Cada noche, a excepción de los domingos en los que el último habría llegado a la una, se abría paso entre la oscuridad sobre las tres de la mañana, haciendo restallar entre las columnas paralelas a las vías los focos de luz de cada una de las siete ventanas de cada vagón. Explotaban y volvían a aparecer entre los pilares de cemento como fuegos fatuos.
La cubierta trasera del tercer vagón acababa de perderse en el túnel y sus luces aún centelleaban tras los párpados del anciano que dormía habitualmente allí, frente a una discreta puerta de servicio. Conseguía guiarse según el horario de los trenes que llegaban y se iban; durante la noche sólo conseguía descansar dos ó tres horas. El último tren llegaba a las tres, y el primero llegaba a las ocho de la mañana. El de las tres abría sus puertas, se deslizaban a los lados con brusco cuidado y derramaban una docena de pisadas sobre la plataforma de metal que separaba el mármol blanco de la estación del carril. Se iban deformando y convirtiendo en tacones, mocasines, deportivas o botas, subían las escaleras y se descubrían nerviosas, melancólicas, altivas o ebrias y su eco se perdía por los pasillos.
¿Cuánto tiempo llevas viviendo aquí? El anciano se quedó mudo. Dos años. ¿Y es un buen sitio? Llevo aquí dos años. No, no es buen sitio. El joven se calló. En fin, ¿Para qué has venido? Porque seguro que me has seguido. No te he seguido, sólo venía a la estación a ver dónde podía quedarme. No me vengas con ésas, niño, que cualquiera con dos dedos de frente sabe que a la mínima que se encuentren unos cuantos de borrachos o niñatos retrasados contgio ya estás molido. Si no te matan. Volvió a enmudecer. Qué quieres, dilo. Llevo un mes en la calle, y me gustaría quedarme con usted. Llevo viéndolo un tiempo, desde antes de verme aquí en medio, y lo veo resuelto pero solo. Tengo un billete por aquí, y no tendría problema en compartirlo con usted.
Mira, chaval, no sigas por ahí; ni contigo me iba a sentir acompañado ni tampoco quiero tu caridad, porque caridad, no es. ¿Cuánto te han costado los zapatos esos que llevas? Seguro que el doble que todo lo que llevo puesto. Tú eres otro enfermo que hace lo que estás haciendo. No voy a comértela, ¿es lo que quieres? Te la voy a arrancar, chavalín, ¿Eh?
El viejo se introdujo la mano en el bolsillo de la sudadera y marcó la punta de lo que parecía ser un cuchillo en la tela de la prenda. Mira, enano asqueroso, el otro día hizo algún desgraciado lo que tú quieres hacer con el muerto de hambre que dormía debajo de la escalera. Y me lo contó, ¿me entiendes? El chico, que estaba agachado cuando comenzó a hablar con el anciano, cayó de espaldas al suelo y retrocedió unos pasos para intentar ponerse en pie. ¿Te vas? Estás loco, viejo, enfermo. Cuando cerró la boca ya había echado a correr. El viejo sacó del bolsillo una astilla de madera del tamaño del pulgar, prácticamente roma, le sonrió y volvió a guardársela. Se paseó la mano por la barba blanca como después de haber acariciado algo áspero y desagradable. Con un ceño fino acompañó a su nariz aguda y lo frunció perdiendo la vista en la estación, detrás del desquiciado cuyos pasos aún se oían salpicando los pasillos.
Esa noche no durmió allí. Tompoco las dos siguientes. Antes de marcharse recogió el billete de aquel tipo del suelo con la punta de las uñas para luego guardárselo en la sudadera. Qué asco, replicó. Cruzó la estación y abordó rápido las escaleras, saludó con un mohín desagradable a la prostituta que frecuentaba la estación tras el último tren y se plantó en mitad de la calle antes de que se hubiese dado cuenta. Le cegaban las luces de la noche. A la derecha se encontraba el parque; sus viejas verjas parecían alabardas, lianas de la noche, hilos negros de tinta que se derramaban desde el cosmos, oculto tras una sucia luz amarilla. La siguió hasta tropezar con una farola ciega y solitara que le impedía reconocer alguna estrella.
Joder. Frente al parque de muros interminables vacilaba la luz de la ventana de la primera planta de un bloque de viviendas. La parte trasera daba a la callejuela donde estaba él.
Durante el día veía lo mismo, con los ornamentos de la luz y la gente. Ahora estaban ambos dormidos y la novedad era la noche, bajo la que no dormía desde hacía un año y medio. Se descubrió sonriendo ante un escaparate y se aupó la maleta de un brinco.
Madre mía, vaya basura. Un hombre sumido en un baile frenético intentaba demostrar la sujección de unas mochilas de teletienda.
Miraba a todas partes buscando cobijo en los callejones a los que se había terminado acostumbrando, intentando dar con algún techo, un rincón sombrío. Sonrió decepcionado y mascullaba, quejándose de que se había vuelto un caprichoso. Dobló la esquina hacia la derecha del parque y abandonó la luz del metro.
Advirtió que estaba algo distante de sí mismo. Había convivido con su respiración y sus blasfemias, los insultos a los cartones y su crujido impávido.
La autopista estaba lejos, éso lo sabía, pero su letanía constante le impedía escucharse a sí mismo; le invadía la cabeza una súbita soledad y pasó a sentirse patético y deshecho; se miró los guantes de cerca, a través de los cuales se veía la yema de los dedos y terminó por retirarlos de su vista, avergonzado.
Un cristal estalló a unos metros en mitad de la calzada y el anciano se alojó sobresaltado de un brinco bajo el toldo de una pescadería. Reconoció el color marrón del vidrio de una botella de cerveza.
¡Dios una superstición! ¡Dilo, Héctor! El viejo salió de la acera, se inclinó hacia atrás y miró al tejado del piso junto al que estaba caminando para intentar ver de dónde provenía la pendencia desde la cual supuso que llegaba en volandas la botella.
Alcanzaba a distinguir dos sombras meneándose sobre la cornisa de la azotea ¡Dios es una superstición! La pescadería presumía de su fluorescencia esparciendo desde el escaparate su espectro de luz un metro más allá del toldo, donde se diluía en la penumbra del asfalto. Allí, el anciano huía de la luz con la mano abierta entre su cara y la cristalera, intentando no cegarse aún más.
¡Más alto! Y el tal Héctor lo repetía con una aterrada voz jadeante: ¡Dios es una superstición!
