lunes, 19 de marzo de 2012
X2 - Agua Imaginada
En un pueblo de pizarra y cal que necesitaba del paisaje para ser hermoso, podía uno extraviarse entre los banquetes de los pájaros y el aroma tibio de la tarde de entre tiempos que congelaba el cielo azul y los rebaños de agua imaginada, si se perdía la vista en un punto indiferente del horizonte, allí donde convergían los canales de la siembra como los secos y repeinados cabellos de la tierra anciana; se hundían y volvían a levantarse dibujando voluptuosos y femeninos valles hasta la vertiente oeste de la sierra clandestina .
Un gorrión invita a navegar entre las lágrimas secretas de los geranios que penden de las caídas de los patios, dormidos entre la jovialidad del color y la quietud vital de un lugar perdido en el prólogo de siglos sin movimiento.
El sol suaviza las cumbres con ceguera convirtiendo todas las horas del día en una tarde constante, salpicada por la letanía del campanario con el ir, con el venir, con el vaivén cuidadosamente agudo de la campana, que acoge bajo el manto litúrgico cada hogar y cada puchero, cada animal y rayo de sol, transformándolo en la aguja de un reloj estático.
Bajo las alas del pájaro centellean y se mecen sin moverse los nervios y las hojas de un naranjo, enclaustrado por su exuberancia en un patio angosto abierto al universo; justo allí merodea la progresividad, o quizás aceche para unos, que otorga el fruto cosmopolita, el amanecer embellecedor del alba encerrado en una esfera rugosa desheredada de la riqueza y cobijada ya por el más pobre de hoy y el más rico de ayer, con el fin de alegrar la vista y emulsionar el aire con el aroma enamorado del azahar. El naranjo sigue siendo hoy un testigo atónito que no se atreve a salir del patio en vista de lo que esperaba fuera en uno de esos milenios perdidos, poco después de que oyese los primeros motores de camiones rebosantes de silencio humano atravesando la calle Umbral, de la que no sabía si llevaba o no hache dado que sólo alcanzaba a distinguir, de la primera letra, la mitad, y no se decidía a determinar si otra pequeña placa de cerámica predecía a esa tímida ‘u’ azul de la calle Humbral, así como de la calle Umbral.
A pesar de la ciencia que conllevaba averiguarlo, no hace falta asegurar que si era una de las dos no era la otra, y si la otra no era pues, probablemente, no existiría, y si existía quizás fuese desde la perspectiva de un manzano desde donde se depositaría una mueca de escepticismo vergonzoso hacia sí mismo por no poder asegurarse de si la calle Humbral era la calle Umbral. En todo caso, si era la calle Umbral desde el reflejo carmesí de las manzanas sería un auténtico problema, porque no debería haber un manzano, sino el exuberante naranjo y el gorrión que engasta su vuelo circular en el impluvio cuadrado del patio de los geranios tristes; no hay que olvidarse de las camionetas viejas que, quizás, transportasen los animales de un circo, meneándose y creando expectación entre los críos que correrían detrás de las trompetillas viejas de algún payaso manoseado por la usura en lugar de amontonar almas en un manojo y sujetarlas bien con una cuerda de chantaje y jerga, para llevárselos Dios sabe adónde. Por lo menos, solían ir en un sentido, o desde el naranjo así solía advertirse, de izquierda a derecha, con prisas y desasosiego, con severas excepciones. Una de ellas fue a estrellarse contra el arco esponjoso que comunicaba el patio con la calle, cuando la señora aquélla que se cubría con la capa de encajes de cuervo una peineta enredada en sus cabellos tormentosos había salido fuera a tomar el fresco en el zaguán que conformaba el túnel de cal y el portón, reforzado por pinceladas de cerrojos y embellecedores de metal que reunían los listones astillados en una estructura eternamente vulnerable pero aparentemente segura. En este guardián se situaba una puerta de menor tamaño que se pasaba el día abierta, y a la que salía la anciana gris para todo lo que supusiese poner el oído a otra voz empolvada que provenía del exterior, a la que no podía ponérsele cuerpo debido a que sólo salía para intercambiar algunas palabras con esta primera mujer cuando ella esperaba en la boca del túnel; parecía proyectar su lengua desde el edificio que bautizaba la calle Preludio –evitando conflictos con ‘haches’ huidizas-, pero su cuerpo se veía eclipsado, y tampoco se trataba de una voz fácilmente identificable. Hablaba detrás de un portón medieval con susurros, y solía escandalizarse descaradamente cuando intercambiaba algún secreto local con la primera anciana, a la que poco le importaban las empresas pecaminosas y esperpénticas que acontecieran a los hijos o maridos de otras familias que no fuesen la suya.
Lo cierto es que la infusión de azahar del patio hacía tres años que no se veía alterada por la presencia desenvuelta de don Francisco, hombre que resbalaba por la treintena cuesta abajo, de porte sublime y espina orgullosa, piernas delgadas sujetando el pecho de un gallo vigilante.
Podía adivinarse que se marchó, o que quizás se lo llevaron. Se oyó decir bajo aquél mismo naranjo, respirando el aroma del sexo de sus frutos tras la cortina de nostalgia, que habían detenido a la anciana en la plaza del pueblo y la habían instado a darles a conocer el paradero del tal Francisco, quien al parecer se hallaba envuelto en las sábanas de las mieses junto al hijo de la mujer del edificio bautista; por supuesto, ni lo confesó ni tampoco lo conocía, aquel día de amanecer temprano.
