jueves, 8 de marzo de 2012

X - Otoño

Compré el periódico en la estación del metro, en un pequeño puesto encastrado en la pared paralela a las escaleras hacia los pasillos superiores que daban a la calle. Estaba apoyado en una de las siete columnas que se disponían a cada lado de las banquetas en mitad de la estación. Eran banquetas azules. Hacían juego con un puñado de líneas y detalles del mismo color que cubrían los pilares y las barandillas, las escaleras. Azul, gris, azul y blanco sucio, blanco sucio allí donde debía haber blanco, o no haber nada. Un reloj perdido cercenaba la calma, cortaba a láminas las bocanadas de aire con cada espasmo del segundero.

¿Cuánto tiempo llevas aquí? Ladeé la cabeza hacia donde surgía la voz y tropecé con el tendero negro del puesto, que ya bajaba la persiana metálica. Serían las tres. El metro había pasado ya y habría derramado las últimas pisadas sobre la chapa del andén. Tacones y mocasines decididos, altivos, deportivas soberbias, botas perdidas. Mocasines, tacones, botas y deportivas, ebrias. El tendero bajó la cabeza y echó la llave. No le había contestado, y seguía pensando que ni había sentido el túnel vomitando el tren, ni al tren vomitando gente, poca gente en cualquier caso.

El tendero era senegalés. Sabía que no le había sentado bien que hubiera pasado de él. Un hombre de treinta y muy pocos años que llega aquí y se las busca mejor que yo a base de partirse la espalda sólo quiere, al menos, sentir que está en buen lugar. Calor humano. Podría haberle pedido disculpas y haber intercambiado algunas palabras con él, pero en lugar de ello pensé en que le había ignorado y que, mientras meditaba apoyado en la columna, se haría demasiado tarde y se marcharía. Así fue.

Me erguí y agarré el carro de la limpieza para dar una pasada por la estación mientras me fumaba un cigarro y hacía tiempo hasta la hora de salida. Siempre limpiaba los baños; desde luego, era donde más se podía apreciar mi ausencia. Reponía los rollos de papel sin falta, tenía empatía. Un chorro de lejía aquí, allá... Los martes y los jueves pululaba el grisáceo rostro rollizo del guardia de seguridad que sustituía a don Miguel, un hombre bastante mayor, magro como un gorrión viejo. Sujetaba la literna con las dos manos a la espalda. Levantaba la punta del pie y solía admirar el reflejo de sus zapatos mientras caminaba. Alzaba el mentón y murmuraba, se colaba algún canturreo. Solía sentarse en las butacas azules y se ponía a mirar a las vías para quedarse finalmente dormido durante bastante rato. Ahí entraba yo y dejaba de fingir. Me sentaba a su lado para controlar el sueño y que no viese que el carro de la limpieza se había quedado solo. En cuanto al otro, de cuyo nombre no me acuerdo si alguna vez lo supe, no paraba de caminar de un lado a otro y de llamarme la atención. Apretaba la mandíbula antes de hablar y se le hinchaban los pálidos mofletes, se le comprimía la cara y se le salía la papada entre el cuello de la camisa y el primer botón, jadeando después de la primera voz y parpadeando con fuerza, como queriendo despertar y salir de su cuerpo bulboso. Las manos hinchadas y repletas de azuladas venas y los ojos pequeños y distraídos intentando aparentar concentración, los suspiros profundos y ahogados seguidos del sudor, todo daba lugar a que presentase un aspecto enfermizo y nauseabundo. Paseaba cuando recuperaba el aliento. No podía comprender cómo un hombre de cuarenta y dos años como estaba seguro de que tenía, no podía casi levantarse de su puesto y subir una escalera sin estar al borde del desmayo. Lo peor era que intentaba disimularlo y relajaba su respiración justo cuando más aire necesitaba.

