj continúa por manía con una hoja cansada que no ve pasar los días, pero no
tengo tiempo para aburrirme mientras evito la oscuridad quedándome dormido
antes de que la noche monde el sol con los filos de hipócritas estrellas…
Dédée, por su parte, reduce las horas a vigilar de
cerca su decepción con el mundo a través de la lente convexa de una botella de
alcohol. Está ebria desde que tomo consciencia de mí mismo entre los robustos
brazos del sillón –algo cuya extrañeza no ignoro pero prefiero no añadir a mis
preocupaciones. Mientras ella pulula frente a la ventana y levanta
provocativamente el trasero cada vez que se apoya a tomar el aire, como se
excusa, no puedo evitar asemejar mi estadía a la fría e inmóvil estancia en la
sala de espera de una clínica. Las dos semanas que creo que debo llevar aquí –o
debería- se transportan a una línea que, a cada día, se divide en un fragmento
aún más diminuto que el anterior; cada vez más lejos cuanto más cerca estoy de
que termine o tenga punto de partida esta absurda huida de la realidad a la
ficción de la soledad mutua: Dédée manifiesta una actitud completamente autista
en los accesos de llanto que tienen lugar a últimas horas de la noche antes de
aparecer en el sillón al alba, cuando entonces quedo aislado aquí en el pétreo e
interminable palacio de Asterión, definido por el infinito, identificado por
las catorce puertas correspondientes a la repetición de cada una de las
estancias remotamente posibles en una estructura de desmesura sólo semejante y
competente a donde se encuentra, este mi país confuso de catorce lagos, catorce
muelles, catorce bancos de niebla, catorce dinteles y basamentos de un palacio
níveo y tenebroso del que me descuelgo, vomitando el tedio, hasta que la sangre
de las caídas y vuelcos determinen que me mantengo con vida y…
Julio, Julio, cariño, despierta, preguntan por ti, me
sacudí asustado, pendiendo aún del sueño, y le contesté a un magnetófono rojo
que quién lo preguntaba. Luego el magnetófono se transfiguró en Dédée, la
campana en las mejillas sonrosadas y las volátiles notas de un saxofón tenor
absurdo se transcribieron en un enredo de cabellos cobrizos, rizos de espuma
resbalada hasta los hombros que botaba con cada zarandeo sobre los míos. Me
tambaleé hasta la puerta y Dédée me dio un pellizco en el costado que acabó por
espabilarme lo suficiente como para reconocer unos rasgos humanos en el hombre
del suéter verde, que esperaba con los ojos puestos en el bosque sin mirarlo
directamente, evitando cruzar la mirada conmigo antes llegar donde estaba para
evitar algún silencio incómodo hasta que alcanzase el recibidor. Incluso cuando
se apercibió de que me detenía en la puerta, mantuvo la intención de parecer
distraído, buscando pájaros imaginarios en las ramas que se cernían sobre el
porche; yendo y viniendo, su mirada se aproximaba lo bastante como para
asegurarme de que conocía ése rostro velozmente afilado y sutil… el fino bigote
cano con el que compartía presencia, el gusto por el jersey de visita, un
jersey favorito, empeñado en proyectar las electrizadas fibras verdes hacia el
abominable manto de nieve que asfixiaba el paisaje. La impresión de tener ante mí al único hombre
que había visto en doscientos años, sonriendo avergonzado después del silencio
al que acababa de condenarle tras haber ignorado su saludo sin otra intención
que la de contener mi asombro, fue óbice para no exigirle a Dédée de inmediato
una absurda explicación acerca de la demencia meteorológica que había traído de
la nada, mientras dormía, aquella desmesurada cantidad de nieve.
La mano de Dédée me agarró de pronto el hombro desde
atrás y acabé siendo arrastrado dentro junto a una risotada cómplice, un
canturreo, ¡Pase, pase! Relajado en un profundo suspiro tras haber apartado mi
mirada demencial de la suya, adelantó el pie derecho, se apoyó en él, fijó el
izquierdo, cerró la puerta.