Cualquiera que hubiese estado allí, que poco comprendía desde la vista ingenua de un naranjo, habría olvidando el motivo del porqué del revuelo y la frialdad nerviosa, los corazones enredados, de serpentear entre manifiestos y convicciones personales.
¿Tanto le atañen los asuntos de un país para discutirlo bajo un naranjo hastiado, intercalando sus propias convicciones entre las disputas de órdenes despóticos?
Así se enclavaba un litigio de desesperación y espera, colmado por ‘España’ y por ‘familias’, por ‘hijos’ y, con una intensidad fatigada, por ‘derechos’ –de los que aseguraba carecían aquellos que tuvieron el valor para amenazar a una vieja viuda.
El sol descendía entre las hojas y se derramaba en el cráneo liso del orante; lo absorbía el pelo gris en las sienes y la nuca. La insistencia justiciera e inapelable de la luz dejaba ver los estragos que la muerte había trabajado en su cara: la frente se le derretía en arrugas y los ojos en gotas de un arroyo privilegiado por los cantos rodados del fondo y su brillo cósmico, reflejo del bosque que lo circundaba y refería a las vivencias e inteligencias de un viejo que convivía con las pesadillas de un estoicismo temeroso.
Hablaba con la otra mujer, la de la calle Preludio. El naranjo estaba dormido entre el viento cuando entró y detuvo sus pasos en mitad del patio, justo debajo del árbol, donde no se alcanza a ver desde la copa –de ahí la perfecta intimidad del alma para poetas y enamorados. Se reunió allí sorprendida y volvió a hablar susurrando, esta vez al viejo, que había llegado corriendo desde la siembra para comprobar si las voces jóvenes del pueblo no desvariaban.
¿A la guerra? Justo entonces comenzó la jerga interna a viva voz, Sí, al frente, ay, ay, se repetía la anciana arrugando los labios y empapando sus ojos con el vaivén del corazón, latiendo sin tener porqué latir, Con mi niño, con mi Pablo, y su ropa se estremeció en un abrazo desconsolado e inevitablemente frío.
Hora después, otro convoy de camionetas, de toldos agujereados y ruedas de barro, atravesó el portal hacia la derecha. Naranjas que tiemblan más por el estertor impúdico del silencio que por la violencia de los vehículos que lo transportan, vencidos por el inerte empedrado de la calle, aunque ignorantes y orgullosos de tener en su oficio el correo de cadáveres morenos y sonrosados que no sabían que estaban muertos aunque su corazón funcionase con la misma mecánica que sus madres, sin razón para, por entonces, el hoy.
Los pájaros guardaron el luto hasta entonces. Un año después del espectáculo –cuando uno, hasta siendo un frutal, se percata de que el nombre de la calle poco tiene en relación con que todo parezca un circo- la dama se vistió de negro de un día para otro, aunque ni los tristes geranios del patio la sintieron perdida, ni tampoco vieron llanto cuando los regaba en el pasillo superior, encaminándose más determinada que nunca hacia la tarea con esos pasos lentos y litúrgicos, abstraídos como la razón de la campana de la iglesia, enhebrando las nubes con el crucifijo metálico de su aguja entre la quietud marina de las azoteas, los peces tendidos en las cuerdas y, hoy por hoy, las antenas de metal que se levantan como reliquias de otro tiempo, devastando el silencio y abominando del cielo.
Según las vagas alusiones a la capilla en los buenos días de patio en los que el azahar se sentía en la piel, y no como la melancolía de tiempos mejores, merecía ser descrita así. La capillita, Has visto la cigüeña en el tejadito de la cruz, se refería a ella algún viajero autóctono como el rabo de una cereza; por parte de las antenas, una deja caer su yute descuidado sobre el tejado, trazando una línea sombría sobre el naranjo. Que en el resto del pueblo las hubiese, sólo sería una casualidad. Desde el patio sólo se ve el cielo y la calle, los geranios y las paredes blancas, sobre las que se encuentra el pasillo de la planta de arriba rematado por un una valla verde, la vertiente de las tejas hacia el vórtice del árbol, –que reluce como una mantis en una hoja de papel- entorno al que suele circundar algún gato anaranjado que el portón deja entrar cuando se queda dormido durante la noche, después de la vigilia esforzada del día de sus recovecos podridos.
El azahar seguía siendo el mismo testigo acobardado que disolvía en el mundo del hogar el crujiente aroma del pan caliente, el observador que se veía envuelto en la obra transitoria de asiduos de su horno, de cuyos vástagos sólo se veía propietario en soledad. Permanecía esparciendo olores y colores mientras las familias le procuraban silenciosa compañía entrando y saliendo, cantando o jugando entorno al tronco del árbol.
En el patio nunca se supo con certeza hacia dónde crecieron los suspiros de la anciana, pero las paredes recuerdan lo poco que oyeron de una madre a la que arrancaron un hijo, de un hijo al que el trueque arrebató la vida. Las pocas acanaladuras que el tiempo y la voz han hundido en la pared son hechas vibrar por el agua los días de lluvia como el diamante con el vinilo, jornadas cuya presencia hace olvidar que los días hermosos fueron los mismos en los que murió la esperanza.
