¿Cuánto tiempo llevas aquí? Ladeé
la cabeza hacia donde surgía la voz y tropecé con el tendero negro del puesto,
que ya bajaba la persiana metálica. Serían las tres. El metro había pasado ya y
habría derramado las últimas pisadas sobre la chapa del andén. Tacones y
mocasines decididos, altivos, deportivas soberbias, botas perdidas. Mocasines,
tacones, botas y deportivas, ebrias. El tendero bajó la cabeza y echó la llave.
No le había contestado, y seguía pensando que ni había sentido el túnel
vomitando el tren, ni al tren vomitando gente, poca gente en cualquier caso.
El tendero era senegalés. Sabía
que no le había sentado bien que hubiera pasado de él. Un hombre de treinta y
muy pocos años que llega aquí y se las busca mejor que yo a base de partirse la
espalda sólo quiere, al menos, sentir que está en buen lugar. Calor humano.
Podría haberle pedido disculpas y haber intercambiado algunas palabras con él,
pero en lugar de ello pensé en que le había ignorado y que, mientras meditaba
apoyado en la columna, se haría demasiado tarde y se marcharía. Así fue.
Me erguí y agarré el carro de la
limpieza para dar una pasada por la estación mientras me fumaba un cigarro y
hacía tiempo hasta la hora de salida. Siempre limpiaba los baños; desde luego,
era donde más se podía apreciar mi ausencia. Reponía los rollos de papel sin
falta, tenía empatía. Un chorro de lejía aquí, allá... Los martes y los jueves
pululaba el grisáceo rostro rollizo del guardia de seguridad que sustituía a
don Miguel, un hombre bastante mayor, magro como un gorrión viejo. Sujetaba la
literna con las dos manos a la espalda. Levantaba la punta del pie y solía
admirar el reflejo de sus zapatos mientras caminaba. Alzaba el mentón y
murmuraba, se colaba algún canturreo. Solía sentarse en las butacas azules y se
ponía a mirar a las vías para quedarse finalmente dormido durante bastante
rato. Ahí entraba yo y dejaba de fingir. Me sentaba a su lado para controlar el
sueño y que no viese que el carro de la limpieza se había quedado solo. En
cuanto al otro, de cuyo nombre no me acuerdo si alguna vez lo supe, no paraba
de caminar de un lado a otro y de llamarme la atención. Apretaba la mandíbula
antes de hablar y se le hinchaban los pálidos mofletes, se le comprimía la cara
y se le salía la papada entre el cuello de la camisa y el primer botón,
jadeando después de la primera voz y parpadeando con fuerza, como queriendo
despertar y salir de su cuerpo bulboso. Las manos hinchadas y repletas de
azuladas venas y los ojos pequeños y distraídos intentando aparentar
concentración, los suspiros profundos y ahogados seguidos del sudor, todo daba
lugar a que presentase un aspecto enfermizo y nauseabundo. Paseaba cuando
recuperaba el aliento. No podía comprender cómo un hombre de cuarenta y dos
años como estaba seguro de que tenía, no podía casi levantarse de su puesto y
subir una escalera sin estar al borde del desmayo. Lo peor era que intentaba
disimularlo y relajaba su respiración justo cuando más aire necesitaba.
Oye, ¿Qué haces ahí sin mover un
dedo? Limpia eso. Los espejos están hechos un asco. Se me ha caído el café.
Seguro que éso último lo hacía queriendo, y los espejos estaban limpios porque
era lo poco que limpiaba. Comparados con el resto del lugar, relucían como
oro.Cuando subía las escaleras y se ponía a tomar el aire en la boca del metro,
me metía en el baño de señoras y me ponía a fumar, porque si me atrevía a
hacerlo fuera, olía el humo de inmediato, y detestaba el humo. No le dejaba
respirar.
Ese mismo día hacía turno Miguel.
