miércoles, 29 de febrero de 2012

4 - Cadáver

Apostó, creía, ocho a uno. Había dejado una cantidad y caído en un porcentaje. Miró alrededor y se sintió vulnerable y vacío; estaba solo. Una mancha de alquitrán en el suelo de linóleo ajedrezado. Nada de la luz arrebolada, sólo una niebla compuesta por el murmuro elevado del gentío y la ignorancia entre las pocas almas que lo componían. Iban, venían, esperaban y miraban los televisores del techo que retransmitían la carrera y publicaban los puestos. Alguno de ellos disimulaba el fracaso: Tenían práctica a la hora de camuflar la pérdida, pues les costaba menos evitar observar su alrededor para comprobar si alguien había advertido, por casualidad o no, el momento en el que fruncían el ceño por un instante. Se retiraban y no apartaban los ojos de la puerta de salida. Se daban una vuelta por allí y se marchaban. Desde dentro solía escucharse la bocina del coche de algún perdedor pitando una vez tras otra con furia. El coche cruzaba y no se volvía a ver hasta el día siguiente, o, si era miércoles, hasta el viernes. No sabía muy bien si era por sentirse mal consigo mismos o por creerse incomprendidos, gente con suerte que había caído en una mala jugada. Los había quienes llegaban con libretas, notas y que apostaban según sus propias reglas. Ninguno iba mejor vestido que otro, pero desde luego llevaban su mejor atuendo. Perdían lo mismo que el resto. Si se apuesta siempre al mismo número, alguna vez acabarás ganando. Pero ellos eran auténticos expertos, se las arreglaban siempre para perder lo máximo posible. Oye, ¿Tienes fuego? Preguntó alguien a su espalda. Dijo que no fumaba. Mentira, tienes unos dientes horribles. Se dio la vuelta sorprendido. Ni siquiera lo había mirado a la cara, olvidando el hecho de su obsesión por el aspecto. Desde luego, su vanidad le pudo y esgrimió antes su primera respuesta que cualquier muestra de sorpresa ¿Lo ves? Horribles. Oiga, ¿Qué está diciendo? Dientes de rata tienes. De rata. Una rata gorda y gris, pálida como un cadáver. Te crees de oro, ¿Verdad? Pues no eres más de oro que una de mis muelas, que están ya que parecen una mina de carbón amarillo detrás de otra. Ni relucen. ¿Qué demonios quiere? ¿Dinero? ¿Se ha arruinado en alguna apuesta? No lo dudo, no hay más que verle para darse cuenta de que es un completo fracasado en todo lo que hace. ¡Seguridad! Interrumpió el viejo que le atacaba. ¡Venga aquí! Un hombre de uniforme azul vaciló un poco y terminó acercándose, escudriñando la escena con escepticismo. Un anciano con un chándal azul y encapuchado, de largas barbas grises, de baja estatura, plantaba cara a un joven de metro noventa encajado en un atavío de lo más distinguido; cuando llegó el uniformado, el anciano le desencajó la mandíbula de un puñetazo a aquél joven tan elegante del traje marrón. Soltó un alarido y el guardia se quedó atónito. Antes de que respondiese, el viejo le susurró al muchacho, quien estaba arrodillado y con las manos sujetándose el mentón: Ahora vamos a ir a ver a tu amiga a la comisaría, y el guarda agarró al viejo y levantó al otro. ¡Me ha partido el labio! El mendigo lo gritaba sin dejar de enseñar sus dedos cubiertos de sangre. Se había sacado sin mucha dificultad un empaste y ahora sangraba. El joven no podía decir nada. El hipódromo celebró y se lamentó en silencio.