¿Qué queda sino sospechar qué sucedió con el apuesto Francisco, para lo que su madre vistió de luto hasta el día de su muerte nonagenaria? Parecía, desde luego, que las madres llevaban en las entrañas el destino de sus hijos escritos, y daba forma al suyo propio; estaban destinadas a vivir con la fantasmagórica mirada hacia ese horizonte que ofrece las aguas imaginadas flotando blancas y esponjosas, a dar testimonio de la muerte con las ilustraciones del dolor inscritas en un libro de rostros y sermones mudos.
El joven Francisco murió en un bosque bajo el acoso de la difteria, arrastrado entre los aullidos de los lobos en la deslumbrante soledad de la nieve. Sucumbió a la infección y la fiebre a causa de una bala alojada en su hombro. Peralta Marín se apagó con el silbido angélico de un proyectil atravesando su calavera. Se despidió del mundo diciendo adiós en voz baja antes de ser fusilado. ¡Viva la República! Y todos sus compañeros se apagaron a su lado y fue enterrado bajo el hermoso cielo azul. Murió ahogado por la tuberculosis un instante después de que una mano sin dueño apretase la suya con fuerza y se desvaneciese en la oscuridad generosa de una camioneta, rebosante de un silencio humano distinto y más cruel que los telones de los beligerantes que cruzaron la calle Umbral, pintada con las telas de los victoriosos y configurada con las entrañas de los derrotados.
Y el naranjo se abstraía a causa del nuevo silencio del pueblo, y tenía derecho a sentirse vulnerable por el mismo motivo por el que se sentía orgulloso, las esferas colgantes que aseguraban un mañana. El silencio estaba hambriento de ruido y hastiado del rechinar famélico de sus propios dientes. El viejo que habló con la otra anciana de la calle Umbral aquél día bajo el naranjo no había aparecido más que un día, Oye Carmela, ten cuidado con el naranjo que la gente es capaz de lo que sea por una poquita de fruta, Aquí no entran, por mi hijo que no entran, Tú ten cuidado, mañana me paso a ver si te traigo algo, Si no tienes ni para ti, Hija, no paso hambre, además como poco, Dices tonterías, ¿te escuchas?, se tambaleó hasta la palabra cuando arrancó una naranja oronda de una rama y se la alcanzó al viejo, quien abrió un poco la boca para negarse pero fue acallado por su propio instinto; la anciana gris, Carmela, calló. Era lo que él quería. Bajó la cabeza y susurró un gracias, levantó el pie sobre la banda de madera que cuadraba la puerta pequeña del portón y cruzó la calle Umbral. Las naranjas cayeron en manos de Carmela, quien las devoró con ansia en no más de una semana. Si alguien irrumpía ávido de alimento y no hallaba nada, y si acaso se atrevía a tocar a la anciana, Dios la acogería en su regazo engrandecida por la más sincera honestidad.
Llegaban muertos al portón y llamaban sin fuerza para esperar a que nadie abriese jamás. Carmela pasaba bajo el naranjo por las noches, cuando dormía, y sentía los pasos vibrantes sobre las raíces; abría la puerta y se disolvía en la noche para volver horas más tarde con un zurrón de cuero o una cesta de mimbre adornada por algún paquete o bulto enrollado en paños de cuadros rojos. Después, la soledad.
Pasaron años de hambre y el patio encogía conforme el naranjo se hacía más robusto, la anciana más gris y la muerte más llevadera pero no menos frecuente; el pueblo parecía haberse habituado a ella, y ahora procuraban que el hambre devorase sus vidas mientras dormían, Se ha muerto Tenorio, Encontró ayer mi Pablo –a quien el destino había privado un pedazo de su vista que lo salvó de su esqueleto- a Matías en un poyete todo frío, frío. Y se iba apagando la cal, y los geranios parecían menos tristes en un mundo de melancolía. La anciana pasó una silla al patio muchos años después y empezó a quedarse allí por las tardes, bajo el cobijo de la voz monótona de una radio que Pablo había traído aquí desde el extranjero. El naranjo agitó sus hojas un día de reflexiones de primavera, idéntico a aquéllos de malos tiempos, y Carmela cerró los ojos, se apagó con la voz sorda de la radio en el bodegón de la calle Umbral. ¿Qué será de la calle Umbral en realidad, que tanto ha vivido de prestado, de la imaginación y la evasiva de una perspectiva cansada de circos? En cualquier caso, no importa. La realidad es que aún sigue aquí este viejo manzano que imagina ser naranjo, y desconoce que en esta realidad, la única verdadera, la calle Humbral le ha robado la hache a ambre para olvidar qué significa. Aquí, los días hermosos sólo recuerdan tiempos mejores.
jueves, 8 de marzo de 2012
X - Otoño
Compré el periódico en la estación del metro, en un pequeño puesto
encastrado en la pared paralela a las escaleras hacia los pasillos superiores
que daban a la calle. Estaba apoyado en una de las siete columnas que se
disponían a cada lado de las banquetas en mitad de la estación. Eran banquetas
azules. Hacían juego con un puñado de líneas y detalles del mismo color que
cubrían los pilares y las barandillas, las escaleras. Azul, gris, azul y blanco
sucio, blanco sucio allí donde debía haber blanco, o no haber nada. Un reloj
perdido cercenaba la calma, cortaba a láminas las bocanadas de aire con cada
espasmo del segundero.
¿Cuánto tiempo llevas aquí? Ladeé
la cabeza hacia donde surgía la voz y tropecé con el tendero negro del puesto,
que ya bajaba la persiana metálica. Serían las tres. El metro había pasado ya y
habría derramado las últimas pisadas sobre la chapa del andén. Tacones y
mocasines decididos, altivos, deportivas soberbias, botas perdidas. Mocasines,
tacones, botas y deportivas, ebrias. El tendero bajó la cabeza y echó la llave.
