viernes, 25 de mayo de 2012

X3- ¡Tiempo que no escribía! -Catorce Puertas v0.9

¡Lester, Lester, África te corre por el saxo como seis veces entonas con cada nota el sexo! ¡Six, sax, sex! Chico, eres maravilla. Todo lo triste del alma de un poeta de la música lo vomitas por una extensión dorada de tu alma, ¡Jazz hipócrita, jazz redentor! ¡Jazz de la muerte y jolgorio melancólico, un sorbo más de absenta para el asiduo bebedor de vida a quien otro duro golpe ha asestado éste líquido vital que consume y por el que es consumido! Este corazón bebe como a la tercera vez de un joven, ¡la botella bebe de él! ¡Es la vida quien lo paladea y lo mastica con crueldad envenenada! Lester, chico, ¡envenenada! así es tu fuerza, que envenenas a quien te daña con una puñalada deslumbrante, con el haz tenor de la música de tu pellejo, ¡cabronazo, tócala seis veces más con el saxo!

'Mean to me' suena de fondo y se evidencia por las palabras exaltadas que produce, y yo, ¿qué produzco? mi literatura extraña y oscura -imprecisa-, diversa y de harapos que aborrezco; pasa tan rápido de mi rosca que odio la palabra anterior, odio 'palabra', odio 'odio', odio la coma que fue y que ahora viene y ¡mírala!, ahí detrás de 'ahí' se burla. Todo lo que aquí simplifico es burdo, tosco, y esa falta de consolidación de un estilo, ¿es evolución o una involución que toma la forma de la duda y de la distracción más cruel, que atañe a la falta de inteligencia? 

No lo sé. Quizás no me note mejoría, me note mejoría, pierda una notoria mejoría, me convierta en un personal premiado y vuelva a caer en un pozo de ambición manchada, como el polvo marrón de las ventanas arañado por la lluvia de entretiempos. Todo da igual, ¿no? No me importan los demás, no me importo yo mismo. A tomar por el culo, como quien dice, chico, y adelante, los borrones de la otra cuenta los guardo en un cajón y les doy rodeos, los magnifico para que parezcan parches, y de parches a florituras, como las malvas sobre las tumbas y los helechos que cubren la identificación de las lápidas -hablo absolutamente de literatura; muchos borrones, ¡Ay, borrones! antes parecían verse tan claros, hoy se ven como la cómoda nube que realmente pudieron ser. Amo esas tachaduras, o esos tachones, esos pedazos empalados de alma que firman el dibujo de una boca muda cosida por la mina de un lápiz o la tinta de un bolígrafo. Se me antoja son cofres, cajones, escondites donde recrear lo que pudo ser, ¡cómo he amado en tantas ocasiones y de tantas formas! Cada una de ellas sería posible, amplificada por la pasión deliciosamente obscena de los labios de la realidad, pero borrar lo que tacha la palabra implica desvanecerla, ¡reescribámosla juntos muy lejos, maldita, lejos de ojos que te reflejen distinta que los míos!-.

Y aquí dejo ese último cuento que no me representa, como bien he dicho, porque también se ha diluído en el inútil perfeccionismo y esta mi ilusión de progreso, que anhelo no sean tan somera y valga algo... ¿no todos queremos eso? 

En fin. El texto no es la versión final, no dispongo de ella por ahora y es aún más bisutería que el que di por última versión -diciendo edición, ¿no sería patético?-, cuyo final cambia drásticamente. Incluso podría decir que no me desagrada este del que hablo. El que prosigue, no es gran cosa, peca de ingenuo -ojalá pecase sólo de ingenuo- y he de reconocer, sinceramente, que creo por suerte haber mejorado desde la última vez que lo revisé. Si no admitiese eso, o sería una reprochable falsa modestia o la más absoluta de las estupideces. Diminuta o enormemente, todos somos vanidosos. De lo contrario, esa insensible analogía con las ovejas con la que los revolucionarios -los más vanidosos, luego hipócritas, de todos- tachan a los conformistas, tendría un triste sentido. No tendríamos carácter; el carácter genera enemigos; los enemigos nos hacen vanidosos; la vanidad nos da carácter. No es malsana, es competitiva y audaz. ¡Me voy por las ramas! Ahí está el jodido cuento.


                                                             CATORCE PUERTAS



Recuerdo estar observando el deceso de las volutas de humo que se deshilachaban del cigarro con una ligereza litúrgica, dilatándose y disolviéndose con cada embestida del viento que atravesaba la ventana entre bufidos. Dédée se detuvo delante de mí y arremolinó el humo con la mano antes de extenderme la palma, donde se encontraban un violento puñado de pétalos violáceos intentando desprender olor, ¿Hueles? Otra vez, maldita sea, te he dicho que no, Eso es que no te acuerdas, repuso sonriendo cínicamente, levanté la mirada con enojo, Márchate, arrugó los labios y se llevó una mano al pecho, como herida. Sus brazos se dejaron caer a los lados, sonó una risotada que le hizo encoger los hombros y dio media vuelta encarando el pasillo, en el que su avance la empequeñecía velozmente; llegó al recodo y se detuvo para lanzarme un beso por encima del hombro antes de desaparecer. Su sombra, que se desvanecía en el corredor, me alcanzaba con diabólicas tentaciones de terminar con el tedio exasperante que me producía su voz. No estoy  -ni estuve- borracho para hacerlo, ofuscado la precisión de mis puñales con el tabaco.
Me limité a devolver la vista al meticuloso estudio de un muelle al otro lado del lago, crucé las piernas en el sillón de terciopelo verde, consumí un cuarto del cigarro. Buscando algo con lo que mantenerme ocupado  paseé la vista por el salón evitando el acecho de la sombra en las esquinas, y recordé que tenía un buen número de libros en una estantería junto a la puerta, justo detrás de mí. Levanté la cabeza sobre el respaldo y los ojeé, cuarenta y tantos ejemplares en total de El viejo y el mar, todos ellos encuadernados con una rígida tapa negra y sin título en la portada. El pasillo hablaba del tiempo y el estado de la nevera desde lo más profundo de aquella aterradora garganta, en la que ahora se abría un grifo, luego crujía el somier de la cama bajo el delicado cuerpo de Dédée. Se trataba de un retorcido nido de sonidos huérfanos que aúllan y se estremecen, como devenidos por un fantasma. La espartana decoración no ayudaba a olvidarse del sentido de cubículo extraño de la morada. La librería cerraba el ángulo de las paredes, que se prolongaba desde la esquina y se disparaba hacia la siguiente sorteando un ventanal apuntado provisto de un brillante marco blanco, en la pared que correspondía a mi derecha; desprovista de cortinas el paisaje del exterior se convertía tan sólo en la especulación de un entorno oculto tras el inoportuno tronco de un roble. La única ventana, que permanece siempre abierta, se dispone justo delante de mí y se inventa un paraje pantanoso y tranquilo, sin animales y casi sin plantas que no se disuelvan en la pólvora de la niebla que asola la orilla del otro lado del lago.
El corredor, el auténtico portal de los hechos, tenía motivos para aterrorizarme, pero los desconocía absolutamente; incluso desde antes de que el viejo del suéter me hablase de ellos, sentía que tenía razones para temerlo. Desde su tiniebla, la voz de Dédée me producía un eco grotesco en el tímpano, como si me susurrase desde el interior de mi cabeza. El pasillo se escalonaba y se convertía en sótano, en dormitorio, buhardilla y cualquier estancia inhóspitamente familiar, una traición escondida en los anales de la costumbre. Quizás sólo era el pasillo, que se ramificaba en un cuarto de baño, un servicio, la cocina y un dormitorio, cerrándose con una lunática ventana en el extremo. La casa no tenía más que una planta, y nada podría ascender o descender de los infiernos de una fosa en el sótano o un ataúd en el trastero. No iba a maullar ningún gato en el interior de la pared, no iba a descubrir legajos antiguos en un pozo. Es una casa desagradable llena de oscuros fantasmas que me ofuscan y desordenan emociones, probablemente no haya más que mi distanciamiento, el cambio de aire que Dédée pretendía.