Oye, ¿Qué haces ahí sin mover un dedo? Limpia eso. Los espejos están hechos un asco. Se me ha caído el café. Seguro que éso último lo hacía queriendo, y los espejos estaban limpios porque era lo poco que limpiaba. Comparados con el resto del lugar, relucían como oro.Cuando subía las escaleras y se ponía a tomar el aire en la boca del metro, me metía en el baño de señoras y me ponía a fumar, porque si me atrevía a hacerlo fuera, olía el humo de inmediato, y detestaba el humo. No le dejaba respirar.

Ese mismo día hacía turno Miguel. Apenas cerró los ojos en la silla más alejada del centro de la estación cuando dejé la fregona en el carro y lo guardé para marcharme. Me quité los guantes de un tirón y los lancé a la vía. Emprendí una veloz carrera y en pocos segundos me encontré fatigado sobre la boca del metro, haciéndome a la iluminación estroboscópica de diversas farolas de luz amarillenta. La calzada estaba fría y blanda como la lengua de un anfibio; se deslizaba algún coche resbalando sobre la bilis de la noche que carcomía los rincones y las esquinas, los parques, los portales, mis zapatos. Serían las tres y veinte, cinco minutos después de subir, cuando vi pasar a una chica árabe por la misma acera por la que caminaba. Advertí el repiqueteo de sus tacones entrelazándose con las puntadas del silencio, tejiendo con incertidumbre una capa de ebriaguez perfumada. Me rebasó con prisa. Era sumamente tarde y no parecía una prostituta, más bien todo lo contrario, una chica decente que llamaba a su madre varias noches a la semana, desayunaba cereales sentada en el sofá con las piernas cruzadas y desnudas y disfrutaba del ronroneo de su gato, un animal nocturno y loco por sus muslos, desde donde transmitían el contoneo a su cadera robusta y fina como intermediarios entre la tierra y su cintura. La desnudé con los ojos y aproveché una apertura triangular en el vestido que llevaba que dejaba ver desde su nuca, dando el placer de sus hombros, hasta algo menos de la mitad de la espalda, oscura e impecable, una desnudez oleosa que resbalaba por la depresión de su columna.

Llegué a mi casa animado, enamorado de la noche. Sentía enredado en los dedos el pelo de hebras de azabache; lo imaginaba botando aún sobre sus hombros. Me tumbé en el sofá y saqué una botella de whisky de debajo de la mesa camilla, a la derecha, y me encendí un puro que descubrí se escondía en el bolsillo del mono, una dádiva de un viejo amigo que encontré por casualidad a la salida de la estación. Mereció la pena -entonces- salir antes del trabajo. Me emborraché y me quedé dormido pensando en ella.

 Me levanté sobre la encimera con la panza cubierta de trozos de carne y vino blanco. Arrastré el brazo y tiré un cuchillo de carnicero junto al suntuoso filete de ternera que yacía en el suelo. Vi a mi padre allí plantado y fue corriendo al baño. <Mi padre está muerto> pensé, sin saber cómo. Se desplomó al suelo y recordé el cáncer y sus pulmones negros. Yo encendí un puro.


Desperté ahogado en una espesa y ardiente nube negra y me descubrí incapaz de abrir los ojos sin que se abrasasen. Entre las pestañas distinguí la bocanada flamígera de una danza otoñal que encendía con un pincel de llamas todo lo que alcanzaba a ver. Las vigas se resentían. No supe reaccionar y la cortina se vino abajo salpicando llamas en varias direcciones. Aún podía distinguir el puro en la alfombra, mofándose de mí. Salté del sofá, me tiré al suelo bajo el manto de humo y me quité la cazadora, que había comenzado a prenderse; inmediatamente empecé a gritar. Comprendí al instante que el edificio estaba completamente vacío, pues de lo contrario alguien habría intentado ya derribar la puerta o, en todo caso, me habría despertado sus golpes.
Sobre mí vivía una pareja de ancianos cuyos pesados pasos retumbaban a través del suelo y llegaban directamente a mi salón -¡Álvaro, Álvaro, oiga!- arriba no había absolutamente nadie, y podía adivinar que tampoco en el piso contiguo.
Bajo el gemido del fuego podía advertir algún alarido de pavor y algún grito de auxilio justo debajo de la ventana, que estaba seguro no debía abrir para no avivar las llamas. Me arrastré hasta otra habitación y en un intento desesperado por salvar la máquina de escribir derribé el escritorio tirando con toda la fuerza que pude desde una de las esquinas, y para salvar el golpe la dejé caer sobre mi antebrazo. Descerrajé un alarido como un disparo y me mordí la lengua con fuerza; no tardé en notar un hilo de sangre resbalando por mi labio. La iba arrastrando delante de mí, y apenas había rebasado el marco de la puerta del dormitorio donde se encontraba el aparato cuando un hacha resplandeciente atravesó la puerta con su buitresco pico de acero.