No le había contestado, y seguía pensando que ni había sentido el túnel
vomitando el tren, ni al tren vomitando gente, poca gente en cualquier caso.
El tendero era senegalés. Sabía
que no le había sentado bien que hubiera pasado de él. Un hombre de treinta y
muy pocos años que llega aquí y se las busca mejor que yo a base de partirse la
espalda sólo quiere, al menos, sentir que está en buen lugar. Calor humano.
Podría haberle pedido disculpas y haber intercambiado algunas palabras con él,
pero en lugar de ello pensé en que le había ignorado y que, mientras meditaba
apoyado en la columna, se haría demasiado tarde y se marcharía. Así fue.
Me erguí y agarré el carro de la
limpieza para dar una pasada por la estación mientras me fumaba un cigarro y
hacía tiempo hasta la hora de salida. Siempre limpiaba los baños; desde luego,
era donde más se podía apreciar mi ausencia. Reponía los rollos de papel sin
falta, tenía empatía. Un chorro de lejía aquí, allá... Los martes y los jueves
pululaba el grisáceo rostro rollizo del guardia de seguridad que sustituía a
don Miguel, un hombre bastante mayor, magro como un gorrión viejo. Sujetaba la
literna con las dos manos a la espalda. Levantaba la punta del pie y solía
admirar el reflejo de sus zapatos mientras caminaba. Alzaba el mentón y
murmuraba, se colaba algún canturreo. Solía sentarse en las butacas azules y se
ponía a mirar a las vías para quedarse finalmente dormido durante bastante
rato. Ahí entraba yo y dejaba de fingir. Me sentaba a su lado para controlar el
sueño y que no viese que el carro de la limpieza se había quedado solo. En
cuanto al otro, de cuyo nombre no me acuerdo si alguna vez lo supe, no paraba
de caminar de un lado a otro y de llamarme la atención. Apretaba la mandíbula
antes de hablar y se le hinchaban los pálidos mofletes, se le comprimía la cara
y se le salía la papada entre el cuello de la camisa y el primer botón,
jadeando después de la primera voz y parpadeando con fuerza, como queriendo
despertar y salir de su cuerpo bulboso. Las manos hinchadas y repletas de
azuladas venas y los ojos pequeños y distraídos intentando aparentar
concentración, los suspiros profundos y ahogados seguidos del sudor, todo daba
lugar a que presentase un aspecto enfermizo y nauseabundo. Paseaba cuando
recuperaba el aliento. No podía comprender cómo un hombre de cuarenta y dos
años como estaba seguro de que tenía, no podía casi levantarse de su puesto y
subir una escalera sin estar al borde del desmayo. Lo peor era que intentaba
disimularlo y relajaba su respiración justo cuando más aire necesitaba.
Oye, ¿Qué haces ahí sin mover un
dedo? Limpia eso. Los espejos están hechos un asco. Se me ha caído el café.
Seguro que éso último lo hacía queriendo, y los espejos estaban limpios porque
era lo poco que limpiaba. Comparados con el resto del lugar, relucían como
oro.Cuando subía las escaleras y se ponía a tomar el aire en la boca del metro,
me metía en el baño de señoras y me ponía a fumar, porque si me atrevía a
hacerlo fuera, olía el humo de inmediato, y detestaba el humo. No le dejaba
respirar.
Ese mismo día hacía turno Miguel.
Apenas cerró los ojos en la silla más alejada del centro de la estación cuando
dejé la fregona en el carro y lo guardé para marcharme. Me quité los guantes de
un tirón y los lancé a la vía. Emprendí una veloz carrera y en pocos segundos
me encontré fatigado sobre la boca del metro, haciéndome a la iluminación
estroboscópica de diversas farolas de luz amarillenta. La calzada estaba fría y
blanda como la lengua de un anfibio; se deslizaba algún coche resbalando sobre
la bilis de la noche que carcomía los rincones y las esquinas, los parques, los
portales, mis zapatos. Serían las tres y veinte, cinco minutos después de
subir, cuando vi pasar a una chica árabe por la misma acera por la que
caminaba. Advertí el repiqueteo de sus tacones entrelazándose con las puntadas
del silencio, tejiendo con incertidumbre una capa de ebriaguez perfumada. Me
rebasó con prisa. Era sumamente tarde y no parecía una prostituta, más bien
todo lo contrario, una chica decente que llamaba a su madre varias
noches a la semana, desayunaba cereales sentada en el sofá con las piernas
cruzadas y desnudas y disfrutaba del ronroneo de su gato, un animal nocturno y
loco por sus muslos, desde donde transmitían el contoneo a su cadera robusta y
fina como intermediarios entre la tierra y su cintura. La desnudé con los ojos
y aproveché una apertura triangular en el vestido que llevaba que dejaba ver
desde su nuca, dando el placer de sus hombros, hasta algo menos de la mitad de
la espalda, oscura e impecable, una desnudez oleosa que resbalaba por la
depresión de su columna.