Dédée había llegado conmigo a la casa y se había instalado en la habitación del final del pasillo, de la que poco sé. Suelo quedarme dormido aquí en el sillón, aparezco en el sillón fumando un cigarro, recibo los buenos días de Dédée en el sillón, tengo pesadillas en el sillón y me estremezco, hastiado, en el sillón. Antes de venir aquí me ocupaba de la vigilancia en las cocheras del metro, pero de no ser porque mi compañera no me advierte de nada nuevo o importante, estaría seguro de que habría pasado tiempo suficiente para que mi ausencia justificase mi despido inmediato. Ni una carta, ni una llamada –aunque sin teléfono es...- El reloj continúa por manía con una hoja cansada que no ve pasar los días, pero no tengo tiempo para aburrirme mientras evito la oscuridad quedándome dormido antes de que la noche monde el sol con los filos de hipócritas estrellas…
Dédée, por su parte, reduce las horas a vigilar de cerca su decepción con el mundo a través de la lente convexa de una botella de alcohol. Está ebria desde que tomo consciencia de mí mismo entre los robustos brazos del sillón –algo cuya extrañeza no ignoro pero prefiero no añadir a mis preocupaciones. Mientras ella pulula frente a la ventana y levanta provocativamente el trasero cada vez que se apoya a tomar el aire, como se excusa, no puedo evitar asemejar mi estadía a la fría e inmóvil estancia en la sala de espera de una clínica. Las dos semanas que creo que debo llevar aquí –o debería- se transportan a una línea que, a cada día, se divide en un fragmento aún más diminuto que el anterior; cada vez más lejos cuanto más cerca estoy de que termine o tenga punto de partida esta absurda huida de la realidad a la ficción de la soledad mutua: Dédée manifiesta una actitud completamente autista en los accesos de llanto que tienen lugar a últimas horas de la noche antes de aparecer en el sillón al alba, cuando entonces quedo aislado aquí en el pétreo e interminable palacio de Asterión, definido por el infinito, identificado por las catorce puertas correspondientes a la repetición de cada una de las estancias remotamente posibles en una estructura de desmesura sólo semejante y competente a donde se encuentra, este mi país confuso de catorce lagos, catorce muelles, catorce bancos de niebla, catorce dinteles y basamentos de un palacio níveo y tenebroso del que me descuelgo, vomitando el tedio, hasta que la sangre de las caídas y vuelcos determinen que me mantengo con vida y…
Julio, Julio, cariño, despierta, preguntan por ti, me sacudí asustado, pendiendo aún del sueño, y le contesté a un magnetófono rojo que quién lo preguntaba. Luego el magnetófono se transfiguró en Dédée, la campana en las mejillas sonrosadas y las volátiles notas de un saxofón tenor absurdo se transcribieron en un enredo de cabellos cobrizos, rizos de espuma resbalada hasta los hombros que botaba con cada zarandeo sobre los míos. Me tambaleé hasta la puerta y Dédée me dio un pellizco en el costado que acabó por espabilarme lo suficiente como para reconocer unos rasgos humanos en el hombre del suéter verde, que esperaba con los ojos puestos en el bosque sin mirarlo directamente, evitando cruzar la mirada conmigo antes llegar donde estaba para evitar algún silencio incómodo hasta que alcanzase el recibidor. Incluso cuando se apercibió de que me detenía en la puerta, mantuvo la intención de parecer distraído, buscando pájaros imaginarios en las ramas que se cernían sobre el porche; yendo y viniendo, su mirada se aproximaba lo bastante como para asegurarme de que conocía ése rostro velozmente afilado y sutil… el fino bigote cano con el que compartía presencia, el gusto por el jersey de visita, un jersey favorito, empeñado en proyectar las electrizadas fibras verdes hacia el abominable manto de nieve que asfixiaba el paisaje.  La impresión de tener ante mí al único hombre que había visto en doscientos años, sonriendo avergonzado después del silencio al que acababa de condenarle tras haber ignorado su saludo sin otra intención que la de contener mi asombro, fue óbice para no exigirle a Dédée de inmediato una absurda explicación acerca de la demencia meteorológica que había traído de la nada, mientras dormía, aquella desmesurada cantidad de nieve.
La mano de Dédée me agarró de pronto el hombro desde atrás y acabé siendo arrastrado dentro junto a una risotada cómplice, un canturreo, ¡Pase, pase! Relajado en un profundo suspiro tras haber apartado mi mirada demencial de la suya, adelantó el pie derecho, se apoyó en él, fijó el izquierdo, cerró la puerta.
Dédée me reprobó mirándome bajo las cejas mientras entrábamos, y con tiempo me habría advertido acerca de mi arrojo, mi descaro, soy un impresentable, ¿Distraído por qué, si lo que estabas era dormido aún? Le ofrecí el sillón con unos modales algo pálidos; se negó, pero sólo hizo falta que acaparase la silla que Dédée hizo aparecer del pasillo. Mientras me sentaba, su mano descansaba desvaneciéndose sobre la bola de madera del respaldo, le susurré unas palabras al oído, Tráeme también una mesa y un par de cafés, insinuó una sonrisa pícara y se marchó. El anciano se estremeció en su caída a los brazos amables del sillón; éste pudo haberlo rechazado de no ser tejido y esqueleto de pino escondido, porque el viejo se incomodó al considerar que estaba disfrutando demasiado del asiento e irguió la espalda y tensó las extremidades, que pasaron a ensombrecer el terciopelo sin rozarlo. Bueno, relájese, ¿qué le trae por aquí…? Ofrecí una hospitalidad inconsciente a este viejo conocido, tal que si fuese el cartero en pleno invierno o un viejo amigo tornado en un extranjero. L’étranger, entre los cuarenta, ahora eran treintainueve, la casualidad lo devolvió a la estantería; eran treintainueve y Albert Camus, más o menos. La compañía me comenzó a sugerir algo de intranquilidad, me recliné y permanecí expectante; él se limitó a estructurar las palabras que había arrancado a los robles del porche... No buscaba pájaros, entonces, Bueno, ante todo buenos días y siento abusar de su confianza, me he instalado hoy mismo ahí al lado, al otro lado de la arboleda de aquí al lado, al lado del camino, al lado de la derecha y… Cálmese, cálmese, ha venido por aquí, hombre, qué menos que ofrecerle algo de hospitalidad, miró al suelo y respiró hondamente, Le gusta Hemingway, a mí también, ése libro es para todo público, y me encanta, también recordé esta mañana otro que me gustaba mucho, no se ofenda por lo de ‘todo público’, bueno, lo del libro, ése de… Podría haberme marchado y no habría interrumpido su monólogo, su L’étranger, la nieve y el invierno, las hojas que caen, la memoria. Dibujó una mueca inexpresiva, es decir, dejó de ser él por un segundo y se levantó como arrastrado por el anzuelo de un instinto animal, se dirigió a la estantería y sacó del estante pegado al suelo un ejemplar del libro de Camus en francés. ¿No lo irá a dejar ahí, no?, pregunté con evidente sorpresa, ¿El qué? Si el libro es suyo, sugería irremediablemente convencido, ¿Mío? No, no, hágame caso, reí contradicho, asustado, y el libro, según me aseguraba el anciano del suéter verde, era mío, lo había sacado de la estantería, simplemente no recordaba que lo había dejado ahí. Me hice con su comportamiento y descarté que estuviese cuerdo de inmediato –al igual que la otra vez, ésa que…- ; dejó caer como por un error premeditado que su nombre era Julio, había cogido carrera y hablaba todo lo que podía como si fuese a quedarse mudo de un momento a otro. Vive con una chica, Diana, decía de Dédée, pero sabía su nombre real, por lo que lo dejé hablar, Este invierno es horrible, cuídese mucho, brinqué en la silla sobresaltado al grito de ‘¡Míralo!’, lanzó de la estantería Niebla, cayó Poeta en Nueva York como una mariposa herida, ¿Qué le pasa, qué hace con todo eso encima?, ¡Son suyos, son suyos!, me levanté, un chirrido de una silla que cae al suelo, un empujón al tierno tentáculo del terciopelo verde, cerca de una veintena de libros de un viejo de mar peces rompiendo el capullo de Ernest y atravesando la seda de la metamorfosis hacia La Metamorfosis, El árbol de la ciencia, Cantares de Inocencia, La Guerra de los Mundos, La vida es sueño en el suelo, cuando aún no han terminado de posar sus páginas, un viejo que se va gritando entre la mundana irritación y la desesperación más enardecida y demencial después del violento coletazo del pomo de la puerta, la resignación y el dulce descubrimiento de una enfermedad, un tumor reaparecido a tiempo en las manos de un cirujano orgulloso, este viaje en el tiempo, huellas en la nieve y, finalmente, dos días sin verlo. Yo en la puerta, aún más atónito que cuando celebré la visita, yo en la puerta, más muerto que vivo, con cuarenta libros familiarmente desconocidos refulgiendo en el suelo, en la intuición invisible de mi ojo izquierdo, disolviéndome en el placer desconcertado del aroma de las flores que flota y clava su olor como las raíces de una enredadera desde muy lejos en las estaciones y el tiempo, muy fuera de él, desde los pétalos deshechos que cayeron de las manos de Dédée frente a la butaca. Ya lo entenderás, cariño, dice Dédée, Ya lo entenderás, desde el marco del pasillo. Al parecer, ella no sabía que yo ya…
Agotado intelectualmente, incomprensiblemente humillado por la irrealidad, el atributo infernal que alivia –y agrava- mis terrores, me desplomo sobre el marco de la puerta. Una náusea me arrebata la fuerza del cuello y la cabeza vacila hasta encontrarse con Dédée, que casi se aproxima, que casi me abraza, casi me besa la frente y yo, casi despierto, creo ser conducido por susurros que se responden con el oscuro silencio del pasillo, hacia el dormitorio, sin fuerzas para huir. En el umbral ya he cerrado los ojos, y sólo acompañan pasos que callan en procesión.
Sentía las caricias de Dédée en la oscuridad, tiradas por el mecanismo de una respiración sutil y tranquila. Sus manos dibujaban espirales y serpentinas, que veía como centelladas violetas, chispazos verdes, selvas de figuras momentáneas, cuando apretaba los ojos hacia una oscuridad más profunda. Trataba de distinguir si me ardían las órbitas, si deliraba, es decir, si el cansancio provenía de alguna fiebre nocturna que habría confundido, durante el despertar, con el sopor. Antes de dormirme miré al resquicio de luz que entraba por la puerta, quebrando el cuarto con una delgada línea amarilla. Supe la diferencia de unos días atrás –horas-, sentí el lejano calor de la bombilla, y la existencia tomó un tono distinto, sentía el tiempo correr, sabía que dejaría de nevar o que empezaría de nuevo, lo supe desde que comprendí que compartía la vida con otra persona más. Supe, así, que había otro con la lámpara encendida al otro lado de la arboleda naranja que ocultaba el camino hacia la casa del viejo, que él estaba allí con la lámpara y su luz escapando como el aliento de la morada oscura y penetrante, oyendo las tuberías mientras se sentaba en el váter y sintiendo las pisadas acechantes del pensamiento y la maquinación impidiéndole conciliar el sueño. Tuve la sensación de que una carta de despido podría llegar del trabajo en cualquier momento, de que pasaba días hinchándome como un cadáver ahogado en coñac.