jueves, 23 de febrero de 2012

3 - El otro

No puedo dejar de pensar en ti, y estuvo a punto de sacarle el dedo al otro lado de la pantalla. Aunque fuese delante de un ordenador, habría supuesto perderle un poco el respeto, y no quería hacerlo aunque sólo se hubiese visto a sí mismo. Quizás el problema era ése, que no sabía qué hacer exactamente. Ni yo. Cerró la conversación sin despedirse y apagó el monitor. Diré que se me ha apagado. Sólo entonces se dio cuenta del agradable efecto del sol de la tarde temprana que le acariciaba la cara; retiró la silla y se levantó del escritorio. Recogió 'Mémoires d'outre-tombe' y lo puso en la estantería izquierda frente a la mesa, junto a la de los clásicos contemporáneos que cerraba la pared del cuarto apoyándose en el marco de ébano de una enorme cristalera. El escritorio se encontraba paralela a ella, para que hiciese las veces de un majestuoso mirador con vistas a la avenida y, al terminar esta por la derecha, al parque que disfrazaba las cochambrosas, desnudas viviendas enrojecidas de un suburbio. Éso sí, conseguía utilizar el engranaje corroído de los barrios bajos para crear un exótico contraste con la naturaleza controlada del parque, como un jaula alborotada de árboles y luz arrebolada encajada en el marco derecho de una peana roja amurallada por ladrillos viejos: La herencia descontrolada de la vida limitada por la geométrica ascendencia humana. A sus ojos, desde el ático de la torre con nombre de compositor, todo parecía el esbozo de un visionario. Allí, en el cuarto de mármol y pintura crema en las paredes, brillaba naranja la tarde, serena; chicha. Se apagaba con unos segundos mudos y estancos. La televisión, justo al lado de la puerta, anunciaba las noticias con pausa. El pasillo lo llamaba por su nombre y lo invitaba a respirar un poco de realidad turbada y nauseabunda. Tomó el pasillo, salió y cogió el ascensor. En un minuto y medio ya se había despedido del recepcionista y había salido a la calle. Se recolocó la chaqueta y una mano débil se dejó caer en su hombro. Oye, ¿Por qué no me has avisado de que te ibas? Era Sara. Los servicios son los servicios. Te dije que si querías coger algo de la nevera, lo cogieses, y que después te marchases. Quería desayunar contigo. Paseaban los coches y las gentes como disparados, a modo de pulso, desde el corazón arrítmico de la ciudad. ¿Conmigo? Te he dicho que ya está bien, ¿no? ¿Pero qué más te da? Lo pago yo, si acaso. ¿Con mi dinero? Y ella se quedó callada. No es tu dinero, ahora es el mío y quiero compartirlo. Bueno, quieres compartir mi dinero conmigo. Llámalo así. Pues yo no quiero, vete. Dejó caer la mano, que resbaló por su chaqueta y se perdió con su cintura. Se marchó por la derecha y se perdió entre el gentío. Aún distinguía los tacones, y cuando miró de reojo serpenteaba algún mechón rubio, blanquecino, desprendido de la cola de caballo que recogía su pelo, botando sobre sus humildes hombros. Caminaba a duras penas cabizbaja, y conseguía diferenciarla gracias al reflejo del abrigo de cuero de mercadillo, si puede llamarse cuero, prácticamente plástico, que llevaba encima. Las ondas del pelo se columpiaban desde su espalda hasta su pecho, y volvían atrás. Se obligó a dejar de mirar. Era una puta cara.
Terriblemente estúpida, sumamente simple. O quizás estuviese de verdad enamorada. Pero no. Él quería pensar que no era así. Alzó la mano y llamó a un taxi sin pensarlo. Al hipódromo -mismo-. Por el camino, trató de pensar en los caballos.