Apenas cerró los ojos en la silla más alejada del centro de la estación cuando
dejé la fregona en el carro y lo guardé para marcharme. Me quité los guantes de
un tirón y los lancé a la vía. Emprendí una veloz carrera y en pocos segundos
me encontré fatigado sobre la boca del metro, haciéndome a la iluminación
estroboscópica de diversas farolas de luz amarillenta. La calzada estaba fría y
blanda como la lengua de un anfibio; se deslizaba algún coche resbalando sobre
la bilis de la noche que carcomía los rincones y las esquinas, los parques, los
portales, mis zapatos. Serían las tres y veinte, cinco minutos después de
subir, cuando vi pasar a una chica árabe por la misma acera por la que
caminaba. Advertí el repiqueteo de sus tacones entrelazándose con las puntadas
del silencio, tejiendo con incertidumbre una capa de ebriaguez perfumada. Me
rebasó con prisa. Era sumamente tarde y no parecía una prostituta, más bien
todo lo contrario, una chica decente que llamaba a su madre varias
noches a la semana, desayunaba cereales sentada en el sofá con las piernas
cruzadas y desnudas y disfrutaba del ronroneo de su gato, un animal nocturno y
loco por sus muslos, desde donde transmitían el contoneo a su cadera robusta y
fina como intermediarios entre la tierra y su cintura. La desnudé con los ojos
y aproveché una apertura triangular en el vestido que llevaba que dejaba ver
desde su nuca, dando el placer de sus hombros, hasta algo menos de la mitad de
la espalda, oscura e impecable, una desnudez oleosa que resbalaba por la
depresión de su columna.
Llegué a mi casa animado,
enamorado de la noche. Sentía enredado en los dedos el pelo de hebras de
azabache; lo imaginaba botando aún sobre sus hombros. Me tumbé en el sofá y
saqué una botella de whisky de debajo de la mesa camilla, a la derecha, y me
encendí un puro que descubrí se escondía en el bolsillo del mono, una dádiva de
un viejo amigo que encontré por casualidad a la salida de la estación. Mereció
la pena -entonces- salir antes del trabajo. Me emborraché y me quedé dormido
pensando en ella.
Me levanté sobre la encimera con la panza
cubierta de trozos de carne y vino blanco. Arrastré el brazo y tiré un cuchillo
de carnicero junto al suntuoso filete de ternera que yacía en el suelo. Vi a mi
padre allí plantado y fue corriendo al baño. <Mi padre está muerto>
pensé, sin saber cómo. Se desplomó al suelo y recordé el cáncer y sus pulmones
negros. Yo encendí un puro.
Desperté ahogado en una espesa y ardiente nube negra
y me descubrí incapaz de abrir los ojos sin que se abrasasen. Entre las
pestañas distinguí la bocanada flamígera de una danza otoñal que encendía con
un pincel de llamas todo lo que alcanzaba a ver. Las vigas se resentían. No
supe reaccionar y la cortina se vino abajo salpicando llamas en varias
direcciones. Aún podía distinguir el puro en la alfombra, mofándose de mí. Salté del sofá, me tiré al suelo
bajo el manto de humo y me quité la cazadora, que había comenzado a prenderse;
inmediatamente empecé a gritar. Comprendí al instante que el edificio estaba
completamente vacío, pues de lo contrario alguien habría intentado ya derribar
la puerta o, en todo caso, me habría despertado sus golpes.
Sobre
mí vivía una pareja de ancianos cuyos pesados pasos retumbaban a través del
suelo y llegaban directamente a mi salón -¡Álvaro, Álvaro, oiga!- arriba no
había absolutamente nadie, y podía adivinar que tampoco en el piso contiguo.
Bajo
el gemido del fuego podía advertir algún alarido de pavor y algún grito de
auxilio justo debajo de la ventana, que estaba seguro no debía abrir para no
avivar las llamas. Me arrastré hasta otra habitación y en un intento
desesperado por salvar la máquina de escribir derribé el escritorio tirando con
toda la fuerza que pude desde una de las esquinas, y para salvar el golpe la
dejé caer sobre mi antebrazo. Descerrajé un alarido como un disparo y me mordí
la lengua con fuerza; no tardé en notar un hilo de sangre resbalando por mi
labio. La iba arrastrando delante de mí, y apenas había rebasado el marco de la
puerta del dormitorio donde se encontraba el aparato cuando un hacha
resplandeciente atravesó la puerta con su buitresco pico de acero.