Llegué a mi casa animado,
enamorado de la noche. Sentía enredado en los dedos el pelo de hebras de
azabache; lo imaginaba botando aún sobre sus hombros. Me tumbé en el sofá y
saqué una botella de whisky de debajo de la mesa camilla, a la derecha, y me
encendí un puro que descubrí se escondía en el bolsillo del mono, una dádiva de
un viejo amigo que encontré por casualidad a la salida de la estación. Mereció
la pena -entonces- salir antes del trabajo. Me emborraché y me quedé dormido
pensando en ella.
Me levanté sobre la encimera con la panza
cubierta de trozos de carne y vino blanco. Arrastré el brazo y tiré un cuchillo
de carnicero junto al suntuoso filete de ternera que yacía en el suelo. Vi a mi
padre allí plantado y fue corriendo al baño. <Mi padre está muerto>
pensé, sin saber cómo. Se desplomó al suelo y recordé el cáncer y sus pulmones
negros. Yo encendí un puro.
Desperté ahogado en una espesa y ardiente nube negra
y me descubrí incapaz de abrir los ojos sin que se abrasasen. Entre las
pestañas distinguí la bocanada flamígera de una danza otoñal que encendía con
un pincel de llamas todo lo que alcanzaba a ver. Las vigas se resentían. No
supe reaccionar y la cortina se vino abajo salpicando llamas en varias
direcciones. Aún podía distinguir el puro en la alfombra, mofándose de mí. Salté del sofá, me tiré al suelo
bajo el manto de humo y me quité la cazadora, que había comenzado a prenderse;
inmediatamente empecé a gritar. Comprendí al instante que el edificio estaba
completamente vacío, pues de lo contrario alguien habría intentado ya derribar
la puerta o, en todo caso, me habría despertado sus golpes.
Sobre
mí vivía una pareja de ancianos cuyos pesados pasos retumbaban a través del
suelo y llegaban directamente a mi salón -¡Álvaro, Álvaro, oiga!- arriba no
había absolutamente nadie, y podía adivinar que tampoco en el piso contiguo.
Bajo
el gemido del fuego podía advertir algún alarido de pavor y algún grito de
auxilio justo debajo de la ventana, que estaba seguro no debía abrir para no
avivar las llamas. Me arrastré hasta otra habitación y en un intento
desesperado por salvar la máquina de escribir derribé el escritorio tirando con
toda la fuerza que pude desde una de las esquinas, y para salvar el golpe la
dejé caer sobre mi antebrazo. Descerrajé un alarido como un disparo y me mordí
la lengua con fuerza; no tardé en notar un hilo de sangre resbalando por mi
labio. La iba arrastrando delante de mí, y apenas había rebasado el marco de la
puerta del dormitorio donde se encontraba el aparato cuando un hacha
resplandeciente atravesó la puerta con su buitresco pico de acero.
Estaba
sentado en un banco con la máquina de escribir a mis pies en el pequeño jardín
de entrada al bloque. Había ardido desde el tercero al quinto salvándose las
viviendas más alejadas del fuego. Había dos ambulancias bañando con la líquida
luz roja las fachadas de los pisos colindantes. Goteaba y centelleaba en mis
ojos, refulgía en la máquina azul. Le di el repugnante café a un vecino. ¡Oh!
¿Cómo estás? Me di la vuelta y le miré de reojo ¿Qué te parece a ti?
No
pensaba quedarme en ningún albergue para que mi máquina de escribir
desapareciese a los pocos minutos de entre mis únicos bienes: La ropa y la
máquina, además de un colgante antiquísimo de un búho diminuto y una taza de
los Beattles.
Como
los caminos del señor son inescrutables, me dejó la cartera en el pantalón.
Tenía una segunda oportunidad para morir alcoholizado, algo que no me permitía
la distracción de la ociosidad vaga y la máquina de escribir, oscurecida espiritualmente por el hollín.
La
laguna prepara una barca y me sitúa bajo las estrellas, bañado por una luz
desagradable y fría procedente de la boca del metro que hacía brillar diversas
manchas de sangre repartidas por la camisa, y con la boca de una botella de
oporto en la mano cuyo contenido se apreciaba desparramado por la acera. La
estación centelleaba como una vela en una habitación oscura, la única luz de la
ciudad, del barrio, del mundo, y tan sólo la veía yo. Si la seguía caería más
al fondo, a lo más profundo de los infiernos, donde aquél guarda orondo
volvería a amoratarme un ojo y sacarme otro diente de un golpe; el primero lo
tengo aún en el bolsillo. Serían las tres de la mañana como poco cuando volví a
oír el martilleo delicado de los tacones de la chica árabe. Un mirlo se había
posado justo delante de mí con sus patitas de costurero, enhebrando el aire con
su pico y tejiendo su mantón negro de inverosimilitud.
La
chica se paró delante de mí, que estaba tirado en el suelo con la espalda
pegada a un muro de mediana altura que delimitaba la estación, y el mirlo se
marchó de dos saltitos y un aleteo. Tú eres el de la limpieza, ¿No? Te he visto
en el incendio, en el parquecito que hay delante de los bloques grises ésos; lo
siento mucho, de verdad. Si no tienes dónde quedarte puedes venirte conmigo. Te
pegas una ducha y te acuestas. No, no pongas esa cara, me soltó la descreída
cuando le demostré un soberano escepticismo con las cejas arqueadas, que he
visto cómo me miras cuando vengo del trabajo, ¿Qué trabajo…? Me confesó ganarse
la vida en un bar de copas como camarera, algo que no me creía lo más mínimo
debido a que la chica era demasiado buena, en cualquier sentido, para soportar
semejante acoso. Pensé en que quizás sufría demasiado poco en ese trabajo que
me aseguraba para ser como era.