Definitivamente, antes de dormirme en el primer cuarto del pasillo, justo antes de hacerlo, temí; temí preguntar al monstruo, inquirir acerca de cualquier cosa que pudiese llevarme a alguna verdad famélica que esperaba como un pez abisal. Temía en mayor medida, sin embargo, confirmar la sospecha de que Dédée supiese, que tuviese en su poder una suerte de destino o decisión final, que si pende de algo escrito, se confunden; que de la respuesta que pudiera dar a una cuestión perdida, lanzada al aire como un estertor, ennoblecido por una impúdica vejez precipitada por las circunstancias, extrajese una realidad irreal, una irrealidad innegable. Determiné que me encontraba aún dormido durante el episodio de la estantería, un completo sinsentido, pero oí perfectamente a Dédée decir lo de ‘Ya lo entenderás’, y creí por un momento, aferrándome a una suerte de infantilismo, que tenía relación con algún error del pasado para el que yo, a su juicio egoísta, debía recibir un escarmiento, y lo sabía todo y deseaba permitirlo; pensé en el tiempo que me había ausentado del trabajo, y que una alimaña de suéter verde de mi superior, con una promesa profesional entre las cejas, había sido la encargada de hacerme saber, a través de una intimidación de su propia cosecha, que con un compañía local de limpieza que ha pasado por dos generaciones y que paga un número de tres cifras al mes a sus dos únicos empleados, no se juega. El padre de Dédée, con un excepcional parecido a mí, se había presentado para asustarme y prevenirla. Un viejo senil y demente aparecía en mitad de un bosque y Dédée trataba de explicarme su comportamiento a través de mi propia reflexión, una lección de vida: ya entenderé que hay que aprovechar cada minuto, porque te convertirás en lo que rechazas una mañana; no ser tan arisco, ser más humano, etcétera, etcétera.
Su padre estaba en Varsovia, y no lo he visto jamás, y ése viejo demente que ocupa la otra opción no habría salido de la pensión en la que podría estar de no ser porque quisiera morir lejos de la dependencia de alguna enfermera amiga de los hurtos –porque en caso de que fuese capaz de permitirse un viaje allí, tendría que tener dinero y un buen lugar donde dormir, de sedas inútiles y pomposas cómodas con motivos vegetales. Factible hasta cierto punto, lindante con la locura, que se planteaba como otra posibilidad. Podría estar volviéndome loco. Pude estar volviéndome loco. Pude, si todo hubiese ido más despacio, volverme loco. Necesité media hora para admitir que conocía al viejo del suéter, que se trataba de la misma persona de siempre, la misma que, concretamente, la otra ocasión.
Dormí un día entero y la mitad del siguiente, y me desperté envuelto en el amor del butacón de terciopelo verde, sintiendo mi espalda fortalecida después de recordar que, aunque estuviese allí postrado, había dormido en la cama todo ese tiempo. Me estremecí, una brisa gélida invadía el salón a través de la ventana, lavándome la cara. Los libros seguirían allí detrás, pero asumiendo que fue real, decidí tomar las riendas de mí mismo y conducirme hacia ellos y echar un ojo, mirarlos y no comprender, porque no era posible. Los llevaba el viejo, me ha hecho un favor, Claro, tienes razón. Dédée parecía expectante y distraída, no hablábamos del tema, de su sapiencia oculta. Se sentaba en la butaca, yo fumaba en la ventana para no impregnar el salón del olor del tabaco, juntaba los pies y escrutaba el reflejo de sus mejillas rojas en los zapatos de charol. Volví al estante al advertir un libro grisáceo con los bordes blancos, un libro de medicina, y del que Dédée rehusó sobresaltada como si hubiese descubierto una mentira evidente que negaba, un jarrón roto de un pelotazo escondido debajo de un mueble, y esperase una reprimenda en cualquier momento. Siguiendo el mismo juego, interpreté que fue al baño para esperar oculta mientras pensaba qué decirle y cómo castigarla; reí, no le di importancia. Tampoco quise preguntar.
El libro estaba ilustrado a color y rondaba las quinientas páginas. Al final de cada lección, una página plástica y gruesa mostraba la relación de los términos y definiciones con los complejos dibujos de unas vértebras que hospedan un nervio rojo y otro azul, un hipotálamo oculto, un cerebro en multitud de perspectivas y con infinidad de cortes, una fotografía de un ruso con un par de agujeros taladrados en el cráneo que levanta el pulgar. De la anatomía plenamente general, focalizó en las complicaciones derivadas de los problemas de cada sección, de ellos a las enfermedades infecciosas mucho más adelante, de éstas a las de origen desconocido o, como ridículamente aseguraba, con una causa ambiental. Alzhéimer, párkinson. Un hombre de treinta años con alzhéimer contaba su historia –contaban su historia. Intercalado como un apéndice, como unos apuntes grapados a un libro de manera tosca y bárbara, continuaba el texto médico de forma absurda, interrumpiendo para siempre el carácter consultivo del escrito y convirtiéndolo en un reportaje novelesco. Aun así, la desdichada juventud de José Antonio Otálora y su precipitado descenso a la senilidad me cautivaron de una forma detestable. Tres furiosos golpes en la puerta me sobresaltaron, y adiviné quién se atrevía a volver de la misma forma de la que se fue. Me armé de valor y decidí que estaba preparado, que esta vez me encontraba completamente concienciado para obligarle a marcharse; estaba seguro de que era Él –nunca imaginaría que cualquier preparación es fútil contra los malabarismos de un Dios vástago y particular.
Abrí la puerta de golpe y reconocí los ojos en los que deposité la mirada. Qué quiere, Julio. ¿Has leído el libro, sí, verdad? Como helmintos, se revolvían en mi interior irrefrenables sentimientos de sollozar hasta despertarme o morir. Sin quererlo, había cumplido su propósito. Aún no había reaccionado –tampoco sabía cómo hacerlo- cuando me echó a un lado con el antebrazo y entró, cogió una silla del pasillo y se sentó apoyando los brazos cruzados sobre el respaldo. El frío reptaba bajo mis pantalones, cerré la puerta; guardé silencio hasta que abrió la boca. Julio, chico, acuérdate. No iba a pasar, me dije, Lo sé yo, lo sabe ella. Más o menos, dentro de un rato, una hora cosa así. El silencio le impacientó, tiró la silla y se lanzó a darme una bofetada. ¡Deme tiempo, por Dios!, le supliqué. Me preguntó algo cuya respuesta ya conocía, ¿O sea que te acuerdas de mí? ¡Cómo no voy a hacerlo, viejo! Cómo no acordarme de él, cómo no saber quién soy.
¿Actúas delante de ella, como si no me conocieses? ¡Cómo no vas a ponerla nerviosa! ¡Sabe mejor que yo que la van a matar! Él sólo lo suponía, sólo lo intuía, las lecciones de vida de un viejo amnésico, un trozo de piel enferma, sólo podían averiguar supuestos que coincidían con realidades absurdas, recuerdos deformados de juventud a los que quería aferrarse.
Mira, viejo, haber acudido a otro. Estoy aquí atrapado y sólo quiero tranquilidad, le dije, no los delirios de un moribundo. Haber acudido a otro a que te advirtiese. Me aseguró que lo hizo, pero era demasiado viejo. Te gusta dramatizar, eh, y se apoyaba en el marco de la ventana, con los músculos apunto de estallarle en una temible furia asesina; me conocía de sobra como para saber que rompería la silla de una patada un instante después. ¡Cálmate…! Tienes miedo, Julio, y a decir verdad estaba aterrorizado. Me voy a despertar en un cuarto de hora más o menos. Te lo pido por última vez, cruza el pasillo y vigílala. Si tienes miedo ahora es porque sabes que va a suceder, ¿Y tú de que tienes miedo, del alzhéimer? Es como un parásito…, interrumpí,…te devora la calavera y te olvida, se marcha dejando un pedazo de ti colgando de un hilo, balanceándose en el cráneo como un feto muerto, una promesa… El ser menos que yo te ha envilecido, y, efectivamente, lo había hecho. Había sido mi propio confidente desde que comencé a notar cómo dejaba de notar, de oler, de ver y de oír, convertirme en un animal de sarna y rabia. Cuando me muera, Julio, ¿qué crees que pasará?, Moriré contigo, eso lo sé, lo sé perfectamente, ¿Y quieres vernos morir aferrados al momento más terrible de nuestra vida? Obviamente, me negaba a morir castigado, pero era una verdad que merecía, no superaba una retorcida ilusión, una penitencia rencorosa e inevitable, al igual que al principio; pensé que moriría antes de verme acosado por las despóticas intenciones del viejo, por mis despóticas intenciones, de viejo.
Está bien, quieres que nos mienta, Sí, ya lo sabes, sálvala, Quieres que nuestro único recuerdo cuando mueras sea una mentira, Ya no importa, idiota, ¿Te crees buena persona? Eres un egoísta, Y tú serás un héroe, Julio, Seremos héroes, seremos el mismo, pero por inventar una historia, y añadí, ¿estás conforme?, Sí, para ya. Me voy, confío en ti, y levantó la silla, la colocó en el pasillo y se marchó. Arranqué un suspiro de lo más hondo de mi alma. Yo, ahí arriba, con setenta y seis años, estaba a pocos días de la muerte, y yo, aquí abajo, antes de ser arrastrado por el alzhéimer, perdido en la memoria del de arriba, treinta años antes, luchando por impedir el desenlace del peor –y el único- capítulo nuestra vida que recordará el día de su muerte. La primera vez que me visitó mientras soñaba, Dédée se encontraba en el muelle. Sólo entonces podemos hablar. Me asaltó gritándome desbocado; mientras yo dormía, al final del pasillo, un día 13 de diciembre del treinta y seis, el decimocuarto día de vacaciones, un prófugo de San Quintín que había escapado unos días antes y se había internado en el bosque atisbaría nuestra morada. Introduciéndose por la ventana del pasillo y sintiéndose atraído por la soledad segura de Dédée, atravesaría el baño y acabaría con su vida mientras la enmudecía con sus manos y la sumergía en una letal sumisión, violenta, animal, derramando su pelo, ahogándolo en el agua asustada. La culpa había manchado irremediablemente la memoria. Entre los pocos recuerdos que le traían los milenios de soledad, estaba esta casa de campo, el butacón de terciopelo verde, libros que no recordaba, los lívidos labios de Dédée mientras la nieve oscurecía el sol que les aclaraba la palidez a través de la ventana. A pesar de ello, un Julio de cuarenta años, alcohólico y vehemente, es incapaz de sobrevivir culpándose por horrendos méritos, si no los firma él con impudicia, presa de lo que fuera, con o sin arrepentimiento pero innegable descontrol.
Hace poco rato me encaminé hacia el pasillo y lo atravesé con pasos rápidos, llegando al cuarto de baño guiado por el canturreo de Dédée. Abrí la puerta, Hola, cariño, Qué pasa, Dédée, cerré el pestillo y me desnudé, me metí con ella en la bañera. Sabía que si lo hubiese hecho treinta años atrás su asombro no cabría en una reacción, pero esta vez me dedicó una tímida sonrisa. Tímida, seguía siendo Dédée. Sigue siendo Dédée. En el pasillo se desliza el cántico afilado, el rayo de un cuchillo devanando la negrura, agarrado por unos pasos confusos que buscan a la víctima perfecta, la víctima aniquilada, oculta, a la que acaricio la pierna hasta el tobillo, a la que beso en la mejilla y enmudezco con el dedo hasta que no recuerde mi nombre, hasta que comprenda que el profanador que acecha en el pasillo no es un más ebrio prófugo que de sí mismo, pues clama mi nombre con ayuda de susurros, clama su nombre a la vez que dice el mío…