Dédée me reprobó mirándome bajo las cejas mientras
entrábamos, y con tiempo me habría advertido acerca de mi arrojo, mi descaro,
soy un impresentable, ¿Distraído por qué, si lo que estabas era dormido aún? Le
ofrecí el sillón con unos modales algo pálidos; se negó, pero sólo hizo falta
que acaparase la silla que Dédée hizo aparecer del pasillo. Mientras me sentaba,
su mano descansaba desvaneciéndose sobre la bola de madera del respaldo, le
susurré unas palabras al oído, Tráeme también una mesa y un par de cafés,
insinuó una sonrisa pícara y se marchó. El anciano se estremeció en su caída a
los brazos amables del sillón; éste pudo haberlo rechazado de no ser tejido y
esqueleto de pino escondido, porque el viejo se incomodó al considerar que
estaba disfrutando demasiado del asiento e irguió la espalda y tensó las
extremidades, que pasaron a ensombrecer el terciopelo sin rozarlo. Bueno,
relájese, ¿qué le trae por aquí…? Ofrecí una hospitalidad inconsciente a este
viejo conocido, tal que si fuese el cartero en pleno invierno o un viejo amigo
tornado en un extranjero. L’étranger, entre
los cuarenta, ahora eran treintainueve, la casualidad lo devolvió a la
estantería; eran treintainueve y Albert Camus, más o menos. La compañía me
comenzó a sugerir algo de intranquilidad, me recliné y permanecí expectante; él
se limitó a estructurar las palabras que había arrancado a los robles del
porche... No buscaba pájaros, entonces, Bueno, ante todo buenos días y siento
abusar de su confianza, me he instalado hoy mismo ahí al lado, al otro lado de
la arboleda de aquí al lado, al lado del camino, al lado de la derecha y…
Cálmese, cálmese, ha venido por aquí, hombre, qué menos que ofrecerle algo de
hospitalidad, miró al suelo y respiró hondamente, Le gusta Hemingway, a mí
también, ése libro es para todo público, y me encanta, también recordé esta mañana
otro que me gustaba mucho, no se ofenda por lo de ‘todo público’, bueno, lo del
libro, ése de… Podría haberme marchado y no habría interrumpido su monólogo, su
L’étranger, la nieve y el invierno,
las hojas que caen, la memoria.
Dibujó una mueca inexpresiva, es decir, dejó de ser él por un segundo y se
levantó como arrastrado por el anzuelo de un instinto animal, se dirigió a la
estantería y sacó del estante pegado al suelo un ejemplar del libro de Camus en
francés. ¿No lo irá a dejar ahí, no?, pregunté con evidente sorpresa, ¿El qué?
Si el libro es suyo, sugería irremediablemente convencido, ¿Mío? No, no, hágame
caso, reí contradicho, asustado, y el libro, según me aseguraba el anciano del
suéter verde, era mío, lo había sacado de la estantería, simplemente no
recordaba que lo había dejado ahí. Me hice con su comportamiento y descarté que
estuviese cuerdo de inmediato –al igual que la otra vez, ésa que…- ; dejó caer
como por un error premeditado que su nombre era Julio, había cogido carrera y
hablaba todo lo que podía como si fuese a quedarse mudo de un momento a otro.