Estaba
sentado en un banco con la máquina de escribir a mis pies en el pequeño jardín
de entrada al bloque. Había ardido desde el tercero al quinto salvándose las
viviendas más alejadas del fuego. Había dos ambulancias bañando con la líquida
luz roja las fachadas de los pisos colindantes. Goteaba y centelleaba en mis
ojos, refulgía en la máquina azul. Le di el repugnante café a un vecino. ¡Oh!
¿Cómo estás? Me di la vuelta y le miré de reojo ¿Qué te parece a ti?
No
pensaba quedarme en ningún albergue para que mi máquina de escribir
desapareciese a los pocos minutos de entre mis únicos bienes: La ropa y la
máquina, además de un colgante antiquísimo de un búho diminuto y una taza de
los Beattles.
Como
los caminos del señor son inescrutables, me dejó la cartera en el pantalón.
Tenía una segunda oportunidad para morir alcoholizado, algo que no me permitía
la distracción de la ociosidad vaga y la máquina de escribir, oscurecida espiritualmente por el hollín.
La
laguna prepara una barca y me sitúa bajo las estrellas, bañado por una luz
desagradable y fría procedente de la boca del metro que hacía brillar diversas
manchas de sangre repartidas por la camisa, y con la boca de una botella de
oporto en la mano cuyo contenido se apreciaba desparramado por la acera. La
estación centelleaba como una vela en una habitación oscura, la única luz de la
ciudad, del barrio, del mundo, y tan sólo la veía yo. Si la seguía caería más
al fondo, a lo más profundo de los infiernos, donde aquél guarda orondo
volvería a amoratarme un ojo y sacarme otro diente de un golpe; el primero lo
tengo aún en el bolsillo. Serían las tres de la mañana como poco cuando volví a
oír el martilleo delicado de los tacones de la chica árabe. Un mirlo se había
posado justo delante de mí con sus patitas de costurero, enhebrando el aire con
su pico y tejiendo su mantón negro de inverosimilitud.
La
chica se paró delante de mí, que estaba tirado en el suelo con la espalda
pegada a un muro de mediana altura que delimitaba la estación, y el mirlo se
marchó de dos saltitos y un aleteo. Tú eres el de la limpieza, ¿No? Te he visto
en el incendio, en el parquecito que hay delante de los bloques grises ésos; lo
siento mucho, de verdad. Si no tienes dónde quedarte puedes venirte conmigo. Te
pegas una ducha y te acuestas. No, no pongas esa cara, me soltó la descreída
cuando le demostré un soberano escepticismo con las cejas arqueadas, que he
visto cómo me miras cuando vengo del trabajo, ¿Qué trabajo…? Me confesó ganarse
la vida en un bar de copas como camarera, algo que no me creía lo más mínimo
debido a que la chica era demasiado buena, en cualquier sentido, para soportar
semejante acoso. Pensé en que quizás sufría demasiado poco en ese trabajo que
me aseguraba para ser como era.
¡Bien!
Bien, ¿bailarina, no…? Me avergoncé bastante de mi actitud cuando me lo relató
al día siguiente. Desde luego le arranqué una mueca de disgusto con mi
descarada sinceridad.
Me
desperté muy temprano, acosado por los puntiagudos nervios que se habían
gestado durante el día y parte de la noche. Encendí una lamparilla, eché un
vistazo al cuarto, angosto y de esquinas húmedas, repleto de lienzos en blanco
apoyados en la pared paralela a la cama y de un caballete deshecho junto a la
mesilla, y saqué de la estantería que había sobre el lecho el primer libro que
alcancé; estaba en francés y podía desenmarañar algunas expresiones, pero me
era tremendamente pesado y me producía enorme hastío. Noté el vaivén vibrante
de las letras y las páginas: estaba temblando. Aquellas larvas de la tortura
ascendieron por mi esófago y las mantuve en la boca, me levanté y corrí por el
oscuro pasillo hasta encontrar el baño.