Estaba sentado en un banco con la máquina de escribir a mis pies en el pequeño jardín de entrada al bloque. Había ardido desde el tercero al quinto salvándose las viviendas más alejadas del fuego. Había dos ambulancias bañando con la líquida luz roja las fachadas de los pisos colindantes. Goteaba y centelleaba en mis ojos, refulgía en la máquina azul. Le di el repugnante café a un vecino. ¡Oh! ¿Cómo estás? Me di la vuelta y le miré de reojo ¿Qué te parece a ti? 
No pensaba quedarme en ningún albergue para que mi máquina de escribir desapareciese a los pocos minutos de entre mis únicos bienes: La ropa y la máquina, además de un colgante antiquísimo de un búho diminuto y una taza de los Beattles.
Como los caminos del señor son inescrutables, me dejó la cartera en el pantalón. Tenía una segunda oportunidad para morir alcoholizado, algo que no me permitía la distracción de la ociosidad vaga y la máquina de escribir,  oscurecida espiritualmente por el hollín.

La laguna prepara una barca y me sitúa bajo las estrellas, bañado por una luz desagradable y fría procedente de la boca del metro que hacía brillar diversas manchas de sangre repartidas por la camisa, y con la boca de una botella de oporto en la mano cuyo contenido se apreciaba desparramado por la acera. La estación centelleaba como una vela en una habitación oscura, la única luz de la ciudad, del barrio, del mundo, y tan sólo la veía yo. Si la seguía caería más al fondo, a lo más profundo de los infiernos, donde aquél guarda orondo volvería a amoratarme un ojo y sacarme otro diente de un golpe; el primero lo tengo aún en el bolsillo. Serían las tres de la mañana como poco cuando volví a oír el martilleo delicado de los tacones de la chica árabe. Un mirlo se había posado justo delante de mí con sus patitas de costurero, enhebrando el aire con su pico y tejiendo su mantón negro de inverosimilitud.
La chica se paró delante de mí, que estaba tirado en el suelo con la espalda pegada a un muro de mediana altura que delimitaba la estación, y el mirlo se marchó de dos saltitos y un aleteo. Tú eres el de la limpieza, ¿No? Te he visto en el incendio, en el parquecito que hay delante de los bloques grises ésos; lo siento mucho, de verdad. Si no tienes dónde quedarte puedes venirte conmigo. Te pegas una ducha y te acuestas. No, no pongas esa cara, me soltó la descreída cuando le demostré un soberano escepticismo con las cejas arqueadas, que he visto cómo me miras cuando vengo del trabajo, ¿Qué trabajo…? Me confesó ganarse la vida en un bar de copas como camarera, algo que no me creía lo más mínimo debido a que la chica era demasiado buena, en cualquier sentido, para soportar semejante acoso. Pensé en que quizás sufría demasiado poco en ese trabajo que me aseguraba para ser como era.
¡Bien! Bien, ¿bailarina, no…? Me avergoncé bastante de mi actitud cuando me lo relató al día siguiente. Desde luego le arranqué una mueca de disgusto con mi descarada sinceridad.
Me desperté muy temprano, acosado por los puntiagudos nervios que se habían gestado durante el día y parte de la noche. Encendí una lamparilla, eché un vistazo al cuarto, angosto y de esquinas húmedas, repleto de lienzos en blanco apoyados en la pared paralela a la cama y de un caballete deshecho junto a la mesilla, y saqué de la estantería que había sobre el lecho el primer libro que alcancé; estaba en francés y podía desenmarañar algunas expresiones, pero me era tremendamente pesado y me producía enorme hastío. Noté el vaivén vibrante de las letras y las páginas: estaba temblando. Aquellas larvas de la tortura ascendieron por mi esófago y las mantuve en la boca, me levanté y corrí por el oscuro pasillo hasta encontrar el baño.
La noche anterior había llegado completamente borracho al piso y me sentía en una burbuja aislada, desubicada. Devolví en el váter. ¿Estás bien? Apareció apoyada en el marco del baño. Llevaba puesta tan sólo una camiseta roja sumamente ancha que le cubría justo hasta por encima de las rodillas. No. Será mejor que me vaya. Tiré de la cisterna y el remolino condujo mi manojo de nervios a lo más profundo del mundo. Para mi sorpresa, me dio la razón, y pareció como si hubiese encendido su sentido común o desmotivado su voluntad. Me dijo que me marchase de inmediato. Desde el rellano podía oírsele hablar por teléfono a voces, sobre culpas y motivos. Me sentí más muerto que nunca, un objeto indigno. Olvidé mi taza.
Durante casi un año permanecí vagando por la calle, durmiendo en el metro y acechando mi piso esperando telones y tambores. Un día localicé la vivienda del editor jefe de una revista literaria, por debajo de cuya puerta dejaba todas las semanas uno, dos relatos cortos, siempre que disponía de tiempo y seguridad para golpear el segundo percutor que podía sacarme de esa funesta realidad, el de mi aparato. Le pedía atentamente:



Estimado Sr. Carrión:
Adjunto con este atento saludo un compendio de escritos que espero sean de su agrado y puedan figurar entre los candidatos a la edición en la revista ‘A_’ para la primera semana de abril.
Los relatos están acordes con las bases, a excepción de que en esta ocasión -detallaba- me ha sido imposible redactar el segundo a máquina, debido a condiciones que agradecería tuviese en cuenta, tales como mi precaria situación económica, que llega a impedirme la adquisición de componentes necesarios para la correcta redacción de los escritos. Espero no importunarle.
Atentamente, G_.







Por entonces ya disponía de una vivienda en un suburbio cuya dirección escribía en la carta. Pisos rojos, de ladrillos descarados como el óxido del latón; se sumía en una perpetua bruma enclavada desde las azoteas hasta el interior de los comercios, las calzadas, las ratas perdidas que enloquecían con el olor a orina y a alcohol rancio. Vivía con dos chicas, Mar y Elena, a quienes conocí a raíz del encuentro con un esquelético personaje de carne trémula y uñas violáceas que regentaba aquel bloque. Me planteé ensuciarme las manos -estaba en la ruina- con tal de evitar pensar siquiera en la otra salida, y no hice nada que no turbase mi conciencia, algo que me sorprendió viniendo de alguien con un aspecto como él -quizás ése fuese mi problema-. Se notaba que llevaba toda su vida muerto y que comprendía mi situación. Entonces, me ofreció el piso con la condición de que le prestase algunos servicios en el bloque y que no tocase a las chicas. Tío, me decía él, eres inteligente. Cuando salgas de aquí te va a ir bien. Mala suerte, ¿Eh? Allí me limité a ganarme la vida poco a poco, incluso llegué a recuperar mi trabajo en el metro, algo que me alejó de la máquina. Pero para entonces, había terminado un nuevo cuento que me disponía a enviar, ‘Otoño’.
En cuanto entré por primera vez en el piso, Mar comenzó a reírse y Elena se le tiró encima, dio un golpe con el índice a la colilla que aún sujetaba y la tiró a la alfombra. En ése momento recuerdo que di un respingo y el corazón una sacudida. A Mar le botaba el pelo azabache sobre los delicados hombros desnudos que se salían del cuello casi inexistente de una camiseta ancha, oscura, cortada por ella misma. El espacio se deslizaba por la suntuosa clavícula hacia sus pechos, poco prominentes pero delicados y armoniosos. Acogían la lluvia del cuello entre su canal discreto como si la cara fuese un manantial y la garganta agua,  una marea para los dedos. Tenía el cabello recogido y despeinado. Levantó los brazos y agarró las manos de Elena entrecruzando los dedos. La fuerza se le reflejaba en los músculos de los brazos como el tallo de una pálida dama de noche, laceniza y a la vez las ascuas que refulgían entre el tejido de la alfombra. La coleta tan sólo le recogía el pelo que le caía sobre la espalda. El resto se hallaba bailando y mezclándose como el agua bajo la brava cascada. Dio un empujón y abrió un poco la boca, aliviada; Elena se había separado y Mar volvía a la carga con la rendija de sus labios exhibiendo los dientes inmaculados, oscurecidos por el cobijo de su pequeña lengua. Levantó la barbilla y allí estaba, saltando sobre La Otra con la elipse