jueves, 23 de febrero de 2012
3 - El otro
No puedo dejar de pensar en ti, y estuvo a punto de sacarle el dedo al otro lado de la pantalla. Aunque fuese delante de un ordenador, habría supuesto perderle un poco el respeto, y no quería hacerlo aunque sólo se hubiese visto a sí mismo. Quizás el problema era ése, que no sabía qué hacer exactamente.
Ni yo. Cerró la conversación sin despedirse y apagó el monitor. Diré que se me ha apagado. Sólo entonces se dio cuenta del agradable efecto del sol de la tarde temprana que le acariciaba la cara; retiró la silla y se levantó del escritorio. Recogió 'Mémoires d'outre-tombe' y lo puso en la estantería izquierda frente a la mesa, junto a la de los clásicos contemporáneos que cerraba la pared del cuarto apoyándose en el marco de ébano de una enorme cristalera. El escritorio se encontraba paralela a ella, para que hiciese las veces de un majestuoso mirador con vistas a la avenida y, al terminar esta por la derecha, al parque que disfrazaba las cochambrosas, desnudas viviendas enrojecidas de un suburbio. Éso sí, conseguía utilizar el engranaje corroído de los barrios bajos para crear un exótico contraste con la naturaleza controlada del parque, como un jaula alborotada de árboles y luz arrebolada encajada en el marco derecho de una peana roja amurallada por ladrillos viejos: La herencia descontrolada de la vida limitada por la geométrica ascendencia humana. A sus ojos, desde el ático de la torre con nombre de compositor, todo parecía el esbozo de un visionario. Allí, en el cuarto de mármol y pintura crema en las paredes, brillaba naranja la tarde, serena; chicha. Se apagaba con unos segundos mudos y estancos. La televisión, justo al lado de la puerta, anunciaba las noticias con pausa. El pasillo lo llamaba por su nombre y lo invitaba a respirar un poco de realidad turbada y nauseabunda. Tomó el pasillo, salió y cogió el ascensor. En un minuto y medio ya se había despedido del recepcionista y había salido a la calle.
Se recolocó la chaqueta y una mano débil se dejó caer en su hombro. Oye, ¿Por qué no me has avisado de que te ibas? Era Sara. Los servicios son los servicios. Te dije que si querías coger algo de la nevera, lo cogieses, y que después te marchases. Quería desayunar contigo. Paseaban los coches y las gentes como disparados, a modo de pulso, desde el corazón arrítmico de la ciudad.
¿Conmigo? Te he dicho que ya está bien, ¿no? ¿Pero qué más te da? Lo pago yo, si acaso. ¿Con mi dinero? Y ella se quedó callada. No es tu dinero, ahora es el mío y quiero compartirlo. Bueno, quieres compartir mi dinero conmigo. Llámalo así. Pues yo no quiero, vete.
Dejó caer la mano, que resbaló por su chaqueta y se perdió con su cintura. Se marchó por la derecha y se perdió entre el gentío. Aún distinguía los tacones, y cuando miró de reojo serpenteaba algún mechón rubio, blanquecino, desprendido de la cola de caballo que recogía su pelo, botando sobre sus humildes hombros. Caminaba a duras penas cabizbaja, y conseguía diferenciarla gracias al reflejo del abrigo de cuero de mercadillo, si puede llamarse cuero, prácticamente plástico, que llevaba encima. Las ondas del pelo se columpiaban desde su espalda hasta su pecho, y volvían atrás. Se obligó a dejar de mirar. Era una puta cara.
Terriblemente estúpida, sumamente simple. O quizás estuviese de verdad enamorada. Pero no. Él quería pensar que no era así. Alzó la mano y llamó a un taxi sin pensarlo. Al hipódromo -mismo-. Por el camino, trató de pensar en los caballos.