La
noche anterior había llegado completamente borracho al piso y me sentía en una
burbuja aislada, desubicada. Devolví en el váter. ¿Estás bien? Apareció apoyada
en el marco del baño. Llevaba puesta tan sólo una camiseta roja sumamente ancha
que le cubría justo hasta por encima de las rodillas. No. Será mejor que me
vaya. Tiré de la cisterna y el remolino condujo mi manojo de nervios a lo más
profundo del mundo. Para mi sorpresa, me dio la razón, y pareció como si
hubiese encendido su sentido común o desmotivado su voluntad. Me dijo que me
marchase de inmediato. Desde el rellano podía oírsele hablar por teléfono a
voces, sobre culpas y motivos. Me sentí más muerto que nunca, un objeto
indigno. Olvidé mi taza.
Durante
casi un año permanecí vagando por la calle, durmiendo en el metro y acechando
mi piso esperando telones y tambores. Un día localicé la vivienda del editor
jefe de una revista literaria, por debajo de cuya puerta dejaba todas las
semanas uno, dos relatos cortos, siempre que disponía de tiempo y seguridad
para golpear el segundo percutor que podía sacarme de esa funesta realidad, el
de mi aparato. Le pedía atentamente:
Estimado
Sr. Carrión:
Adjunto
con este atento saludo un compendio de escritos que espero sean de su agrado y
puedan figurar entre los candidatos a la edición en la revista ‘A_’ para la
primera semana de abril.
Los
relatos están acordes con las bases, a excepción de que en esta ocasión -detallaba- me ha sido
imposible redactar el segundo a máquina, debido a condiciones que agradecería
tuviese en cuenta, tales como mi precaria situación económica, que llega a
impedirme la adquisición de componentes necesarios para la correcta redacción
de los escritos. Espero no importunarle.
Por
entonces ya disponía de una vivienda en un suburbio cuya dirección escribía en
la carta. Pisos rojos, de ladrillos descarados como el óxido del latón; se
sumía en una perpetua bruma enclavada desde las azoteas hasta el interior de
los comercios, las calzadas, las ratas perdidas que enloquecían con el olor a
orina y a alcohol rancio. Vivía con dos chicas, Mar y Elena, a quienes conocí
a raíz del encuentro con un esquelético personaje de carne trémula y uñas
violáceas que regentaba aquel bloque. Me planteé ensuciarme las manos -estaba
en la ruina- con tal de evitar pensar siquiera en la otra salida, y no hice
nada que no turbase mi conciencia, algo que me sorprendió viniendo de alguien
con un aspecto como él -quizás ése fuese mi problema-. Se notaba que llevaba toda
su vida muerto y que comprendía mi situación. Entonces, me ofreció el piso con
la condición de que le prestase algunos servicios en el bloque y que no tocase
a las chicas. Tío, me decía él, eres inteligente. Cuando salgas de aquí te va a
ir bien. Mala suerte, ¿Eh? Allí me limité a ganarme la vida poco a poco,
incluso llegué a recuperar mi trabajo en el metro, algo que me alejó de la
máquina. Pero para entonces, había terminado un nuevo cuento que me disponía a
enviar, ‘Otoño’.
En cuanto entré por primera vez en el piso, Mar
comenzó a reírse y Elena se le tiró encima, dio un golpe con el índice a la
colilla que aún sujetaba y la tiró a la alfombra. En ése momento recuerdo que
di un respingo y el corazón una sacudida. A Mar le botaba el pelo azabache sobre
los delicados hombros desnudos que se salían del cuello casi inexistente de una
camiseta ancha, oscura, cortada por ella misma. El espacio se deslizaba por la
suntuosa clavícula hacia sus pechos, poco prominentes pero delicados y
armoniosos. Acogían la lluvia del cuello entre su canal discreto como si la
cara fuese un manantial y la garganta agua,
una marea para los dedos. Tenía el cabello recogido y despeinado.