Vive con una chica, Diana, decía de Dédée, pero sabía su nombre real, por lo
que lo dejé hablar, Este invierno es horrible, cuídese mucho, brinqué en la
silla sobresaltado al grito de ‘¡Míralo!’, lanzó de la estantería Niebla, cayó Poeta en Nueva York como una mariposa herida, ¿Qué le pasa, qué
hace con todo eso encima?, ¡Son suyos, son suyos!, me levanté, un chirrido de
una silla que cae al suelo, un empujón al tierno tentáculo del terciopelo
verde, cerca de una veintena de libros de un viejo de mar peces rompiendo el
capullo de Ernest y atravesando la seda de la metamorfosis hacia La Metamorfosis, El árbol de la ciencia,
Cantares de Inocencia, La Guerra de los Mundos, La vida es sueño en el
suelo, cuando aún no han terminado de posar sus páginas, un viejo que se va
gritando entre la mundana irritación y la desesperación más enardecida y
demencial después del violento coletazo del pomo de la puerta, la resignación y
el dulce descubrimiento de una enfermedad, un tumor reaparecido a tiempo en las
manos de un cirujano orgulloso, este viaje en el tiempo, huellas en la nieve y,
finalmente, dos días sin verlo. Yo en la puerta, aún más atónito que cuando
celebré la visita, yo en la puerta, más muerto que vivo, con cuarenta libros
familiarmente desconocidos refulgiendo en el suelo, en la intuición invisible
de mi ojo izquierdo, disolviéndome en el placer desconcertado del aroma de las
flores que flota y clava su olor como las raíces de una enredadera desde muy
lejos en las estaciones y el tiempo, muy fuera de él, desde los pétalos
deshechos que cayeron de las manos de Dédée frente a la butaca. Ya lo
entenderás, cariño, dice Dédée, Ya lo entenderás, desde el marco del pasillo.
Al parecer, ella no sabía que yo ya…
Agotado intelectualmente, incomprensiblemente
humillado por la irrealidad, el atributo infernal que alivia –y agrava- mis
terrores, me desplomo sobre el marco de la puerta. Una náusea me arrebata la
fuerza del cuello y la cabeza vacila hasta encontrarse con Dédée, que casi se
aproxima, que casi me abraza, casi me besa la frente y yo, casi despierto, creo
ser conducido por susurros que se responden con el oscuro silencio del pasillo,
hacia el dormitorio, sin fuerzas para huir. En el umbral ya he cerrado los
ojos, y sólo acompañan pasos que callan en procesión.
Sentía las
caricias de Dédée en la oscuridad, tiradas por el mecanismo de una respiración
sutil y tranquila. Sus manos dibujaban espirales y serpentinas, que veía como
centelladas violetas, chispazos verdes, selvas de figuras momentáneas, cuando
apretaba los ojos hacia una oscuridad más profunda. Trataba de distinguir si me
ardían las órbitas, si deliraba, es decir, si el cansancio provenía de alguna
fiebre nocturna que habría confundido, durante el despertar, con el sopor.
Antes de dormirme miré al resquicio de luz que entraba por la puerta, quebrando
el cuarto con una delgada línea amarilla. Supe la diferencia de unos días atrás
–horas-, sentí el lejano calor de la bombilla, y la existencia tomó un tono
distinto, sentía el tiempo correr, sabía que dejaría de nevar o que empezaría
de nuevo, lo supe desde que comprendí que compartía la vida con otra persona
más. Supe, así, que había otro con la lámpara encendida al otro lado de la
arboleda naranja que ocultaba el camino hacia la casa del viejo, que él estaba
allí con la lámpara y su luz escapando como el aliento de la morada oscura y
penetrante, oyendo las tuberías mientras se sentaba en el váter y sintiendo las
pisadas acechantes del pensamiento y la maquinación impidiéndole conciliar el
sueño. Tuve la sensación de que una carta de despido podría llegar del trabajo
en cualquier momento, de que pasaba días hinchándome como un cadáver ahogado en
coñac.