lunes, 19 de marzo de 2012

X2 - Agua Imaginada


En un pueblo de pizarra y cal que necesitaba del paisaje para ser hermoso, podía uno extraviarse entre los banquetes de los pájaros y el aroma tibio de la tarde de entre tiempos que congelaba el cielo azul y los rebaños de agua imaginada, si se perdía la vista en un punto indiferente del horizonte, allí donde convergían los canales de la siembra como los secos y repeinados cabellos de la tierra anciana; se hundían y volvían a levantarse dibujando voluptuosos y femeninos valles hasta la vertiente oeste de la sierra clandestina .
Un gorrión invita a navegar entre las lágrimas secretas de los geranios que penden de las caídas de los patios, dormidos entre la jovialidad del color y la quietud vital de un lugar perdido en el prólogo de siglos sin movimiento.
El sol suaviza las cumbres con ceguera convirtiendo todas las horas del día en una tarde constante, salpicada por la letanía del campanario con el ir, con el venir, con el vaivén cuidadosamente agudo de la campana, que acoge bajo el manto litúrgico cada hogar y cada puchero, cada animal y rayo de sol, transformándolo en la aguja de un reloj estático.
Bajo las alas del pájaro centellean y se mecen sin moverse los nervios y las hojas de un naranjo, enclaustrado por su exuberancia en un patio angosto abierto al universo; justo allí merodea la progresividad, o quizás aceche para unos, que otorga el fruto cosmopolita, el amanecer embellecedor del alba encerrado en una esfera rugosa desheredada de la riqueza y cobijada ya por el más pobre de hoy y el más rico de ayer, con el fin de alegrar la vista y emulsionar el aire con el aroma enamorado del azahar. El naranjo sigue siendo hoy un testigo atónito que no se atreve a salir del patio en vista de lo que esperaba fuera en uno de esos milenios perdidos, poco después de que oyese los primeros motores de camiones rebosantes de silencio humano atravesando la calle Umbral, de la que no sabía si llevaba o no hache dado que sólo alcanzaba a distinguir, de la primera letra, la mitad, y no se decidía a determinar si otra pequeña placa de cerámica predecía a esa tímida ‘u’ azul de la calle Humbral, así como de la calle Umbral.
A pesar de la ciencia que conllevaba averiguarlo, no hace falta asegurar que si era una de las dos no era la otra, y si la otra no era pues, probablemente, no existiría, y si existía quizás fuese desde la perspectiva de un manzano desde donde se depositaría una mueca de escepticismo vergonzoso hacia sí mismo por no poder asegurarse de si la calle Humbral era la calle Umbral. En todo caso, si era la calle Umbral desde el reflejo carmesí de las manzanas sería un auténtico problema, porque no debería haber un manzano, sino el exuberante naranjo y el gorrión que engasta su vuelo circular en el impluvio cuadrado del patio de los geranios tristes; no hay que olvidarse de las camionetas viejas que, quizás, transportasen los animales de un circo, meneándose y creando expectación entre los críos que correrían detrás de las trompetillas viejas de algún payaso manoseado por la usura en lugar de amontonar almas en un manojo y sujetarlas bien con una cuerda de chantaje y jerga, para llevárselos Dios sabe adónde. Por lo menos, solían ir en un sentido, o desde el naranjo así solía advertirse, de izquierda a derecha, con prisas y desasosiego, con severas excepciones. Una de ellas fue a estrellarse contra el arco esponjoso que comunicaba el patio con la calle, cuando la señora aquélla que se cubría con la capa de encajes de cuervo una peineta enredada en sus cabellos tormentosos había salido fuera a tomar el fresco en el zaguán que conformaba el túnel de cal y el portón, reforzado por pinceladas de cerrojos y embellecedores de metal que reunían los listones astillados en una estructura eternamente vulnerable pero aparentemente segura. En este guardián se situaba una puerta de menor tamaño que se pasaba el día abierta, y a la que salía la anciana gris para todo lo que supusiese poner el oído a otra voz empolvada que provenía del exterior, a la que no podía ponérsele cuerpo debido a que sólo salía para intercambiar algunas palabras con esta primera mujer cuando ella esperaba en la boca del túnel; parecía proyectar su lengua desde el edificio que bautizaba la calle Preludio –evitando conflictos con ‘haches’ huidizas-, pero su cuerpo se veía eclipsado, y tampoco se trataba de una voz fácilmente identificable. Hablaba detrás de un portón medieval con susurros, y solía escandalizarse descaradamente cuando intercambiaba algún secreto local con la primera anciana, a la que poco le importaban las empresas pecaminosas y esperpénticas que acontecieran a los hijos o maridos de otras familias que no fuesen la suya.
Lo cierto es que la infusión de azahar del patio hacía tres años que no se veía alterada por la presencia desenvuelta de don Francisco, hombre que resbalaba por la treintena cuesta abajo, de porte sublime y espina orgullosa, piernas delgadas sujetando el pecho de un gallo vigilante.
Podía adivinarse que se marchó, o que quizás se lo llevaron. Se oyó decir bajo aquél mismo naranjo, respirando el aroma del sexo de sus frutos tras la cortina de nostalgia, que habían detenido a la anciana en la plaza del pueblo y la habían instado a darles a conocer el paradero del tal Francisco, quien al parecer se hallaba envuelto en las sábanas de las mieses junto al hijo de la mujer del edificio bautista; por supuesto, ni lo confesó ni tampoco lo conocía, aquel día de amanecer temprano.
Cualquiera que hubiese estado allí, que poco comprendía desde la vista ingenua de un naranjo, habría olvidando el motivo del porqué del revuelo y la frialdad nerviosa, los corazones enredados, de serpentear entre manifiestos y convicciones personales.
¿Tanto le atañen los asuntos de un país para discutirlo bajo un naranjo hastiado, intercalando sus propias convicciones entre las disputas de órdenes despóticos?
Así se enclavaba un litigio de desesperación y espera, colmado por ‘España’ y por ‘familias’, por ‘hijos’ y, con una intensidad fatigada, por ‘derechos’ –de los que aseguraba carecían aquellos que tuvieron el valor para amenazar a una vieja viuda.
El sol descendía entre las hojas y se derramaba en el cráneo liso del orante; lo absorbía el pelo gris en las sienes y la nuca. La insistencia justiciera e inapelable de la luz dejaba ver los estragos que la muerte había trabajado en su cara: la frente se le derretía en arrugas y los ojos en gotas de un arroyo privilegiado por los cantos rodados del fondo y su brillo cósmico, reflejo del bosque que lo circundaba y refería a las vivencias e inteligencias de un viejo que convivía con las pesadillas de un estoicismo temeroso.
Hablaba con la otra mujer, la de la calle Preludio. El naranjo estaba dormido entre el viento cuando entró y detuvo sus pasos en mitad del patio, justo debajo del árbol, donde no se alcanza a ver desde la copa –de ahí la perfecta intimidad del alma para poetas y enamorados. Se reunió allí sorprendida y volvió a hablar susurrando, esta vez al viejo, que había llegado corriendo desde la siembra para comprobar si las voces jóvenes del pueblo no desvariaban.
¿A la guerra? Justo entonces comenzó la jerga interna a viva voz, Sí, al frente, ay, ay, se repetía la anciana arrugando los labios y empapando sus ojos con el vaivén del corazón, latiendo sin tener porqué latir, Con mi niño, con mi Pablo, y su ropa se estremeció en un abrazo desconsolado e inevitablemente frío.
Hora después, otro convoy de camionetas, de toldos agujereados y ruedas de barro, atravesó el portal hacia la derecha. Naranjas que tiemblan más por el estertor impúdico del silencio que por la violencia de los vehículos que lo transportan, vencidos por el inerte empedrado de la calle, aunque ignorantes y orgullosos de tener en su oficio el correo de cadáveres morenos y sonrosados que no sabían que estaban muertos aunque su corazón funcionase con la misma mecánica que sus madres, sin razón para, por entonces, el hoy.
Los pájaros guardaron el luto hasta entonces. Un año después del espectáculo –cuando uno, hasta siendo un frutal, se percata de que el nombre de la calle poco tiene en relación con que todo parezca un circo- la dama se vistió de negro de un día para otro, aunque ni los tristes geranios del patio la sintieron perdida, ni tampoco vieron llanto cuando los regaba en el pasillo superior, encaminándose más determinada que nunca hacia la tarea con esos pasos lentos y litúrgicos, abstraídos como la razón de la campana de la iglesia, enhebrando las nubes con el crucifijo metálico de su aguja entre la quietud marina de las azoteas, los peces tendidos en las cuerdas y, hoy por hoy, las antenas de metal que se levantan como reliquias de otro tiempo, devastando el silencio y abominando del cielo.
Según las vagas alusiones a la capilla en los buenos días de patio en los que el azahar se sentía en la piel, y no como la melancolía de tiempos mejores, merecía ser descrita así. La capillita, Has visto la cigüeña en el tejadito de la cruz, se refería a ella algún viajero autóctono como el rabo de una cereza; por parte de las antenas, una deja caer su yute descuidado sobre el tejado, trazando una línea sombría sobre el naranjo. Que en el resto del pueblo las hubiese, sólo sería una casualidad. Desde el patio sólo se ve el cielo y la calle, los geranios y las paredes blancas, sobre las que se encuentra el pasillo de la planta de arriba rematado por un una valla verde, la vertiente de las tejas hacia el vórtice del árbol, –que reluce como una mantis en una hoja de papel- entorno al que suele circundar algún gato anaranjado que el portón deja entrar cuando se queda dormido durante la noche, después de la vigilia esforzada del día de sus recovecos podridos.
El azahar seguía siendo el mismo testigo acobardado que disolvía en el mundo del hogar el crujiente aroma del pan caliente, el observador que se veía envuelto en la obra transitoria de asiduos de su horno, de cuyos vástagos sólo se veía propietario en soledad. Permanecía esparciendo olores y colores mientras las familias le procuraban silenciosa compañía entrando y saliendo, cantando o jugando entorno al tronco del árbol.
En el patio nunca se supo con certeza hacia dónde crecieron los suspiros de la anciana, pero las paredes recuerdan lo poco que oyeron de una madre a la que arrancaron un hijo, de un hijo al que el trueque arrebató la vida. Las pocas acanaladuras que el tiempo y la voz han hundido en la pared son hechas vibrar por el agua los días de lluvia como el diamante con el vinilo, jornadas cuya presencia hace olvidar que los días hermosos fueron los mismos en los que murió la esperanza.
¿Qué queda sino sospechar qué sucedió con el apuesto Francisco, para lo que su madre vistió de luto hasta el día de su muerte nonagenaria? Parecía, desde luego, que las madres llevaban en las entrañas el destino de sus hijos escritos, y daba forma al suyo propio; estaban destinadas a vivir con la fantasmagórica mirada hacia ese horizonte que ofrece las aguas imaginadas flotando blancas y esponjosas, a dar testimonio de la muerte con las ilustraciones del dolor inscritas en un libro de rostros y sermones mudos.
El joven Francisco murió en un bosque bajo el acoso de la difteria, arrastrado entre los aullidos de los lobos en la deslumbrante soledad de la nieve. Sucumbió a la infección y la fiebre a causa de una bala alojada en su hombro. Peralta Marín se apagó con el silbido angélico de un proyectil atravesando su calavera. Se despidió del mundo diciendo adiós en voz baja antes de ser fusilado. ¡Viva la República! Y todos sus compañeros se apagaron a su lado y fue enterrado bajo el hermoso cielo azul. Murió ahogado por la tuberculosis un instante después de que una mano sin dueño apretase la suya con fuerza y se desvaneciese en la oscuridad generosa de una camioneta, rebosante de un silencio humano distinto y más cruel que los telones de los beligerantes que cruzaron la calle Umbral, pintada con las telas de los victoriosos y configurada con las entrañas de los derrotados.
Y el naranjo se abstraía a causa del nuevo silencio del pueblo, y tenía derecho a sentirse vulnerable por el mismo motivo por el que se sentía orgulloso, las esferas colgantes que aseguraban un mañana. El silencio estaba hambriento de ruido y hastiado del rechinar famélico de sus propios dientes. El viejo que habló con la otra anciana de la calle Umbral aquél día bajo el naranjo no había aparecido más que un día, Oye Carmela, ten cuidado con el naranjo que la gente es capaz de lo que sea por una poquita de fruta, Aquí no entran, por mi hijo que no entran, Tú ten cuidado, mañana me paso a ver si te traigo algo, Si no tienes ni para ti, Hija, no paso hambre, además como poco, Dices tonterías, ¿te escuchas?, se tambaleó hasta la palabra cuando arrancó una naranja oronda de una rama y se la alcanzó al viejo, quien abrió un poco la boca para negarse pero fue acallado por su propio instinto; la anciana gris, Carmela, calló. Era lo que él quería. Bajó la cabeza y susurró un gracias, levantó el pie sobre la banda de madera que cuadraba la puerta pequeña del portón y cruzó la calle Umbral. Las naranjas cayeron en manos de Carmela, quien las devoró con ansia en no más de una semana. Si alguien irrumpía ávido de alimento y no hallaba nada, y si acaso se atrevía a tocar a la anciana, Dios la acogería en su regazo engrandecida por la más sincera honestidad.
Llegaban muertos al portón y llamaban sin fuerza para esperar a que nadie abriese jamás. Carmela pasaba bajo el naranjo por las noches, cuando dormía, y sentía los pasos vibrantes sobre las raíces; abría la puerta y se disolvía en la noche para volver horas más tarde con un zurrón de cuero o una cesta de mimbre adornada por algún paquete o bulto enrollado en paños de cuadros rojos. Después, la soledad.
Pasaron años de hambre y el patio encogía conforme el naranjo se hacía más robusto, la anciana más gris y la muerte más llevadera pero no menos frecuente; el pueblo parecía haberse habituado a ella, y ahora procuraban que el hambre devorase sus vidas mientras dormían, Se ha muerto Tenorio, Encontró ayer mi Pablo –a quien el destino había privado un pedazo de su vista que lo salvó de su esqueleto- a Matías en un poyete todo frío, frío. Y se iba apagando la cal, y los geranios parecían menos tristes en un mundo de melancolía. La anciana pasó una silla al patio muchos años después y empezó a quedarse allí por las tardes, bajo el cobijo de la voz monótona de una radio que Pablo había traído aquí desde el extranjero. El naranjo agitó sus hojas un día de reflexiones de primavera, idéntico a aquéllos de malos tiempos, y Carmela cerró los ojos, se apagó con la voz sorda de la radio en el bodegón de la calle Umbral. ¿Qué será de la calle Umbral en realidad, que tanto ha vivido de prestado, de la imaginación y la evasiva de una perspectiva cansada de circos? En cualquier caso, no importa. La realidad es que aún sigue aquí este viejo manzano que imagina ser naranjo, y desconoce que en esta realidad, la única verdadera, la calle Humbral le ha robado la hache a ambre para olvidar qué significa. Aquí, los días hermosos sólo recuerdan tiempos mejores.

jueves, 8 de marzo de 2012

X - Otoño

Compré el periódico en la estación del metro, en un pequeño puesto encastrado en la pared paralela a las escaleras hacia los pasillos superiores que daban a la calle. Estaba apoyado en una de las siete columnas que se disponían a cada lado de las banquetas en mitad de la estación. Eran banquetas azules. Hacían juego con un puñado de líneas y detalles del mismo color que cubrían los pilares y las barandillas, las escaleras. Azul, gris, azul y blanco sucio, blanco sucio allí donde debía haber blanco, o no haber nada. Un reloj perdido cercenaba la calma, cortaba a láminas las bocanadas de aire con cada espasmo del segundero.