Levantó los brazos y agarró las manos de Elena entrecruzando los dedos. La
fuerza se le reflejaba en los músculos de los brazos como el tallo de una
pálida dama de noche, laceniza y a la vez las ascuas que refulgían entre el
tejido de la alfombra. La coleta tan sólo le recogía el pelo que le caía sobre
la espalda. El resto se hallaba bailando y mezclándose como el agua bajo la
brava cascada. Dio un empujón y abrió un poco la boca, aliviada; Elena se había
separado y Mar volvía a la carga con la rendija de sus labios exhibiendo los
dientes inmaculados, oscurecidos por el cobijo de su pequeña lengua. Levantó la
barbilla y allí estaba, saltando sobre La Otra con la elipse de su cuello y su
barbilla anunciando el alba de los ojos, que se abrían sobre la montaña vacía;
eran verde oscuro, separados por una nariz irregular, magnífica, una pendiente que
terminaba en una decorosa punta suave, entrañable redondez eufórica y calmada.
Abrió aún más los ojos y las pestañas casi rozaron las cejas. Sacó la lengua
por la comisura de sus labios y la mordió. Me destrozó. Alrededor de la pupila
bailaban una serie de diminutas líneas contiguas formando una especie de iris
interior que clareaba como la hierba en verano. El resto de la cara era una
historia de ternura blanca y elíptica. Era una sirena de metro cincuenta y
cinco. Cantaba con los ojos y las manos de margarita. Acaso miré un segundo a
Elena. Era distinta. Piel oscura y pelo rizado, los ojos grandes, también
bonitos, de un adorable color avellana. Nunca serían mías.
La
máquina emitió el último chasquido y coloqué la hoja con el nombre del cuento
en el centro sobre las demás. Mi escritorio se situaba en la parte oriental de
la vivienda. Me levantaba temprano y el sol enmascaraba el mundo con el azur e
iluminaba la puerta a la nada. Acabando sobre las nueve, sonó el teléfono en el
salón, un trasto amarillento y viejo, y Mar se levantó de la cama a cogerlo.
¿Sí? Estaba aún dormida. Me apoyé sobre el respaldo de la silla y guardé
silencio. Colgó el teléfono sin despedirse; aún se oía hablar al otro lado una
voz femenina y débil. Se apercibió de que me hallaba en mi habitación y
adelantó los pasos hacia mí, cabizbaja, se detuvo frente a la silla y me
abrazó, apoyando la cabeza en mi cuello. Mi hermana ha muerto. Le acaricié el
pelo y lo único que se me ocurrió fue Lo siento mucho, para lo que comenzó a
llorar en silencio. Ni siquiera sabía que tenía hermana, pero deduje que
preferiría no hablar del tema dadas las circunstancias que la obligaban a
refugiarse en un suburbio pútrido y detestable. Elena salió, ojeó el salon
y nos vio en el cuarto. Arqueó las cejas
intrigada, ¿Qué...? y apunté a Mar con la mirada, a lo que Elena respondió
llevándose las manos a la boca y arremolinándose en torno a la niña. ...Tengo
que irme a trabajar. Ya estaba vestida. Ella SÍ que trabajaba de camarera, en
un café donde iban personas y servían tartas de manzana del día que esas
personas podían permitirse. La sacaré a dar una vuelta.
Efectivamente
la saqué y subimos a El Centro. Aunque mi experiencia no era exorbitante sabía
que a una niña como era, porque no era aún mayor de edad ni tampoco
excesivamente madura -algo de lo que se ocupó el consecuente instinto de Elena-
a pesar de las circunstancias, un helado terminaría animándola de una forma u
otra si insistía con bufonesco cariño en que se lo terminase -era demasiado
idílico pero efectivo. Oye, muchas gracias. Tenía los ojos hinchados de
contener las lágrimas y la nariz completamente congestionada. Se pasó un
pañuelo sobre el labio y se echó los puños a la boca. Anda, bichejo, acábate
eso. Mi carácter se había vuelto más agrio, rancio. Veía mi piso desde la
heladería. Ella me miró fijamente y un mechón negro se desprendió y le fue a
caer sobre la mitad derecha de la cara, hinchó los mofletes con un mohín
cariñoso y abrió bien los ojos. Le sonreí. ¿Por qué no te afeitas? Me recomendó
con una suave y mimosa voz. Se me vería la cara, respondí. Creyó que había
hecho explotar una burbuja interna en mí y se sintió aún peor. No tengo tiempo.