Definitivamente, antes de dormirme en el primer cuarto
del pasillo, justo antes de hacerlo, temí; temí preguntar al monstruo, inquirir
acerca de cualquier cosa que pudiese llevarme a alguna verdad famélica que
esperaba como un pez abisal. Temía en mayor medida, sin embargo, confirmar la
sospecha de que Dédée supiese, que tuviese en su poder una suerte de destino o
decisión final, que si pende de algo escrito, se confunden; que de la respuesta
que pudiera dar a una cuestión perdida, lanzada al aire como un estertor,
ennoblecido por una impúdica vejez precipitada por las circunstancias,
extrajese una realidad irreal, una irrealidad innegable. Determiné que me
encontraba aún dormido durante el episodio de la estantería, un completo
sinsentido, pero oí perfectamente a Dédée decir lo de ‘Ya lo entenderás’, y creí
por un momento, aferrándome a una suerte de infantilismo, que tenía relación
con algún error del pasado para el que yo, a su juicio egoísta, debía recibir
un escarmiento, y lo sabía todo y deseaba permitirlo; pensé en el tiempo que me
había ausentado del trabajo, y que una alimaña de suéter verde de mi superior,
con una promesa profesional entre las cejas, había sido la encargada de hacerme
saber, a través de una intimidación de su propia cosecha, que con un compañía
local de limpieza que ha pasado por dos generaciones y que paga un número de
tres cifras al mes a sus dos únicos empleados, no se juega. El padre de Dédée,
con un excepcional parecido a mí, se había presentado para asustarme y
prevenirla. Un viejo senil y demente aparecía en mitad de un bosque y Dédée
trataba de explicarme su comportamiento a través de mi propia reflexión, una
lección de vida: ya entenderé que hay que aprovechar cada minuto, porque te
convertirás en lo que rechazas una mañana; no ser tan arisco, ser más humano,
etcétera, etcétera.
Su padre estaba en Varsovia, y no lo he visto jamás, y
ése viejo demente que ocupa la otra opción no habría salido de la pensión en la
que podría estar de no ser porque quisiera morir lejos de la dependencia de
alguna enfermera amiga de los hurtos –porque en caso de que fuese capaz de
permitirse un viaje allí, tendría que tener dinero y un buen lugar donde
dormir, de sedas inútiles y pomposas cómodas con motivos vegetales. Factible
hasta cierto punto, lindante con la locura, que se planteaba como otra
posibilidad. Podría estar volviéndome loco. Pude estar volviéndome loco. Pude,
si todo hubiese ido más despacio, volverme loco. Necesité media hora para
admitir que conocía al viejo del suéter, que se trataba de la misma persona de
siempre, la misma que, concretamente, la otra ocasión.
Dormí un día entero y la mitad del siguiente, y me
desperté envuelto en el amor del butacón de terciopelo verde, sintiendo mi
espalda fortalecida después de recordar que, aunque estuviese allí postrado,
había dormido en la cama todo ese tiempo. Me estremecí, una brisa gélida
invadía el salón a través de la ventana, lavándome la cara. Los libros
seguirían allí detrás, pero asumiendo que fue real, decidí tomar las riendas de
mí mismo y conducirme hacia ellos y echar un ojo, mirarlos y no comprender,
porque no era posible. Los llevaba el viejo, me ha hecho un favor, Claro,
tienes razón. Dédée parecía expectante y distraída, no hablábamos del tema, de
su sapiencia oculta. Se sentaba en la butaca, yo fumaba en la ventana para no impregnar
el salón del olor del tabaco, juntaba los pies y escrutaba el reflejo de sus
mejillas rojas en los zapatos de charol. Volví al estante al advertir un libro
grisáceo con los bordes blancos, un libro de medicina, y del que Dédée rehusó
sobresaltada como si hubiese descubierto una mentira evidente que negaba, un
jarrón roto de un pelotazo escondido debajo de un mueble, y esperase una
reprimenda en cualquier momento. Siguiendo el mismo juego, interpreté que fue
al baño para esperar oculta mientras pensaba qué decirle y cómo castigarla;
reí, no le di importancia. Tampoco quise preguntar.