miércoles, 22 de febrero de 2012

2 - La Vida

Fue lo último que se escuchó antes de que se relajasen en el rumor de sus voces. Casi tomaba similitud con una escena particularmente familiar, violentamente pintoresca. Estaban demasiado pegados y a la vez furibundos como para que alguna intimidad común no pusiese en juego algo que, a pesar del alcohol, le impidiese al que zarandeaba a Héctor que salvase el muro del tejado y lo lanzase a la calle por la misma motivación por la que discutían. Desaparecieron con alguna palabra entre los labios como una figura de alquitrán fundiéndose sobre las líneas horizontales de la azotea; el viejo hizo mutis hacia el siguiente recodo del parque con los hombros encogidos. Doblando la esquina, resonó con más claridad la voz del profeta ¡Es por ti! Sonó un portazo en el piso y una figura con la espalda tostada por la luz del portal saltó desde el primer escalón hasta la acera, se dio la vuelta y lanzó el maletín marrón que sujetaba contra los peldaños. Rodó una lata de atún y salió disparada una barra de pan liada en una bolsa de plástico; el viejo desvió por un instante la atención hacia la comida y soltó una inaudible carcajada. Por Dios, ¿De qué va? Interrumpió el tal Héctor ¡Si es por mí, hazme el favor de quedártelo, a ver si me muero de hambre y de frío! Era mediados de marzo. ¡Voy a coger tus cosas pero para que subas y te quedes conmigo! ¿Para que me llames melodramático otra vez más? ¿Que lloro porque sí? ¿Para que vuelvas a cuestionarme por tus convenciones? ¡Eres un prepotente, un pobre hombre! El del portal trataba de intercalar algún ''pero''. ¡...un pobre hombre triste que tiene que demostrar que es mejor que los demás! ¡Lo siento! Sentenció aquél tipo en bata. El viejo murmuraba completamente perplejo. Casi esperaba que se corriese un telón y que finalizase la representación con los dos personajes inclinándose sonrientes frente al público. Pero no. El tío del maletín se marchó, con las voces clavándosee en la espalda, atravesando la chupa de cuero marrón dos tallas mayor de lo que debía y atizándole en la médula, dando lugar a unos discretos respingos y al reflejo en su cara de un par de respuestas que no se atrevió del todo a lanzar para defenderse, caminando entre la lástima y el escarmiento que la costumbre le habría proporcionado para salir airoso de las lidias con el tío de la bata azul, el de la grave voz de locutor, serena, profunda, y en esta ocasión, terriblemente desesperada. Y era la ciudad y aún le sorprendía. Violencia, enfermedades, cáncer, accidentes, y todo seguía igual. Era como una mesa enorme con una pata rota. Ofrecía una llevadera sensación de estabilidad, pero todo se iba resabalando poco a poco y casi imperceptiblemente. Allí tampoco vivía nadie, porque la vida también se resbalaba y terminaba estallando contra el suelo. El asfalto húmedo, los coches amarillos, azules, negros, y la gente alegre, la gente triste, la gente. Cada seguno pendía de un año, y todo se iba resbalando desde que uno salía de su casa, que también se deslizaba por la superficie, hasta que llegaba. Su casa se habría desplazado unos centímetros desde su posición inicial, que tampoco fue fija en su momento. ¿Dónde está la espátula con el cemento? Seguro que se quedó atrás más de una vez y tuvieron que correr para cogerla y devolverla a los cimientos. Gotas de lluvia, sin duda, sobre un impermeable amarillo, como el de la niña pelirroja que salta sobre el charco junto a la boca de incendios. Salta y se empapa, pero sin calarse. Resbalan a saltos las gotas de agua. Dejan un pequeño reguero y termina descolgándose también de las costuras del chubasquero. Así somos, pensó el anciano. Nunca estamos seguros, siempre nos caemos, desde que apoyamos la sopa en la mesa. No había nada real y longevo, todo acababa oscuro y deformado, astillado y nauseabundo, hasta que caía de la mesa. El del portal bajó la mano y se quedó mudo. El viejo sonrió. Estos dos son maricones. Poco después el de la bata rompió a llorar. Un tambor mudo redobló en el silencio y, por fin, se corrió el telón, rojo, aterciopelado, como de costumbre. El viejo pasó de aplaudir y volvió a poner mala cara. Luego, se marchó.

lunes, 20 de febrero de 2012

1 - Revelación

Cada noche, a excepción de los domingos en los que el último habría llegado a la una, se abría paso entre la oscuridad sobre las tres de la mañana, haciendo restallar entre las columnas paralelas a las vías los focos de luz de cada una de las siete ventanas de cada vagón. Explotaban y volvían a aparecer entre los pilares de cemento como fuegos fatuos.

