miércoles, 22 de febrero de 2012

2 - La Vida

Fue lo último que se escuchó antes de que se relajasen en el rumor de sus voces. Casi tomaba similitud con una escena particularmente familiar, violentamente pintoresca. Estaban demasiado pegados y a la vez furibundos como para que alguna intimidad común no pusiese en juego algo que, a pesar del alcohol, le impidiese al que zarandeaba a Héctor que salvase el muro del tejado y lo lanzase a la calle por la misma motivación por la que discutían. Desaparecieron con alguna palabra entre los labios como una figura de alquitrán fundiéndose sobre las líneas horizontales de la azotea; el viejo hizo mutis hacia el siguiente recodo del parque con los hombros encogidos. Doblando la esquina, resonó con más claridad la voz del profeta ¡Es por ti! Sonó un portazo en el piso y una figura con la espalda tostada por la luz del portal saltó desde el primer escalón hasta la acera, se dio la vuelta y lanzó el maletín marrón que sujetaba contra los peldaños. Rodó una lata de atún y salió disparada una barra de pan liada en una bolsa de plástico; el viejo desvió por un instante la atención hacia la comida y soltó una inaudible carcajada. Por Dios, ¿De qué va? Interrumpió el tal Héctor ¡Si es por mí, hazme el favor de quedártelo, a ver si me muero de hambre y de frío! Era mediados de marzo. ¡Voy a coger tus cosas pero para que subas y te quedes conmigo! ¿Para que me llames melodramático otra vez más? ¿Que lloro porque sí? ¿Para que vuelvas a cuestionarme por tus convenciones? ¡Eres un prepotente, un pobre hombre! El del portal trataba de intercalar algún ''pero''. ¡...un pobre hombre triste que tiene que demostrar que es mejor que los demás! ¡Lo siento! Sentenció aquél tipo en bata. El viejo murmuraba completamente perplejo. Casi esperaba que se corriese un telón y que finalizase la representación con los dos personajes inclinándose sonrientes frente al público. Pero no. El tío del maletín se marchó, con las voces clavándosee en la espalda, atravesando la chupa de cuero marrón dos tallas mayor de lo que debía y atizándole en la médula, dando lugar a unos discretos respingos y al reflejo en su cara de un par de respuestas que no se atrevió del todo a lanzar para defenderse, caminando entre la lástima y el escarmiento que la costumbre le habría proporcionado para salir airoso de las lidias con el tío de la bata azul, el de la grave voz de locutor, serena, profunda, y en esta ocasión, terriblemente desesperada. Y era la ciudad y aún le sorprendía. Violencia, enfermedades, cáncer, accidentes, y todo seguía igual. Era como una mesa enorme con una pata rota. Ofrecía una llevadera sensación de estabilidad, pero todo se iba resabalando poco a poco y casi imperceptiblemente. Allí tampoco vivía nadie, porque la vida también se resbalaba y terminaba estallando contra el suelo. El asfalto húmedo, los coches amarillos, azules, negros, y la gente alegre, la gente triste, la gente. Cada seguno pendía de un año, y todo se iba resbalando desde que uno salía de su casa, que también se deslizaba por la superficie, hasta que llegaba. Su casa se habría desplazado unos centímetros desde su posición inicial, que tampoco fue fija en su momento. ¿Dónde está la espátula con el cemento? Seguro que se quedó atrás más de una vez y tuvieron que correr para cogerla y devolverla a los cimientos. Gotas de lluvia, sin duda, sobre un impermeable amarillo, como el de la niña pelirroja que salta sobre el charco junto a la boca de incendios. Salta y se empapa, pero sin calarse. Resbalan a saltos las gotas de agua. Dejan un pequeño reguero y termina descolgándose también de las costuras del chubasquero. Así somos, pensó el anciano. Nunca estamos seguros, siempre nos caemos, desde que apoyamos la sopa en la mesa. No había nada real y longevo, todo acababa oscuro y deformado, astillado y nauseabundo, hasta que caía de la mesa. El del portal bajó la mano y se quedó mudo. El viejo sonrió. Estos dos son maricones. Poco después el de la bata rompió a llorar. Un tambor mudo redobló en el silencio y, por fin, se corrió el telón, rojo, aterciopelado, como de costumbre. El viejo pasó de aplaudir y volvió a poner mala cara. Luego, se marchó.