Se relajó y le saqué la lengua. Dejó el helado y terminamos emborrachándonos en
un bar que recuerdo ahora como la viva imagen del cuadro de Hooper ‘Los
Noctámbulos’, pero sin fracs ni sombreros, ni camareras con cofias blancas,
impolutas.
Ésa
noche volvimos en silencio a nuestro magnánimo hotel blanco. Margtuvo la mala
suerte de partirse los tacones de cristal. Buenas noches, señor, buenas noches,
señorita, ¡Soy su señora! Respondió ella, a lo que yo me sentí eternamente
halagado. El botones dibujó una amplia sonrisa y se inclinó, e incluso dijo
algo en francés -¡Elegancia!- Subimos a la habitación y tiré la cazadora en el
sofá. ¡Buenas noches, señorita...! Adelanté un pie y detuve mi caída. Señora, y
se llevó la mano a la frente, sonrió y se volvió a su cuarto. Me tiré en mi
cama. Elena aún no había llegado.
Cinco
minutos más tarde, flotando en el vientre del sueño, advertí que la cama se
hundía un poco a un lado y que alguien me envolvía el cuello con los brazos.
Somnoliento en la duermevela reconocí la piel y el olor de Mar, y, sin ser
aún consciente de lo que hacía -de lo contrario la habría despachado
inmediatamente- terminé por reconocer sus labios y ella presentármelos a mí.
Dos pasos en le parqué viejo bastaron para hacerme vomitar le corazón. Allí
estaba él, plantado en mitad de la puerta con su gorra roja y sus muñecas
temblorosas. ¡Tú! ¡Te dije que no las tocaras! Completamente ebrio lo tiré a un
lado, asalté la puerta y la cerré detrás de mí. Pude ver por la efímera rendija
a Elena en el cuarto contiguo vistiéndose y a Mar absolutamente atónita. Luego
pude escuchar sus gritos y lamentos, las súplicas de Elena y los golpes secos,
los gemidos mudos, la vida huyendo entre las rendijas de los tablones del suelo
y los cristales rotos de las ventanas.
Hace
tres días me comunicaron que había ganado el primer premio de la revista por ‘Otoño’
y que querían conocer mi historia, la del autodidacta borracho y torturado de
cuarenta y tantos años... Me trasladé a un albergue y mi máquina se esfumó
-entre los dedos de algún honesto empleado. Esta mañana grabaron todo lo que querían.
Y ahora aquí estoy, cansado del mundo pero feliz y realizado, completamente
INDEFENSO ante la vida y la gente; porque ésta me ha desarmado de mi propia
voluntad, pero espero vivir muchos años y... No he parado de vulnerarme desde
esta mañana con este cúmulo de porquería delante de la cámara, la papilla
emotiva propia de un octogenario. A fin de cuentas, este lugar está cerca del
suburbio del que huí como una rata hace nada menos que cuatro días, y él vendrá
a buscarme, y estaré aquí, y Mar estará allí. Quizás lo haga más por mí que
por ella, por deshacerme de la pócima de moscas y ajenjo que me derrama la
culpa. Sea lo que sea, volveré a por ella, aunque sea para perderla otra vez si
alguna vez la tuve. Un día dejaré de quererla, lo sé.
La
Luna se levanta y tira la escalera para permanecer impertérrita al otro lado de
la ventana de la habitación. Mi imagen condenada saldrá mañana en la televisión
y mi asesino estará allí para verla, finalmente será el leñador. Estoy más
seguro en la calle, La Ciudad lo dice,
que es una mesa con una pata rota. Nada vive aquí que no resbale y termine
roto, en el suelo. Se me cayó la sopa, me mojó el diario y los zapatos.