de su cuello y su barbilla anunciando el alba de los ojos, que se abrían sobre la montaña vacía; eran verde oscuro, separados por una nariz irregular, magnífica, una pendiente que terminaba en una decorosa punta suave, entrañable redondez eufórica y calmada. Abrió aún más los ojos y las pestañas casi rozaron las cejas. Sacó la lengua por la comisura de sus labios y la mordió. Me destrozó. Alrededor de la pupila bailaban una serie de diminutas líneas contiguas formando una especie de iris interior que clareaba como la hierba en verano. El resto de la cara era una historia de ternura blanca y elíptica. Era una sirena de metro cincuenta y cinco. Cantaba con los ojos y las manos de margarita. Acaso miré un segundo a Elena. Era distinta. Piel oscura y pelo rizado, los ojos grandes, también bonitos, de un adorable color avellana. Nunca serían mías.
La máquina emitió el último chasquido y coloqué la hoja con el nombre del cuento en el centro sobre las demás. Mi escritorio se situaba en la parte oriental de la vivienda. Me levantaba temprano y el sol enmascaraba el mundo con el azur e iluminaba la puerta a la nada. Acabando sobre las nueve, sonó el teléfono en el salón, un trasto amarillento y viejo, y Mar se levantó de la cama a cogerlo. ¿Sí? Estaba aún dormida. Me apoyé sobre el respaldo de la silla y guardé silencio. Colgó el teléfono sin despedirse; aún se oía hablar al otro lado una voz femenina y débil. Se apercibió de que me hallaba en mi habitación y adelantó los pasos hacia mí, cabizbaja, se detuvo frente a la silla y me abrazó, apoyando la cabeza en mi cuello. Mi hermana ha muerto. Le acaricié el pelo y lo único que se me ocurrió fue Lo siento mucho, para lo que comenzó a llorar en silencio. Ni siquiera sabía que tenía hermana, pero deduje que preferiría no hablar del tema dadas las circunstancias que la obligaban a refugiarse en un suburbio pútrido y detestable. Elena salió, ojeó el salon y  nos vio en el cuarto. Arqueó las cejas intrigada, ¿Qué...? y apunté a Mar con la mirada, a lo que Elena respondió llevándose las manos a la boca y arremolinándose en torno a la niña. ...Tengo que irme a trabajar. Ya estaba vestida. Ella SÍ que trabajaba de camarera, en un café donde iban personas y servían tartas de manzana del día que esas personas podían permitirse. La sacaré a dar una vuelta.
Efectivamente la saqué y subimos a El Centro. Aunque mi experiencia no era exorbitante sabía que a una niña como era, porque no era aún mayor de edad ni tampoco excesivamente madura -algo de lo que se ocupó el consecuente instinto de Elena- a pesar de las circunstancias, un helado terminaría animándola de una forma u otra si insistía con bufonesco cariño en que se lo terminase -era demasiado idílico pero efectivo. Oye, muchas gracias. Tenía los ojos hinchados de contener las lágrimas y la nariz completamente congestionada. Se pasó un pañuelo sobre el labio y se echó los puños a la boca. Anda, bichejo, acábate eso. Mi carácter se había vuelto más agrio, rancio. Veía mi piso desde la heladería. Ella me miró fijamente y un mechón negro se desprendió y le fue a caer sobre la mitad derecha de la cara, hinchó los mofletes con un mohín cariñoso y abrió bien los ojos. Le sonreí. ¿Por qué no te afeitas? Me recomendó con una suave y mimosa voz. Se me vería la cara, respondí. Creyó que había hecho explotar una burbuja interna en mí y se sintió aún peor. No tengo tiempo. Se relajó y le saqué la lengua. Dejó el helado y terminamos emborrachándonos en un bar que recuerdo ahora como la viva imagen del cuadro de Hooper ‘Los Noctámbulos’, pero sin fracs ni sombreros, ni camareras con cofias blancas, impolutas.