¿Cuánto tiempo llevas aquí? Ladeé la cabeza hacia donde surgía la voz y tropecé con el tendero negro del puesto, que ya bajaba la persiana metálica. Serían las tres. El metro había pasado ya y habría derramado las últimas pisadas sobre la chapa del andén. Tacones y mocasines decididos, altivos, deportivas soberbias, botas perdidas. Mocasines, tacones, botas y deportivas, ebrias. El tendero bajó la cabeza y echó la llave. No le había contestado, y seguía pensando que ni había sentido el túnel vomitando el tren, ni al tren vomitando gente, poca gente en cualquier caso.

El tendero era senegalés. Sabía que no le había sentado bien que hubiera pasado de él. Un hombre de treinta y muy pocos años que llega aquí y se las busca mejor que yo a base de partirse la espalda sólo quiere, al menos, sentir que está en buen lugar. Calor humano. Podría haberle pedido disculpas y haber intercambiado algunas palabras con él, pero en lugar de ello pensé en que le había ignorado y que, mientras meditaba apoyado en la columna, se haría demasiado tarde y se marcharía. Así fue.

Me erguí y agarré el carro de la limpieza para dar una pasada por la estación mientras me fumaba un cigarro y hacía tiempo hasta la hora de salida. Siempre limpiaba los baños; desde luego, era donde más se podía apreciar mi ausencia. Reponía los rollos de papel sin falta, tenía empatía. Un chorro de lejía aquí, allá... Los martes y los jueves pululaba el grisáceo rostro rollizo del guardia de seguridad que sustituía a don Miguel, un hombre bastante mayor, magro como un gorrión viejo. Sujetaba la literna con las dos manos a la espalda. Levantaba la punta del pie y solía admirar el reflejo de sus zapatos mientras caminaba. Alzaba el mentón y murmuraba, se colaba algún canturreo. Solía sentarse en las butacas azules y se ponía a mirar a las vías para quedarse finalmente dormido durante bastante rato. Ahí entraba yo y dejaba de fingir. Me sentaba a su lado para controlar el sueño y que no viese que el carro de la limpieza se había quedado solo. En cuanto al otro, de cuyo nombre no me acuerdo si alguna vez lo supe, no paraba de caminar de un lado a otro y de llamarme la atención. Apretaba la mandíbula antes de hablar y se le hinchaban los pálidos mofletes, se le comprimía la cara y se le salía la papada entre el cuello de la camisa y el primer botón, jadeando después de la primera voz y parpadeando con fuerza, como queriendo despertar y salir de su cuerpo bulboso. Las manos hinchadas y repletas de azuladas venas y los ojos pequeños y distraídos intentando aparentar concentración, los suspiros profundos y ahogados seguidos del sudor, todo daba lugar a que presentase un aspecto enfermizo y nauseabundo. Paseaba cuando recuperaba el aliento. No podía comprender cómo un hombre de cuarenta y dos años como estaba seguro de que tenía, no podía casi levantarse de su puesto y subir una escalera sin estar al borde del desmayo. Lo peor era que intentaba disimularlo y relajaba su respiración justo cuando más aire necesitaba.

Oye, ¿Qué haces ahí sin mover un dedo? Limpia eso. Los espejos están hechos un asco. Se me ha caído el café. Seguro que éso último lo hacía queriendo, y los espejos estaban limpios porque era lo poco que limpiaba. Comparados con el resto del lugar, relucían como oro.Cuando subía las escaleras y se ponía a tomar el aire en la boca del metro, me metía en el baño de señoras y me ponía a fumar, porque si me atrevía a hacerlo fuera, olía el humo de inmediato, y detestaba el humo. No le dejaba respirar.

Ese mismo día hacía turno Miguel. Apenas cerró los ojos en la silla más alejada del centro de la estación cuando dejé la fregona en el carro y lo guardé para marcharme. Me quité los guantes de un tirón y los lancé a la vía. Emprendí una veloz carrera y en pocos segundos me encontré fatigado sobre la boca del metro, haciéndome a la iluminación estroboscópica de diversas farolas de luz amarillenta. La calzada estaba fría y blanda como la lengua de un anfibio; se deslizaba algún coche resbalando sobre la bilis de la noche que carcomía los rincones y las esquinas, los parques, los portales, mis zapatos. Serían las tres y veinte, cinco minutos después de subir, cuando vi pasar a una chica árabe por la misma acera por la que caminaba. Advertí el repiqueteo de sus tacones entrelazándose con las puntadas del silencio, tejiendo con incertidumbre una capa de ebriaguez perfumada. Me rebasó con prisa. Era sumamente tarde y no parecía una prostituta, más bien todo lo contrario, una chica decente que llamaba a su madre varias noches a la semana, desayunaba cereales sentada en el sofá con las piernas cruzadas y desnudas y disfrutaba del ronroneo de su gato, un animal nocturno y loco por sus muslos, desde donde transmitían el contoneo a su cadera robusta y fina como intermediarios entre la tierra y su cintura. La desnudé con los ojos y aproveché una apertura triangular en el vestido que llevaba que dejaba ver desde su nuca, dando el placer de sus hombros, hasta algo menos de la mitad de la espalda, oscura e impecable, una desnudez oleosa que resbalaba por la depresión de su columna.

Llegué a mi casa animado, enamorado de la noche. Sentía enredado en los dedos el pelo de hebras de azabache; lo imaginaba botando aún sobre sus hombros. Me tumbé en el sofá y saqué una botella de whisky de debajo de la mesa camilla, a la derecha, y me encendí un puro que descubrí se escondía en el bolsillo del mono, una dádiva de un viejo amigo que encontré por casualidad a la salida de la estación. Mereció la pena -entonces- salir antes del trabajo. Me emborraché y me quedé dormido pensando en ella.

 Me levanté sobre la encimera con la panza cubierta de trozos de carne y vino blanco. Arrastré el brazo y tiré un cuchillo de carnicero junto al suntuoso filete de ternera que yacía en el suelo. Vi a mi padre allí plantado y fue corriendo al baño. <Mi padre está muerto> pensé, sin saber cómo. Se desplomó al suelo y recordé el cáncer y sus pulmones negros. Yo encendí un puro.


Desperté ahogado en una espesa y ardiente nube negra y me descubrí incapaz de abrir los ojos sin que se abrasasen. Entre las pestañas distinguí la bocanada flamígera de una danza otoñal que encendía con un pincel de llamas todo lo que alcanzaba a ver. Las vigas se resentían. No supe reaccionar y la cortina se vino abajo salpicando llamas en varias direcciones. Aún podía distinguir el puro en la alfombra, mofándose de mí. Salté del sofá, me tiré al suelo bajo el manto de humo y me quité la cazadora, que había comenzado a prenderse; inmediatamente empecé a gritar. Comprendí al instante que el edificio estaba completamente vacío, pues de lo contrario alguien habría intentado ya derribar la puerta o, en todo caso, me habría despertado sus golpes.
Sobre mí vivía una pareja de ancianos cuyos pesados pasos retumbaban a través del suelo y llegaban directamente a mi salón -¡Álvaro, Álvaro, oiga!- arriba no había absolutamente nadie, y podía adivinar que tampoco en el piso contiguo.
Bajo el gemido del fuego podía advertir algún alarido de pavor y algún grito de auxilio justo debajo de la ventana, que estaba seguro no debía abrir para no avivar las llamas. Me arrastré hasta otra habitación y en un intento desesperado por salvar la máquina de escribir derribé el escritorio tirando con toda la fuerza que pude desde una de las esquinas, y para salvar el golpe la dejé caer sobre mi antebrazo. Descerrajé un alarido como un disparo y me mordí la lengua con fuerza; no tardé en notar un hilo de sangre resbalando por mi labio. La iba arrastrando delante de mí, y apenas había rebasado el marco de la puerta del dormitorio donde se encontraba el aparato cuando un hacha resplandeciente atravesó la puerta con su buitresco pico de acero.

Estaba sentado en un banco con la máquina de escribir a mis pies en el pequeño jardín de entrada al bloque. Había ardido desde el tercero al quinto salvándose las viviendas más alejadas del fuego. Había dos ambulancias bañando con la líquida luz roja las fachadas de los pisos colindantes. Goteaba y centelleaba en mis ojos, refulgía en la máquina azul. Le di el repugnante café a un vecino. ¡Oh! ¿Cómo estás? Me di la vuelta y le miré de reojo ¿Qué te parece a ti? 
No pensaba quedarme en ningún albergue para que mi máquina de escribir desapareciese a los pocos minutos de entre mis únicos bienes: La ropa y la máquina, además de un colgante antiquísimo de un búho diminuto y una taza de los Beattles.
Como los caminos del señor son inescrutables, me dejó la cartera en el pantalón. Tenía una segunda oportunidad para morir alcoholizado, algo que no me permitía la distracción de la ociosidad vaga y la máquina de escribir,  oscurecida espiritualmente por el hollín.