¡Bien!
Bien, ¿bailarina, no…? Me avergoncé bastante de mi actitud cuando me lo relató
al día siguiente. Desde luego le arranqué una mueca de disgusto con mi
descarada sinceridad.
Me
desperté muy temprano, acosado por los puntiagudos nervios que se habían
gestado durante el día y parte de la noche. Encendí una lamparilla, eché un
vistazo al cuarto, angosto y de esquinas húmedas, repleto de lienzos en blanco
apoyados en la pared paralela a la cama y de un caballete deshecho junto a la
mesilla, y saqué de la estantería que había sobre el lecho el primer libro que
alcancé; estaba en francés y podía desenmarañar algunas expresiones, pero me
era tremendamente pesado y me producía enorme hastío. Noté el vaivén vibrante
de las letras y las páginas: estaba temblando. Aquellas larvas de la tortura
ascendieron por mi esófago y las mantuve en la boca, me levanté y corrí por el
oscuro pasillo hasta encontrar el baño.
La
noche anterior había llegado completamente borracho al piso y me sentía en una
burbuja aislada, desubicada. Devolví en el váter. ¿Estás bien? Apareció apoyada
en el marco del baño. Llevaba puesta tan sólo una camiseta roja sumamente ancha
que le cubría justo hasta por encima de las rodillas. No. Será mejor que me
vaya. Tiré de la cisterna y el remolino condujo mi manojo de nervios a lo más
profundo del mundo. Para mi sorpresa, me dio la razón, y pareció como si
hubiese encendido su sentido común o desmotivado su voluntad. Me dijo que me
marchase de inmediato. Desde el rellano podía oírsele hablar por teléfono a
voces, sobre culpas y motivos. Me sentí más muerto que nunca, un objeto
indigno. Olvidé mi taza.
Durante
casi un año permanecí vagando por la calle, durmiendo en el metro y acechando
mi piso esperando telones y tambores. Un día localicé la vivienda del editor
jefe de una revista literaria, por debajo de cuya puerta dejaba todas las
semanas uno, dos relatos cortos, siempre que disponía de tiempo y seguridad
para golpear el segundo percutor que podía sacarme de esa funesta realidad, el
de mi aparato. Le pedía atentamente:
Estimado
Sr. Carrión:
Adjunto
con este atento saludo un compendio de escritos que espero sean de su agrado y
puedan figurar entre los candidatos a la edición en la revista ‘A_’ para la
primera semana de abril.
Los
relatos están acordes con las bases, a excepción de que en esta ocasión -detallaba- me ha sido
imposible redactar el segundo a máquina, debido a condiciones que agradecería
tuviese en cuenta, tales como mi precaria situación económica, que llega a
impedirme la adquisición de componentes necesarios para la correcta redacción
de los escritos. Espero no importunarle.
Por
entonces ya disponía de una vivienda en un suburbio cuya dirección escribía en
la carta. Pisos rojos, de ladrillos descarados como el óxido del latón; se
sumía en una perpetua bruma enclavada desde las azoteas hasta el interior de
los comercios, las calzadas, las ratas perdidas que enloquecían con el olor a
orina y a alcohol rancio. Vivía con dos chicas, Mar y Elena, a quienes conocí
a raíz del encuentro con un esquelético personaje de carne trémula y uñas
violáceas que regentaba aquel bloque. Me planteé ensuciarme las manos -estaba
en la ruina- con tal de evitar pensar siquiera en la otra salida, y no hice
nada que no turbase mi conciencia, algo que me sorprendió viniendo de alguien
con un aspecto como él -quizás ése fuese mi problema-. Se notaba que llevaba toda
su vida muerto y que comprendía mi situación. Entonces, me ofreció el piso con
la condición de que le prestase algunos servicios en el bloque y que no tocase
a las chicas. Tío, me decía él, eres inteligente. Cuando salgas de aquí te va a
ir bien. Mala suerte, ¿Eh? Allí me limité a ganarme la vida poco a poco,
incluso llegué a recuperar mi trabajo en el metro, algo que me alejó de la
máquina. Pero para entonces, había terminado un nuevo cuento que me disponía a
enviar, ‘Otoño’.
En cuanto entré por primera vez en el piso, Mar
comenzó a reírse y Elena se le tiró encima, dio un golpe con el índice a la
colilla que aún sujetaba y la tiró a la alfombra. En ése momento recuerdo que
di un respingo y el corazón una sacudida. A Mar le botaba el pelo azabache sobre
los delicados hombros desnudos que se salían del cuello casi inexistente de una
camiseta ancha, oscura, cortada por ella misma. El espacio se deslizaba por la
suntuosa clavícula hacia sus pechos, poco prominentes pero delicados y
armoniosos. Acogían la lluvia del cuello entre su canal discreto como si la
cara fuese un manantial y la garganta agua,
una marea para los dedos. Tenía el cabello recogido y despeinado.