El libro estaba ilustrado a color y rondaba las
quinientas páginas. Al final de cada lección, una página plástica y gruesa
mostraba la relación de los términos y definiciones con los complejos dibujos
de unas vértebras que hospedan un nervio rojo y otro azul, un hipotálamo
oculto, un cerebro en multitud de perspectivas y con infinidad de cortes, una
fotografía de un ruso con un par de agujeros taladrados en el cráneo que
levanta el pulgar. De la anatomía plenamente general, focalizó en las
complicaciones derivadas de los problemas de cada sección, de ellos a las
enfermedades infecciosas mucho más adelante, de éstas a las de origen
desconocido o, como ridículamente aseguraba, con una causa ambiental.
Alzhéimer, párkinson. Un hombre de treinta años con alzhéimer contaba su
historia –contaban su historia. Intercalado como un apéndice, como unos apuntes
grapados a un libro de manera tosca y bárbara, continuaba el texto médico de
forma absurda, interrumpiendo para siempre el carácter consultivo del escrito y
convirtiéndolo en un reportaje novelesco. Aun así, la desdichada juventud de
José Antonio Otálora y su precipitado descenso a la senilidad me cautivaron de
una forma detestable. Tres furiosos golpes en la puerta me sobresaltaron, y
adiviné quién se atrevía a volver de la misma forma de la que se fue. Me armé
de valor y decidí que estaba preparado, que esta vez me encontraba
completamente concienciado para obligarle a marcharse; estaba seguro de que era
Él –nunca imaginaría que cualquier preparación es fútil contra los malabarismos
de un Dios vástago y particular.
Abrí la puerta de golpe y reconocí los ojos en los que
deposité la mirada. Qué quiere, Julio. ¿Has leído el libro, sí, verdad? Como
helmintos, se revolvían en mi interior irrefrenables sentimientos de sollozar
hasta despertarme o morir. Sin quererlo, había cumplido su propósito. Aún no
había reaccionado –tampoco sabía cómo hacerlo- cuando me echó a un lado con el
antebrazo y entró, cogió una silla del pasillo y se sentó apoyando los brazos
cruzados sobre el respaldo. El frío reptaba bajo mis pantalones, cerré la
puerta; guardé silencio hasta que abrió la boca. Julio, chico, acuérdate. No
iba a pasar, me dije, Lo sé yo, lo sabe ella. Más o menos, dentro de un rato,
una hora cosa así. El silencio le impacientó, tiró la silla y se lanzó a darme
una bofetada. ¡Deme tiempo, por Dios!, le supliqué. Me preguntó algo cuya
respuesta ya conocía, ¿O sea que te acuerdas de mí? ¡Cómo no voy a hacerlo,
viejo! Cómo no acordarme de él, cómo no saber quién soy.
¿Actúas delante de ella, como si no me conocieses?
¡Cómo no vas a ponerla nerviosa! ¡Sabe mejor que yo que la van a matar! Él sólo
lo suponía, sólo lo intuía, las lecciones de vida de un viejo amnésico, un
trozo de piel enferma, sólo podían averiguar supuestos que coincidían con
realidades absurdas, recuerdos deformados de juventud a los que quería
aferrarse.
Mira, viejo, haber acudido a otro. Estoy aquí atrapado
y sólo quiero tranquilidad, le dije, no los delirios de un moribundo. Haber
acudido a otro tú a que te
advirtiese. Me aseguró que lo hizo, pero era demasiado viejo. Te gusta
dramatizar, eh, y se apoyaba en el marco de la ventana, con los músculos apunto
de estallarle en una temible furia asesina; me conocía de sobra como para saber
que rompería la silla de una patada un instante después. ¡Cálmate…! Tienes
miedo, Julio, y a decir verdad estaba aterrorizado. Me voy a despertar en un
cuarto de hora más o menos. Te lo pido por última vez, cruza el pasillo y
vigílala. Si tienes miedo ahora es porque sabes que va a suceder, ¿Y tú de que
tienes miedo, del alzhéimer? Es como un parásito…, interrumpí,…te devora la
calavera y te olvida, se marcha dejando un pedazo de ti colgando de un hilo,
balanceándose en el cráneo como un feto muerto, una promesa… El ser menos que
yo te ha envilecido, y, efectivamente, lo había hecho. Había sido mi propio
confidente desde que comencé a notar cómo dejaba de notar, de oler, de ver y de
oír, convertirme en un animal de sarna y rabia. Cuando me muera, Julio, ¿qué
crees que pasará?, Moriré contigo, eso lo sé, lo sé perfectamente, ¿Y quieres
vernos morir aferrados al momento más terrible de nuestra vida? Obviamente, me
negaba a morir castigado, pero era una verdad que merecía, no superaba una
retorcida ilusión, una penitencia rencorosa e inevitable, al igual que al
principio; pensé que moriría antes de verme acosado por las despóticas
intenciones del viejo, por mis despóticas intenciones, de viejo.