La laguna prepara una barca y me sitúa bajo las estrellas, bañado por una luz desagradable y fría procedente de la boca del metro que hacía brillar diversas manchas de sangre repartidas por la camisa, y con la boca de una botella de oporto en la mano cuyo contenido se apreciaba desparramado por la acera. La estación centelleaba como una vela en una habitación oscura, la única luz de la ciudad, del barrio, del mundo, y tan sólo la veía yo. Si la seguía caería más al fondo, a lo más profundo de los infiernos, donde aquél guarda orondo volvería a amoratarme un ojo y sacarme otro diente de un golpe; el primero lo tengo aún en el bolsillo. Serían las tres de la mañana como poco cuando volví a oír el martilleo delicado de los tacones de la chica árabe. Un mirlo se había posado justo delante de mí con sus patitas de costurero, enhebrando el aire con su pico y tejiendo su mantón negro de inverosimilitud.
La chica se paró delante de mí, que estaba tirado en el suelo con la espalda pegada a un muro de mediana altura que delimitaba la estación, y el mirlo se marchó de dos saltitos y un aleteo. Tú eres el de la limpieza, ¿No? Te he visto en el incendio, en el parquecito que hay delante de los bloques grises ésos; lo siento mucho, de verdad. Si no tienes dónde quedarte puedes venirte conmigo. Te pegas una ducha y te acuestas. No, no pongas esa cara, me soltó la descreída cuando le demostré un soberano escepticismo con las cejas arqueadas, que he visto cómo me miras cuando vengo del trabajo, ¿Qué trabajo…? Me confesó ganarse la vida en un bar de copas como camarera, algo que no me creía lo más mínimo debido a que la chica era demasiado buena, en cualquier sentido, para soportar semejante acoso. Pensé en que quizás sufría demasiado poco en ese trabajo que me aseguraba para ser como era.
¡Bien! Bien, ¿bailarina, no…? Me avergoncé bastante de mi actitud cuando me lo relató al día siguiente. Desde luego le arranqué una mueca de disgusto con mi descarada sinceridad.
Me desperté muy temprano, acosado por los puntiagudos nervios que se habían gestado durante el día y parte de la noche. Encendí una lamparilla, eché un vistazo al cuarto, angosto y de esquinas húmedas, repleto de lienzos en blanco apoyados en la pared paralela a la cama y de un caballete deshecho junto a la mesilla, y saqué de la estantería que había sobre el lecho el primer libro que alcancé; estaba en francés y podía desenmarañar algunas expresiones, pero me era tremendamente pesado y me producía enorme hastío. Noté el vaivén vibrante de las letras y las páginas: estaba temblando. Aquellas larvas de la tortura ascendieron por mi esófago y las mantuve en la boca, me levanté y corrí por el oscuro pasillo hasta encontrar el baño.
La noche anterior había llegado completamente borracho al piso y me sentía en una burbuja aislada, desubicada. Devolví en el váter. ¿Estás bien? Apareció apoyada en el marco del baño. Llevaba puesta tan sólo una camiseta roja sumamente ancha que le cubría justo hasta por encima de las rodillas. No. Será mejor que me vaya. Tiré de la cisterna y el remolino condujo mi manojo de nervios a lo más profundo del mundo. Para mi sorpresa, me dio la razón, y pareció como si hubiese encendido su sentido común o desmotivado su voluntad. Me dijo que me marchase de inmediato. Desde el rellano podía oírsele hablar por teléfono a voces, sobre culpas y motivos. Me sentí más muerto que nunca, un objeto indigno. Olvidé mi taza.
Durante casi un año permanecí vagando por la calle, durmiendo en el metro y acechando mi piso esperando telones y tambores. Un día localicé la vivienda del editor jefe de una revista literaria, por debajo de cuya puerta dejaba todas las semanas uno, dos relatos cortos, siempre que disponía de tiempo y seguridad para golpear el segundo percutor que podía sacarme de esa funesta realidad, el de mi aparato. Le pedía atentamente:



Estimado Sr. Carrión:
Adjunto con este atento saludo un compendio de escritos que espero sean de su agrado y puedan figurar entre los candidatos a la edición en la revista ‘A_’ para la primera semana de abril.
Los relatos están acordes con las bases, a excepción de que en esta ocasión -detallaba- me ha sido imposible redactar el segundo a máquina, debido a condiciones que agradecería tuviese en cuenta, tales como mi precaria situación económica, que llega a impedirme la adquisición de componentes necesarios para la correcta redacción de los escritos. Espero no importunarle.
Atentamente, G_.







Por entonces ya disponía de una vivienda en un suburbio cuya dirección escribía en la carta. Pisos rojos, de ladrillos descarados como el óxido del latón; se sumía en una perpetua bruma enclavada desde las azoteas hasta el interior de los comercios, las calzadas, las ratas perdidas que enloquecían con el olor a orina y a alcohol rancio. Vivía con dos chicas, Mar y Elena, a quienes conocí a raíz del encuentro con un esquelético personaje de carne trémula y uñas violáceas que regentaba aquel bloque. Me planteé ensuciarme las manos -estaba en la ruina- con tal de evitar pensar siquiera en la otra salida, y no hice nada que no turbase mi conciencia, algo que me sorprendió viniendo de alguien con un aspecto como él -quizás ése fuese mi problema-. Se notaba que llevaba toda su vida muerto y que comprendía mi situación. Entonces, me ofreció el piso con la condición de que le prestase algunos servicios en el bloque y que no tocase a las chicas. Tío, me decía él, eres inteligente. Cuando salgas de aquí te va a ir bien. Mala suerte, ¿Eh? Allí me limité a ganarme la vida poco a poco, incluso llegué a recuperar mi trabajo en el metro, algo que me alejó de la máquina. Pero para entonces, había terminado un nuevo cuento que me disponía a enviar, ‘Otoño’.
En cuanto entré por primera vez en el piso, Mar comenzó a reírse y Elena se le tiró encima, dio un golpe con el índice a la colilla que aún sujetaba y la tiró a la alfombra. En ése momento recuerdo que di un respingo y el corazón una sacudida. A Mar le botaba el pelo azabache sobre los delicados hombros desnudos que se salían del cuello casi inexistente de una camiseta ancha, oscura, cortada por ella misma. El espacio se deslizaba por la suntuosa clavícula hacia sus pechos, poco prominentes pero delicados y armoniosos. Acogían la lluvia del cuello entre su canal discreto como si la cara fuese un manantial y la garganta agua,  una marea para los dedos. Tenía el cabello recogido y despeinado. Levantó los brazos y agarró las manos de Elena entrecruzando los dedos. La fuerza se le reflejaba en los músculos de los brazos como el tallo de una pálida dama de noche, laceniza y a la vez las ascuas que refulgían entre el tejido de la alfombra. La coleta tan sólo le recogía el pelo que le caía sobre la espalda. El resto se hallaba bailando y mezclándose como el agua bajo la brava cascada. Dio un empujón y abrió un poco la boca, aliviada; Elena se había separado y Mar volvía a la carga con la rendija de sus labios exhibiendo los dientes inmaculados, oscurecidos por el cobijo de su pequeña lengua. Levantó la barbilla y allí estaba, saltando sobre La Otra con la elipse de su cuello y su barbilla anunciando el alba de los ojos, que se abrían sobre la montaña vacía; eran verde oscuro, separados por una nariz irregular, magnífica, una pendiente que terminaba en una decorosa punta suave, entrañable redondez eufórica y calmada. Abrió aún más los ojos y las pestañas casi rozaron las cejas. Sacó la lengua por la comisura de sus labios y la mordió. Me destrozó. Alrededor de la pupila bailaban una serie de diminutas líneas contiguas formando una especie de iris interior que clareaba como la hierba en verano. El resto de la cara era una historia de ternura blanca y elíptica. Era una sirena de metro cincuenta y cinco. Cantaba con los ojos y las manos de margarita. Acaso miré un segundo a Elena. Era distinta. Piel oscura y pelo rizado, los ojos grandes, también bonitos, de un adorable color avellana. Nunca serían mías.
La máquina emitió el último chasquido y coloqué la hoja con el nombre del cuento en el centro sobre las demás. Mi escritorio se situaba en la parte oriental de la vivienda. Me levantaba temprano y el sol enmascaraba el mundo con el azur e iluminaba la puerta a la nada. Acabando sobre las nueve, sonó el teléfono en el salón, un trasto amarillento y viejo, y Mar se levantó de la cama a cogerlo. ¿Sí? Estaba aún dormida. Me apoyé sobre el respaldo de la silla y guardé silencio. Colgó el teléfono sin despedirse; aún se oía hablar al otro lado una voz femenina y débil. Se apercibió de que me hallaba en mi habitación y adelantó los pasos hacia mí, cabizbaja, se detuvo frente a la silla y me abrazó, apoyando la cabeza en mi cuello. Mi hermana ha muerto. Le acaricié el pelo y lo único que se me ocurrió fue Lo siento mucho, para lo que comenzó a llorar en silencio. Ni siquiera sabía que tenía hermana, pero deduje que preferiría no hablar del tema dadas las circunstancias que la obligaban a refugiarse en un suburbio pútrido y detestable. Elena salió, ojeó el salon y  nos vio en el cuarto. Arqueó las cejas intrigada, ¿Qué...? y apunté a Mar con la mirada, a lo que Elena respondió llevándose las manos a la boca y arremolinándose en torno a la niña. ...Tengo que irme a trabajar. Ya estaba vestida. Ella SÍ que trabajaba de camarera, en un café donde iban personas y servían tartas de manzana del día que esas personas podían permitirse. La sacaré a dar una vuelta.
Efectivamente la saqué y subimos a El Centro. Aunque mi experiencia no era exorbitante sabía que a una niña como era, porque no era aún mayor de edad ni tampoco excesivamente madura -algo de lo que se ocupó el consecuente instinto de Elena- a pesar de las circunstancias, un helado terminaría animándola de una forma u otra si insistía con bufonesco cariño en que se lo terminase -era demasiado idílico pero efectivo. Oye, muchas gracias. Tenía los ojos hinchados de contener las lágrimas y la nariz completamente congestionada. Se pasó un pañuelo sobre el labio y se echó los puños a la boca. Anda, bichejo, acábate eso. Mi carácter se había vuelto más agrio, rancio. Veía mi piso desde la heladería. Ella me miró fijamente y un mechón negro se desprendió y le fue a caer sobre la mitad derecha de la cara, hinchó los mofletes con un mohín cariñoso y abrió bien los ojos. Le sonreí. ¿Por qué no te afeitas? Me recomendó con una suave y mimosa voz. Se me vería la cara, respondí. Creyó que había hecho explotar una burbuja interna en mí y se sintió aún peor. No tengo tiempo. Se relajó y le saqué la lengua. Dejó el helado y terminamos emborrachándonos en un bar que recuerdo ahora como la viva imagen del cuadro de Hooper ‘Los Noctámbulos’, pero sin fracs ni sombreros, ni camareras con cofias blancas, impolutas.
Ésa noche volvimos en silencio a nuestro magnánimo hotel blanco. Margtuvo la mala suerte de partirse los tacones de cristal. Buenas noches, señor, buenas noches, señorita, ¡Soy su señora! Respondió ella, a lo que yo me sentí eternamente halagado. El botones dibujó una amplia sonrisa y se inclinó, e incluso dijo algo en francés -¡Elegancia!- Subimos a la habitación y tiré la cazadora en el sofá. ¡Buenas noches, señorita...! Adelanté un pie y detuve mi caída. Señora, y se llevó la mano a la frente, sonrió y se volvió a su cuarto. Me tiré en mi cama. Elena aún no había llegado.
Cinco minutos más tarde, flotando en el vientre del sueño, advertí que la cama se hundía un poco a un lado y que alguien me envolvía el cuello con los brazos. Somnoliento en la duermevela reconocí la piel y el olor de Mar, y, sin ser aún consciente de lo que hacía -de lo contrario la habría despachado inmediatamente- terminé por reconocer sus labios y ella presentármelos a mí. Dos pasos en le parqué viejo bastaron para hacerme vomitar le corazón. Allí estaba él, plantado en mitad de la puerta con su gorra roja y sus muñecas temblorosas. ¡Tú! ¡Te dije que no las tocaras! Completamente ebrio lo tiré a un lado, asalté la puerta y la cerré detrás de mí. Pude ver por la efímera rendija a Elena en el cuarto contiguo vistiéndose y a Mar absolutamente atónita. Luego pude escuchar sus gritos y lamentos, las súplicas de Elena y los golpes secos, los gemidos mudos, la vida huyendo entre las rendijas de los tablones del suelo y los cristales rotos de las ventanas.
Hace tres días me comunicaron que había ganado el primer premio de la revista por ‘Otoño’ y que querían conocer mi historia, la del autodidacta borracho y torturado de cuarenta y tantos años... Me trasladé a un albergue y mi máquina se esfumó -entre los dedos de algún honesto empleado. Esta mañana grabaron todo lo que querían. Y ahora aquí estoy, cansado del mundo pero feliz y realizado, completamente INDEFENSO ante la vida y la gente; porque ésta me ha desarmado de mi propia voluntad, pero espero vivir muchos años y... No he parado de vulnerarme desde esta mañana con este cúmulo de porquería delante de la cámara, la papilla emotiva propia de un octogenario. A fin de cuentas, este lugar está cerca del suburbio del que huí como una rata hace nada menos que cuatro días, y él vendrá a buscarme, y estaré aquí, y Mar estará allí. Quizás lo haga más por mí que por ella, por deshacerme de la pócima de moscas y ajenjo que me derrama la culpa. Sea lo que sea, volveré a por ella, aunque sea para perderla otra vez si alguna vez la tuve. Un día dejaré de quererla, lo sé.
La Luna se levanta y tira la escalera para permanecer impertérrita al otro lado de la ventana de la habitación. Mi imagen condenada saldrá mañana en la televisión y mi asesino estará allí para verla, finalmente será el leñador. Estoy más seguro en la calle,  La Ciudad lo dice, que es una mesa con una pata rota. Nada vive aquí que no resbale y termine roto, en el suelo. Se me cayó la sopa, me mojó el diario y los zapatos.