Levantó los brazos y agarró las manos de Elena entrecruzando los dedos. La
fuerza se le reflejaba en los músculos de los brazos como el tallo de una
pálida dama de noche, laceniza y a la vez las ascuas que refulgían entre el
tejido de la alfombra. La coleta tan sólo le recogía el pelo que le caía sobre
la espalda. El resto se hallaba bailando y mezclándose como el agua bajo la
brava cascada. Dio un empujón y abrió un poco la boca, aliviada; Elena se había
separado y Mar volvía a la carga con la rendija de sus labios exhibiendo los
dientes inmaculados, oscurecidos por el cobijo de su pequeña lengua. Levantó la
barbilla y allí estaba, saltando sobre La Otra con la elipse de su cuello y su
barbilla anunciando el alba de los ojos, que se abrían sobre la montaña vacía;
eran verde oscuro, separados por una nariz irregular, magnífica, una pendiente que
terminaba en una decorosa punta suave, entrañable redondez eufórica y calmada.
Abrió aún más los ojos y las pestañas casi rozaron las cejas. Sacó la lengua
por la comisura de sus labios y la mordió. Me destrozó. Alrededor de la pupila
bailaban una serie de diminutas líneas contiguas formando una especie de iris
interior que clareaba como la hierba en verano. El resto de la cara era una
historia de ternura blanca y elíptica. Era una sirena de metro cincuenta y
cinco. Cantaba con los ojos y las manos de margarita. Acaso miré un segundo a
Elena. Era distinta. Piel oscura y pelo rizado, los ojos grandes, también
bonitos, de un adorable color avellana. Nunca serían mías.
La
máquina emitió el último chasquido y coloqué la hoja con el nombre del cuento
en el centro sobre las demás. Mi escritorio se situaba en la parte oriental de
la vivienda. Me levantaba temprano y el sol enmascaraba el mundo con el azur e
iluminaba la puerta a la nada. Acabando sobre las nueve, sonó el teléfono en el
salón, un trasto amarillento y viejo, y Mar se levantó de la cama a cogerlo.
¿Sí? Estaba aún dormida. Me apoyé sobre el respaldo de la silla y guardé
silencio. Colgó el teléfono sin despedirse; aún se oía hablar al otro lado una
voz femenina y débil. Se apercibió de que me hallaba en mi habitación y
adelantó los pasos hacia mí, cabizbaja, se detuvo frente a la silla y me
abrazó, apoyando la cabeza en mi cuello. Mi hermana ha muerto. Le acaricié el
pelo y lo único que se me ocurrió fue Lo siento mucho, para lo que comenzó a
llorar en silencio. Ni siquiera sabía que tenía hermana, pero deduje que
preferiría no hablar del tema dadas las circunstancias que la obligaban a
refugiarse en un suburbio pútrido y detestable. Elena salió, ojeó el salon
y nos vio en el cuarto. Arqueó las cejas
intrigada, ¿Qué...? y apunté a Mar con la mirada, a lo que Elena respondió
llevándose las manos a la boca y arremolinándose en torno a la niña. ...Tengo
que irme a trabajar. Ya estaba vestida. Ella SÍ que trabajaba de camarera, en
un café donde iban personas y servían tartas de manzana del día que esas
personas podían permitirse. La sacaré a dar una vuelta.
Efectivamente
la saqué y subimos a El Centro. Aunque mi experiencia no era exorbitante sabía
que a una niña como era, porque no era aún mayor de edad ni tampoco
excesivamente madura -algo de lo que se ocupó el consecuente instinto de Elena-
a pesar de las circunstancias, un helado terminaría animándola de una forma u
otra si insistía con bufonesco cariño en que se lo terminase -era demasiado
idílico pero efectivo. Oye, muchas gracias. Tenía los ojos hinchados de
contener las lágrimas y la nariz completamente congestionada. Se pasó un
pañuelo sobre el labio y se echó los puños a la boca. Anda, bichejo, acábate
eso. Mi carácter se había vuelto más agrio, rancio. Veía mi piso desde la
heladería. Ella me miró fijamente y un mechón negro se desprendió y le fue a
caer sobre la mitad derecha de la cara, hinchó los mofletes con un mohín
cariñoso y abrió bien los ojos. Le sonreí. ¿Por qué no te afeitas? Me recomendó
con una suave y mimosa voz. Se me vería la cara, respondí. Creyó que había
hecho explotar una burbuja interna en mí y se sintió aún peor. No tengo tiempo.
Se relajó y le saqué la lengua. Dejó el helado y terminamos emborrachándonos en
un bar que recuerdo ahora como la viva imagen del cuadro de Hooper ‘Los
Noctámbulos’, pero sin fracs ni sombreros, ni camareras con cofias blancas,
impolutas.
Ésa
noche volvimos en silencio a nuestro magnánimo hotel blanco. Margtuvo la mala
suerte de partirse los tacones de cristal. Buenas noches, señor, buenas noches,
señorita, ¡Soy su señora! Respondió ella, a lo que yo me sentí eternamente
halagado. El botones dibujó una amplia sonrisa y se inclinó, e incluso dijo
algo en francés -¡Elegancia!- Subimos a la habitación y tiré la cazadora en el
sofá. ¡Buenas noches, señorita...! Adelanté un pie y detuve mi caída. Señora, y
se llevó la mano a la frente, sonrió y se volvió a su cuarto. Me tiré en mi
cama. Elena aún no había llegado.
Cinco
minutos más tarde, flotando en el vientre del sueño, advertí que la cama se
hundía un poco a un lado y que alguien me envolvía el cuello con los brazos.
Somnoliento en la duermevela reconocí la piel y el olor de Mar, y, sin ser
aún consciente de lo que hacía -de lo contrario la habría despachado
inmediatamente- terminé por reconocer sus labios y ella presentármelos a mí.