Está bien, quieres que nos mienta, Sí, ya lo sabes,
sálvala, Quieres que nuestro único recuerdo cuando mueras sea una mentira, Ya
no importa, idiota, ¿Te crees buena persona? Eres un egoísta, Y tú serás un
héroe, Julio, Seremos héroes, seremos el mismo, pero por inventar una historia,
y añadí, ¿estás conforme?, Sí, para ya. Me voy, confío en ti, y levantó la
silla, la colocó en el pasillo y se marchó. Arranqué un suspiro de lo más hondo
de mi alma. Yo, ahí arriba, con setenta y seis años, estaba a pocos días de la
muerte, y yo, aquí abajo, antes de ser arrastrado por el alzhéimer, perdido en
la memoria del de arriba, treinta años antes, luchando por impedir el desenlace
del peor –y el único- capítulo nuestra vida que recordará el día de su muerte. La
primera vez que me visitó mientras soñaba, Dédée se encontraba en el muelle.
Sólo entonces podemos hablar. Me asaltó gritándome desbocado; mientras yo
dormía, al final del pasillo, un día 13 de diciembre del treinta y seis, el
decimocuarto día de vacaciones, un prófugo de San Quintín que había escapado
unos días antes y se había internado en el bosque atisbaría nuestra morada.
Introduciéndose por la ventana del pasillo y sintiéndose atraído por la soledad
segura de Dédée, atravesaría el baño y acabaría con su vida mientras la
enmudecía con sus manos y la sumergía en una letal sumisión, violenta, animal,
derramando su pelo, ahogándolo en el agua asustada. La culpa había manchado
irremediablemente la memoria. Entre los pocos recuerdos que le traían los
milenios de soledad, estaba esta casa de campo, el butacón de terciopelo verde,
libros que no recordaba, los lívidos labios de Dédée mientras la nieve
oscurecía el sol que les aclaraba la palidez a través de la ventana. A pesar de
ello, un Julio de cuarenta años, alcohólico y vehemente, es incapaz de
sobrevivir culpándose por horrendos méritos, si no los firma él con impudicia,
presa de lo que fuera, con o sin arrepentimiento pero innegable descontrol.
Hace poco rato me encaminé hacia el pasillo y lo
atravesé con pasos rápidos, llegando al cuarto de baño guiado por el canturreo
de Dédée. Abrí la puerta, Hola, cariño, Qué pasa, Dédée, cerré el pestillo y me
desnudé, me metí con ella en la bañera. Sabía que si lo hubiese hecho treinta
años atrás su asombro no cabría en una reacción, pero esta vez me dedicó una
tímida sonrisa. Tímida, seguía siendo Dédée. Sigue siendo Dédée. En el pasillo
se desliza el cántico afilado, el rayo de un cuchillo devanando la negrura,
agarrado por unos pasos confusos que buscan a la víctima perfecta, la víctima
aniquilada, oculta, a la que acaricio la pierna hasta el tobillo, a la que beso
en la mejilla y enmudezco con el dedo hasta que no recuerde mi nombre, hasta
que comprenda que el profanador que acecha en el pasillo no es un más ebrio
prófugo que de sí mismo, pues clama mi nombre con ayuda de susurros, clama su
nombre a la vez que dice el mío…