viernes, 2 de marzo de 2012

5 - Cáncer

Es rumana. Es muy guapa, no parece rumana. Oye, rumana, ¿Qué tal? ¿Qué hacías? ¿Lo que hacen las rumanas, eh? Los dos policías rieron. Anda, calla, que creo que tiene frío. Cogió la chupa barata de cuero negro y se la alcanzó metiéndola entre los barrotes de la angosta celda. ¿Y la familia? Preguntó el que estaba sentado detrás del escritorio gris. Giró la cabeza mientras dejaba descansar su brazo en la reja horizontal, esperando a que la prostituta lo cogiese. No tiene. La chica lo agarró y se dejó caer de nuevo sobre el camastro con la barbilla clavada en el pecho. Se echó por encima la prenda. Poseía una elegancia humilde, una niñez perturbadora entre los mechones dorados que se le descolgaban de la coleta, a la deriva de sus ojos. La luna entraba por una pequeña ventanilla detrás de ella y reflejaba en el plástico impermeable de la chupa una luz blanquecina, pura, y la dejaba en el lugar de una pequeña princesa con un tacón roto y el pelo sucio, lejos del castillo ceniciento de su padre el zar. ¿Te has fijado? Está blanca. Oye, ¿Tienes hambre? El agente que estaba sentado se alzó un poco de la silla y le alcanzó la mitad de un emparedado. Inspiraba lástima, la misma que inspiraría una niña perdida en un centro comercial. Negó con la cabeza. Los agentes se miraron. Ambos estaban algo perdidos. Oye, chica, perdona por lo de antes. ¿Tienes dónde dormir? Ella no contestó. No, no tiene. El hombre en pie se llevó las manos a la cintura y miró al compañero. Niña, aquí cerca hay un motelito asqueroso, pero tiene camas. Se desayuna bien. Dibujó una sonrisa discreta. Te vamos a dar un poco de dinero y te vas a marchar. Oye, le susurró de inmediato, ¿Qué cojones estamos haciendo? Habla bien, habla bien, que es una chiquilla y mírala, ¿La ves? Sí, la veo, pero ya sabes. Pasa, chico, y le alcanzó tres billetes que a ojo correspondían de sobra la suma por una habitación en el motel 'd'or' y unas monedas. Tendría para el desayuno y quizás para otra noche más allí si lo apuraba. La chica se echó hacia atrás y rehusó del dinero, presionando las verjas para que las cerrasen. No lo hagas más difícil. Pasa, ¿No ves que no quiere? No seas rata, que no es dinero. Venga, que tienes suerte, que hoy te largas de aquí, pero otra vez no creas que vas a tener la misma suerte. Échate atrás. Pablo. Dime, respondió jadeante. Está tela de pálida. La chica había ido apagándose en aquella lucha infantil por la modestia y había dejado caer su mano de porcelana sobre el cabecero de la cama. Permanecía echada en ella con la mitad del cuerpo fuera.
Oye, qué le pasa. Está fría. Pocos segundos después de que le depositara el reverso de la mano en la mejilla, la chica devolvió en el suelo de la comisaría. ¿Ha bebido? No, nada, llama a una ambulancia, anda. ¿Éso es sangre? Sí, joder, llama a una ambulancia ahora mismo.

miércoles, 29 de febrero de 2012

4 - Cadáver

Apostó, creía, ocho a uno. Había dejado una cantidad y caído en un porcentaje. Miró alrededor y se sintió vulnerable y vacío; estaba solo. Una mancha de alquitrán en el suelo de linóleo ajedrezado. Nada de la luz arrebolada, sólo una niebla compuesta por el murmuro elevado del gentío y la ignorancia entre las pocas almas que lo componían. Iban, venían, esperaban y miraban los televisores del techo que retransmitían la carrera y publicaban los puestos. Alguno de ellos disimulaba el fracaso: Tenían práctica a la hora de camuflar la pérdida, pues les costaba menos evitar observar su alrededor para comprobar si alguien había advertido, por casualidad o no, el momento en el que fruncían el ceño por un instante. Se retiraban y no apartaban los ojos de la puerta de salida. Se daban una vuelta por allí y se marchaban. Desde dentro solía escucharse la bocina del coche de algún perdedor pitando una vez tras otra con furia. El coche cruzaba y no se volvía a ver hasta el día siguiente, o, si era miércoles, hasta el viernes. No sabía muy bien si era por sentirse mal consigo mismos o por creerse incomprendidos, gente con suerte que había caído en una mala jugada. Los había quienes llegaban con libretas, notas y que apostaban según sus propias reglas. Ninguno iba mejor vestido que otro, pero desde luego llevaban su mejor atuendo. Perdían lo mismo que el resto. Si se apuesta siempre al mismo número, alguna vez acabarás ganando. Pero ellos eran auténticos expertos, se las arreglaban siempre para perder lo máximo posible. Oye, ¿Tienes fuego? Preguntó alguien a su espalda. Dijo que no fumaba. Mentira, tienes unos dientes horribles. Se dio la vuelta sorprendido. Ni siquiera lo había mirado a la cara, olvidando el hecho de su obsesión por el aspecto. Desde luego, su vanidad le pudo y esgrimió antes su primera respuesta que cualquier muestra de sorpresa ¿Lo ves? Horribles. Oiga, ¿Qué está diciendo? Dientes de rata tienes. De rata. Una rata gorda y gris, pálida como un cadáver. Te crees de oro, ¿Verdad? Pues no eres más de oro que una de mis muelas, que están ya que parecen una mina de carbón amarillo detrás de otra. Ni relucen. ¿Qué demonios quiere? ¿Dinero? ¿Se ha arruinado en alguna apuesta? No lo dudo, no hay más que verle para darse cuenta de que es un completo fracasado en todo lo que hace. ¡Seguridad! Interrumpió el viejo que le atacaba. ¡Venga aquí! Un hombre de uniforme azul vaciló un poco y terminó acercándose, escudriñando la escena con escepticismo. Un anciano con un chándal azul y encapuchado, de largas barbas grises, de baja estatura, plantaba cara a un joven de metro noventa encajado en un atavío de lo más distinguido; cuando llegó el uniformado, el anciano le desencajó la mandíbula de un puñetazo a aquél joven tan elegante del traje marrón. Soltó un alarido y el guardia se quedó atónito. Antes de que respondiese, el viejo le susurró al muchacho, quien estaba arrodillado y con las manos sujetándose el mentón: Ahora vamos a ir a ver a tu amiga a la comisaría, y el guarda agarró al viejo y levantó al otro. ¡Me ha partido el labio! El mendigo lo gritaba sin dejar de enseñar sus dedos cubiertos de sangre. Se había sacado sin mucha dificultad un empaste y ahora sangraba. El joven no podía decir nada. El hipódromo celebró y se lamentó en silencio.

jueves, 23 de febrero de 2012

3 - El otro

No puedo dejar de pensar en ti, y estuvo a punto de sacarle el dedo al otro lado de la pantalla. Aunque fuese delante de un ordenador, habría supuesto perderle un poco el respeto, y no quería hacerlo aunque sólo se hubiese visto a sí mismo. Quizás el problema era ése, que no sabía qué hacer exactamente. Ni yo. Cerró la conversación sin despedirse y apagó el monitor. Diré que se me ha apagado. Sólo entonces se dio cuenta del agradable efecto del sol de la tarde temprana que le acariciaba la cara; retiró la silla y se levantó del escritorio. Recogió 'Mémoires d'outre-tombe' y lo puso en la estantería izquierda frente a la mesa, junto a la de los clásicos contemporáneos que cerraba la pared del cuarto apoyándose en el marco de ébano de una enorme cristalera. El escritorio se encontraba paralela a ella, para que hiciese las veces de un majestuoso mirador con vistas a la avenida y, al terminar esta por la derecha, al parque que disfrazaba las cochambrosas, desnudas viviendas enrojecidas de un suburbio. Éso sí, conseguía utilizar el engranaje corroído de los barrios bajos para crear un exótico contraste con la naturaleza controlada del parque, como un jaula alborotada de árboles y luz arrebolada encajada en el marco derecho de una peana roja amurallada por ladrillos viejos: La herencia descontrolada de la vida limitada por la geométrica ascendencia humana. A sus ojos, desde el ático de la torre con nombre de compositor, todo parecía el esbozo de un visionario. Allí, en el cuarto de mármol y pintura crema en las paredes, brillaba naranja la tarde, serena; chicha. Se apagaba con unos segundos mudos y estancos. La televisión, justo al lado de la puerta, anunciaba las noticias con pausa. El pasillo lo llamaba por su nombre y lo invitaba a respirar un poco de realidad turbada y nauseabunda. Tomó el pasillo, salió y cogió el ascensor. En un minuto y medio ya se había despedido del recepcionista y había salido a la calle. Se recolocó la chaqueta y una mano débil se dejó caer en su hombro. Oye, ¿Por qué no me has avisado de que te ibas? Era Sara. Los servicios son los servicios. Te dije que si querías coger algo de la nevera, lo cogieses, y que después te marchases. Quería desayunar contigo. Paseaban los coches y las gentes como disparados, a modo de pulso, desde el corazón arrítmico de la ciudad. ¿Conmigo? Te he dicho que ya está bien, ¿no? ¿Pero qué más te da? Lo pago yo, si acaso. ¿Con mi dinero? Y ella se quedó callada. No es tu dinero, ahora es el mío y quiero compartirlo. Bueno, quieres compartir mi dinero conmigo. Llámalo así. Pues yo no quiero, vete. Dejó caer la mano, que resbaló por su chaqueta y se perdió con su cintura. Se marchó por la derecha y se perdió entre el gentío. Aún distinguía los tacones, y cuando miró de reojo serpenteaba algún mechón rubio, blanquecino, desprendido de la cola de caballo que recogía su pelo, botando sobre sus humildes hombros. Caminaba a duras penas cabizbaja, y conseguía diferenciarla gracias al reflejo del abrigo de cuero de mercadillo, si puede llamarse cuero, prácticamente plástico, que llevaba encima. Las ondas del pelo se columpiaban desde su espalda hasta su pecho, y volvían atrás. Se obligó a dejar de mirar. Era una puta cara.
Terriblemente estúpida, sumamente simple. O quizás estuviese de verdad enamorada. Pero no. Él quería pensar que no era así. Alzó la mano y llamó a un taxi sin pensarlo. Al hipódromo -mismo-. Por el camino, trató de pensar en los caballos.