La cubierta trasera del tercer vagón acababa de perderse en el túnel y sus luces aún centelleaban tras los párpados del anciano que dormía habitualmente allí, frente a una discreta puerta de servicio. Conseguía guiarse según el horario de los trenes que llegaban y se iban; durante la noche sólo conseguía descansar dos ó tres horas. El último tren llegaba a las tres, y el primero llegaba a las ocho de la mañana. El de las tres abría sus puertas, se deslizaban a los lados con brusco cuidado y derramaban una docena de pisadas sobre la plataforma de metal que separaba el mármol blanco de la estación del carril. Se iban deformando y convirtiendo en tacones, mocasines, deportivas o botas, subían las escaleras y se descubrían nerviosas, melancólicas, altivas o ebrias y su eco se perdía por los pasillos.
¿Cuánto tiempo llevas viviendo aquí? El anciano se quedó mudo. Dos años. ¿Y es un buen sitio? Llevo aquí dos años. No, no es buen sitio. El joven se calló. En fin, ¿Para qué has venido? Porque seguro que me has seguido. No te he seguido, sólo venía a la estación a ver dónde podía quedarme. No me vengas con ésas, niño, que cualquiera con dos dedos de frente sabe que a la mínima que se encuentren unos cuantos de borrachos o niñatos retrasados contgio ya estás molido. Si no te matan. Volvió a enmudecer. Qué quieres, dilo. Llevo un mes en la calle, y me gustaría quedarme con usted. Llevo viéndolo un tiempo, desde antes de verme aquí en medio, y lo veo resuelto pero solo. Tengo un billete por aquí, y no tendría problema en compartirlo con usted.
Mira, chaval, no sigas por ahí; ni contigo me iba a sentir acompañado ni tampoco quiero tu caridad, porque caridad, no es. ¿Cuánto te han costado los zapatos esos que llevas? Seguro que el doble que todo lo que llevo puesto. Tú eres otro enfermo que hace lo que estás haciendo. No voy a comértela, ¿es lo que quieres? Te la voy a arrancar, chavalín, ¿Eh? El viejo se introdujo la mano en el bolsillo de la sudadera y marcó la punta de lo que parecía ser un cuchillo en la tela de la prenda. Mira, enano asqueroso, el otro día hizo algún desgraciado lo que tú quieres hacer con el muerto de hambre que dormía debajo de la escalera. Y me lo contó, ¿me entiendes? El chico, que estaba agachado cuando comenzó a hablar con el anciano, cayó de espaldas al suelo y retrocedió unos pasos para intentar ponerse en pie. ¿Te vas? Estás loco, viejo, enfermo. Cuando cerró la boca ya había echado a correr. El viejo sacó del bolsillo una astilla de madera del tamaño del pulgar, prácticamente roma, le sonrió y volvió a guardársela. Se paseó la mano por la barba blanca como después de haber acariciado algo áspero y desagradable. Con un ceño fino acompañó a su nariz aguda y lo frunció perdiendo la vista en la estación, detrás del desquiciado cuyos pasos aún se oían salpicando los pasillos.
Esa noche no durmió allí. Tompoco las dos siguientes. Antes de marcharse recogió el billete de aquel tipo del suelo con la punta de las uñas para luego guardárselo en la sudadera. Qué asco, replicó. Cruzó la estación y abordó rápido las escaleras, saludó con un mohín desagradable a la prostituta que frecuentaba la estación tras el último tren y se plantó en mitad de la calle antes de que se hubiese dado cuenta. Le cegaban las luces de la noche. A la derecha se encontraba el parque; sus viejas verjas parecían alabardas, lianas de la noche, hilos negros de tinta que se derramaban desde el cosmos, oculto tras una sucia luz amarilla. La siguió hasta tropezar con una farola ciega y solitara que le impedía reconocer alguna estrella.
Joder. Frente al parque de muros interminables vacilaba la luz de la ventana de la primera planta de un bloque de viviendas. La parte trasera daba a la callejuela donde estaba él.
Durante el día veía lo mismo, con los ornamentos de la luz y la gente. Ahora estaban ambos dormidos y la novedad era la noche, bajo la que no dormía desde hacía un año y medio. Se descubrió sonriendo ante un escaparate y se aupó la maleta de un brinco.
Madre mía, vaya basura. Un hombre sumido en un baile frenético intentaba demostrar la sujección de unas mochilas de teletienda.
Miraba a todas partes buscando cobijo en los callejones a los que se había terminado acostumbrando, intentando dar con algún techo, un rincón sombrío. Sonrió decepcionado y mascullaba, quejándose de que se había vuelto un caprichoso. Dobló la esquina hacia la derecha del parque y abandonó la luz del metro.
Advirtió que estaba algo distante de sí mismo. Había convivido con su respiración y sus blasfemias, los insultos a los cartones y su crujido impávido.
La autopista estaba lejos, éso lo sabía, pero su letanía constante le impedía escucharse a sí mismo; le invadía la cabeza una súbita soledad y pasó a sentirse patético y deshecho; se miró los guantes de cerca, a través de los cuales se veía la yema de los dedos y terminó por retirarlos de su vista, avergonzado.
Un cristal estalló a unos metros en mitad de la calzada y el anciano se alojó sobresaltado de un brinco bajo el toldo de una pescadería. Reconoció el color marrón del vidrio de una botella de cerveza.
¡Dios una superstición! ¡Dilo, Héctor! El viejo salió de la acera, se inclinó hacia atrás y miró al tejado del piso junto al que estaba caminando para intentar ver de dónde provenía la pendencia desde la cual supuso que llegaba en volandas la botella.
Alcanzaba a distinguir dos sombras meneándose sobre la cornisa de la azotea ¡Dios es una superstición! La pescadería presumía de su fluorescencia esparciendo desde el escaparate su espectro de luz un metro más allá del toldo, donde se diluía en la penumbra del asfalto. Allí, el anciano huía de la luz con la mano abierta entre su cara y la cristalera, intentando no cegarse aún más.
¡Más alto! Y el tal Héctor lo repetía con una aterrada voz jadeante: ¡Dios es una superstición!