Dos pasos en le parqué viejo bastaron para hacerme vomitar le corazón. Allí
estaba él, plantado en mitad de la puerta con su gorra roja y sus muñecas
temblorosas. ¡Tú! ¡Te dije que no las tocaras! Completamente ebrio lo tiré a un
lado, asalté la puerta y la cerré detrás de mí. Pude ver por la efímera rendija
a Elena en el cuarto contiguo vistiéndose y a Mar absolutamente atónita. Luego
pude escuchar sus gritos y lamentos, las súplicas de Elena y los golpes secos,
los gemidos mudos, la vida huyendo entre las rendijas de los tablones del suelo
y los cristales rotos de las ventanas.
Hace
tres días me comunicaron que había ganado el primer premio de la revista por ‘Otoño’
y que querían conocer mi historia, la del autodidacta borracho y torturado de
cuarenta y tantos años... Me trasladé a un albergue y mi máquina se esfumó
-entre los dedos de algún honesto empleado. Esta mañana grabaron todo lo que querían.
Y ahora aquí estoy, cansado del mundo pero feliz y realizado, completamente
INDEFENSO ante la vida y la gente; porque ésta me ha desarmado de mi propia
voluntad, pero espero vivir muchos años y... No he parado de vulnerarme desde
esta mañana con este cúmulo de porquería delante de la cámara, la papilla
emotiva propia de un octogenario. A fin de cuentas, este lugar está cerca del
suburbio del que huí como una rata hace nada menos que cuatro días, y él vendrá
a buscarme, y estaré aquí, y Mar estará allí. Quizás lo haga más por mí que
por ella, por deshacerme de la pócima de moscas y ajenjo que me derrama la
culpa. Sea lo que sea, volveré a por ella, aunque sea para perderla otra vez si
alguna vez la tuve. Un día dejaré de quererla, lo sé.
La
Luna se levanta y tira la escalera para permanecer impertérrita al otro lado de
la ventana de la habitación. Mi imagen condenada saldrá mañana en la televisión
y mi asesino estará allí para verla, finalmente será el leñador. Estoy más
seguro en la calle, La Ciudad lo dice,
que es una mesa con una pata rota. Nada vive aquí que no resbale y termine
roto, en el suelo. Se me cayó la sopa, me mojó el diario y los zapatos.
viernes, 2 de marzo de 2012
5 - Cáncer
Es rumana. Es muy guapa, no parece rumana. Oye, rumana, ¿Qué tal? ¿Qué hacías? ¿Lo que hacen las rumanas, eh? Los dos policías rieron. Anda, calla, que creo que tiene frío. Cogió la chupa barata de cuero negro y se la alcanzó metiéndola entre los barrotes de la angosta celda. ¿Y la familia? Preguntó el que estaba sentado detrás del escritorio gris. Giró la cabeza mientras dejaba descansar su brazo en la reja horizontal, esperando a que la prostituta lo cogiese. No tiene. La chica lo agarró y se dejó caer de nuevo sobre el camastro con la barbilla clavada en el pecho. Se echó por encima la prenda.
Poseía una elegancia humilde, una niñez perturbadora entre los mechones dorados que se le descolgaban de la coleta, a la deriva de sus ojos. La luna entraba por una pequeña ventanilla detrás de ella y reflejaba en el plástico impermeable de la chupa una luz blanquecina, pura, y la dejaba en el lugar de una pequeña princesa con un tacón roto y el pelo sucio, lejos del castillo ceniciento de su padre el zar.
¿Te has fijado? Está blanca. Oye, ¿Tienes hambre? El agente que estaba sentado se alzó un poco de la silla y le alcanzó la mitad de un emparedado. Inspiraba lástima, la misma que inspiraría una niña perdida en un centro comercial. Negó con la cabeza. Los agentes se miraron. Ambos estaban algo perdidos. Oye, chica, perdona por lo de antes. ¿Tienes dónde dormir? Ella no contestó. No, no tiene. El hombre en pie se llevó las manos a la cintura y miró al compañero. Niña, aquí cerca hay un motelito asqueroso, pero tiene camas. Se desayuna bien. Dibujó una sonrisa discreta. Te vamos a dar un poco de dinero y te vas a marchar. Oye, le susurró de inmediato, ¿Qué cojones estamos haciendo? Habla bien, habla bien, que es una chiquilla y mírala, ¿La ves? Sí, la veo, pero ya sabes. Pasa, chico, y le alcanzó tres billetes que a ojo correspondían de sobra la suma por una habitación en el motel 'd'or' y unas monedas. Tendría para el desayuno y quizás para otra noche más allí si lo apuraba. La chica se echó hacia atrás y rehusó del dinero, presionando las verjas para que las cerrasen. No lo hagas más difícil. Pasa, ¿No ves que no quiere? No seas rata, que no es dinero. Venga, que tienes suerte, que hoy te largas de aquí, pero otra vez no creas que vas a tener la misma suerte. Échate atrás. Pablo. Dime, respondió jadeante. Está tela de pálida.
La chica había ido apagándose en aquella lucha infantil por la modestia y había dejado caer su mano de porcelana sobre el cabecero de la cama. Permanecía echada en ella con la mitad del cuerpo fuera.
Oye, qué le pasa. Está fría. Pocos segundos después de que le depositara el reverso de la mano en la mejilla, la chica devolvió en el suelo de la comisaría. ¿Ha bebido? No, nada, llama a una ambulancia, anda. ¿Éso es sangre? Sí, joder, llama a una ambulancia ahora mismo.
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