miércoles, 22 de febrero de 2012

2 - La Vida

Fue lo último que se escuchó antes de que se relajasen en el rumor de sus voces. Casi tomaba similitud con una escena particularmente familiar, violentamente pintoresca. Estaban demasiado pegados y a la vez furibundos como para que alguna intimidad común no pusiese en juego algo que, a pesar del alcohol, le impidiese al que zarandeaba a Héctor que salvase el muro del tejado y lo lanzase a la calle por la misma motivación por la que discutían. Desaparecieron con alguna palabra entre los labios como una figura de alquitrán fundiéndose sobre las líneas horizontales de la azotea; el viejo hizo mutis hacia el siguiente recodo del parque con los hombros encogidos. Doblando la esquina, resonó con más claridad la voz del profeta ¡Es por ti! Sonó un portazo en el piso y una figura con la espalda tostada por la luz del portal saltó desde el primer escalón hasta la acera, se dio la vuelta y lanzó el maletín marrón que sujetaba contra los peldaños. Rodó una lata de atún y salió disparada una barra de pan liada en una bolsa de plástico; el viejo desvió por un instante la atención hacia la comida y soltó una inaudible carcajada. Por Dios, ¿De qué va? Interrumpió el tal Héctor ¡Si es por mí, hazme el favor de quedártelo, a ver si me muero de hambre y de frío! Era mediados de marzo. ¡Voy a coger tus cosas pero para que subas y te quedes conmigo! ¿Para que me llames melodramático otra vez más? ¿Que lloro porque sí? ¿Para que vuelvas a cuestionarme por tus convenciones? ¡Eres un prepotente, un pobre hombre! El del portal trataba de intercalar algún ''pero''. ¡...un pobre hombre triste que tiene que demostrar que es mejor que los demás! ¡Lo siento! Sentenció aquél tipo en bata. El viejo murmuraba completamente perplejo. Casi esperaba que se corriese un telón y que finalizase la representación con los dos personajes inclinándose sonrientes frente al público. Pero no. El tío del maletín se marchó, con las voces clavándosee en la espalda, atravesando la chupa de cuero marrón dos tallas mayor de lo que debía y atizándole en la médula, dando lugar a unos discretos respingos y al reflejo en su cara de un par de respuestas que no se atrevió del todo a lanzar para defenderse, caminando entre la lástima y el escarmiento que la costumbre le habría proporcionado para salir airoso de las lidias con el tío de la bata azul, el de la grave voz de locutor, serena, profunda, y en esta ocasión, terriblemente desesperada. Y era la ciudad y aún le sorprendía. Violencia, enfermedades, cáncer, accidentes, y todo seguía igual. Era como una mesa enorme con una pata rota. Ofrecía una llevadera sensación de estabilidad, pero todo se iba resabalando poco a poco y casi imperceptiblemente. Allí tampoco vivía nadie, porque la vida también se resbalaba y terminaba estallando contra el suelo. El asfalto húmedo, los coches amarillos, azules, negros, y la gente alegre, la gente triste, la gente. Cada seguno pendía de un año, y todo se iba resbalando desde que uno salía de su casa, que también se deslizaba por la superficie, hasta que llegaba. Su casa se habría desplazado unos centímetros desde su posición inicial, que tampoco fue fija en su momento. ¿Dónde está la espátula con el cemento? Seguro que se quedó atrás más de una vez y tuvieron que correr para cogerla y devolverla a los cimientos. Gotas de lluvia, sin duda, sobre un impermeable amarillo, como el de la niña pelirroja que salta sobre el charco junto a la boca de incendios. Salta y se empapa, pero sin calarse. Resbalan a saltos las gotas de agua. Dejan un pequeño reguero y termina descolgándose también de las costuras del chubasquero. Así somos, pensó el anciano. Nunca estamos seguros, siempre nos caemos, desde que apoyamos la sopa en la mesa. No había nada real y longevo, todo acababa oscuro y deformado, astillado y nauseabundo, hasta que caía de la mesa. El del portal bajó la mano y se quedó mudo. El viejo sonrió. Estos dos son maricones. Poco después el de la bata rompió a llorar. Un tambor mudo redobló en el silencio y, por fin, se corrió el telón, rojo, aterciopelado, como de costumbre. El viejo pasó de aplaudir y volvió a poner mala cara. Luego, se marchó.

lunes, 20 de febrero de 2012

1 - Revelación

Cada noche, a excepción de los domingos en los que el último habría llegado a la una, se abría paso entre la oscuridad sobre las tres de la mañana, haciendo restallar entre las columnas paralelas a las vías los focos de luz de cada una de las siete ventanas de cada vagón. Explotaban y volvían a aparecer entre los pilares de cemento como fuegos fatuos.

La cubierta trasera del tercer vagón acababa de perderse en el túnel y sus luces aún centelleaban tras los párpados del anciano que dormía habitualmente allí, frente a una discreta puerta de servicio. Conseguía guiarse según el horario de los trenes que llegaban y se iban; durante la noche sólo conseguía descansar dos ó tres horas. El último tren llegaba a las tres, y el primero llegaba a las ocho de la mañana. El de las tres abría sus puertas, se deslizaban a los lados con brusco cuidado y derramaban una docena de pisadas sobre la plataforma de metal que separaba el mármol blanco de la estación del carril. Se iban deformando y convirtiendo en tacones, mocasines, deportivas o botas, subían las escaleras y se descubrían nerviosas, melancólicas, altivas o ebrias y su eco se perdía por los pasillos.
¿Cuánto tiempo llevas viviendo aquí? El anciano se quedó mudo. Dos años. ¿Y es un buen sitio? Llevo aquí dos años. No, no es buen sitio. El joven se calló. En fin, ¿Para qué has venido? Porque seguro que me has seguido. No te he seguido, sólo venía a la estación a ver dónde podía quedarme. No me vengas con ésas, niño, que cualquiera con dos dedos de frente sabe que a la mínima que se encuentren unos cuantos de borrachos o niñatos retrasados contgio ya estás molido. Si no te matan. Volvió a enmudecer. Qué quieres, dilo. Llevo un mes en la calle, y me gustaría quedarme con usted. Llevo viéndolo un tiempo, desde antes de verme aquí en medio, y lo veo resuelto pero solo. Tengo un billete por aquí, y no tendría problema en compartirlo con usted.
Mira, chaval, no sigas por ahí; ni contigo me iba a sentir acompañado ni tampoco quiero tu caridad, porque caridad, no es. ¿Cuánto te han costado los zapatos esos que llevas? Seguro que el doble que todo lo que llevo puesto. Tú eres otro enfermo que hace lo que estás haciendo. No voy a comértela, ¿es lo que quieres? Te la voy a arrancar, chavalín, ¿Eh? El viejo se introdujo la mano en el bolsillo de la sudadera y marcó la punta de lo que parecía ser un cuchillo en la tela de la prenda. Mira, enano asqueroso, el otro día hizo algún desgraciado lo que tú quieres hacer con el muerto de hambre que dormía debajo de la escalera. Y me lo contó, ¿me entiendes? El chico, que estaba agachado cuando comenzó a hablar con el anciano, cayó de espaldas al suelo y retrocedió unos pasos para intentar ponerse en pie. ¿Te vas? Estás loco, viejo, enfermo. Cuando cerró la boca ya había echado a correr. El viejo sacó del bolsillo una astilla de madera del tamaño del pulgar, prácticamente roma, le sonrió y volvió a guardársela. Se paseó la mano por la barba blanca como después de haber acariciado algo áspero y desagradable. Con un ceño fino acompañó a su nariz aguda y lo frunció perdiendo la vista en la estación, detrás del desquiciado cuyos pasos aún se oían salpicando los pasillos.
Esa noche no durmió allí. Tompoco las dos siguientes. Antes de marcharse recogió el billete de aquel tipo del suelo con la punta de las uñas para luego guardárselo en la sudadera. Qué asco, replicó. Cruzó la estación y abordó rápido las escaleras, saludó con un mohín desagradable a la prostituta que frecuentaba la estación tras el último tren y se plantó en mitad de la calle antes de que se hubiese dado cuenta. Le cegaban las luces de la noche. A la derecha se encontraba el parque; sus viejas verjas parecían alabardas, lianas de la noche, hilos negros de tinta que se derramaban desde el cosmos, oculto tras una sucia luz amarilla. La siguió hasta tropezar con una farola ciega y solitara que le impedía reconocer alguna estrella.
Joder. Frente al parque de muros interminables vacilaba la luz de la ventana de la primera planta de un bloque de viviendas. La parte trasera daba a la callejuela donde estaba él.
Durante el día veía lo mismo, con los ornamentos de la luz y la gente. Ahora estaban ambos dormidos y la novedad era la noche, bajo la que no dormía desde hacía un año y medio. Se descubrió sonriendo ante un escaparate y se aupó la maleta de un brinco.
Madre mía, vaya basura. Un hombre sumido en un baile frenético intentaba demostrar la sujección de unas mochilas de teletienda.
Miraba a todas partes buscando cobijo en los callejones a los que se había terminado acostumbrando, intentando dar con algún techo, un rincón sombrío. Sonrió decepcionado y mascullaba, quejándose de que se había vuelto un caprichoso. Dobló la esquina hacia la derecha del parque y abandonó la luz del metro.
Advirtió que estaba algo distante de sí mismo. Había convivido con su respiración y sus blasfemias, los insultos a los cartones y su crujido impávido.
La autopista estaba lejos, éso lo sabía, pero su letanía constante le impedía escucharse a sí mismo; le invadía la cabeza una súbita soledad y pasó a sentirse patético y deshecho; se miró los guantes de cerca, a través de los cuales se veía la yema de los dedos y terminó por retirarlos de su vista, avergonzado.
Un cristal estalló a unos metros en mitad de la calzada y el anciano se alojó sobresaltado de un brinco bajo el toldo de una pescadería. Reconoció el color marrón del vidrio de una botella de cerveza.
¡Dios una superstición! ¡Dilo, Héctor! El viejo salió de la acera, se inclinó hacia atrás y miró al tejado del piso junto al que estaba caminando para intentar ver de dónde provenía la pendencia desde la cual supuso que llegaba en volandas la botella.
Alcanzaba a distinguir dos sombras meneándose sobre la cornisa de la azotea ¡Dios es una superstición! La pescadería presumía de su fluorescencia esparciendo desde el escaparate su espectro de luz un metro más allá del toldo, donde se diluía en la penumbra del asfalto. Allí, el anciano huía de la luz con la mano abierta entre su cara y la cristalera, intentando no cegarse aún más.
¡Más alto! Y el tal Héctor lo repetía con una aterrada voz jadeante: ¡Dios es una superstición!