Ésa noche volvimos en silencio a nuestro magnánimo hotel blanco. Margtuvo la mala suerte de partirse los tacones de cristal. Buenas noches, señor, buenas noches, señorita, ¡Soy su señora! Respondió ella, a lo que yo me sentí eternamente halagado. El botones dibujó una amplia sonrisa y se inclinó, e incluso dijo algo en francés -¡Elegancia!- Subimos a la habitación y tiré la cazadora en el sofá. ¡Buenas noches, señorita...! Adelanté un pie y detuve mi caída. Señora, y se llevó la mano a la frente, sonrió y se volvió a su cuarto. Me tiré en mi cama. Elena aún no había llegado.
Cinco minutos más tarde, flotando en el vientre del sueño, advertí que la cama se hundía un poco a un lado y que alguien me envolvía el cuello con los brazos. Somnoliento en la duermevela reconocí la piel y el olor de Mar, y, sin ser aún consciente de lo que hacía -de lo contrario la habría despachado inmediatamente- terminé por reconocer sus labios y ella presentármelos a mí. Dos pasos en le parqué viejo bastaron para hacerme vomitar le corazón. Allí estaba él, plantado en mitad de la puerta con su gorra roja y sus muñecas temblorosas. ¡Tú! ¡Te dije que no las tocaras! Completamente ebrio lo tiré a un lado, asalté la puerta y la cerré detrás de mí. Pude ver por la efímera rendija a Elena en el cuarto contiguo vistiéndose y a Mar absolutamente atónita. Luego pude escuchar sus gritos y lamentos, las súplicas de Elena y los golpes secos, los gemidos mudos, la vida huyendo entre las rendijas de los tablones del suelo y los cristales rotos de las ventanas.
Hace tres días me comunicaron que había ganado el primer premio de la revista por ‘Otoño’ y que querían conocer mi historia, la del autodidacta borracho y torturado de cuarenta y tantos años... Me trasladé a un albergue y mi máquina se esfumó -entre los dedos de algún honesto empleado. Esta mañana grabaron todo lo que querían. Y ahora aquí estoy, cansado del mundo pero feliz y realizado, completamente INDEFENSO ante la vida y la gente; porque ésta me ha desarmado de mi propia voluntad, pero espero vivir muchos años y... No he parado de vulnerarme desde esta mañana con este cúmulo de porquería delante de la cámara, la papilla emotiva propia de un octogenario. A fin de cuentas, este lugar está cerca del suburbio del que huí como una rata hace nada menos que cuatro días, y él vendrá a buscarme, y estaré aquí, y Mar estará allí. Quizás lo haga más por mí que por ella, por deshacerme de la pócima de moscas y ajenjo que me derrama la culpa. Sea lo que sea, volveré a por ella, aunque sea para perderla otra vez si alguna vez la tuve. Un día dejaré de quererla, lo sé.
La Luna se levanta y tira la escalera para permanecer impertérrita al otro lado de la ventana de la habitación. Mi imagen condenada saldrá mañana en la televisión y mi asesino estará allí para verla, finalmente será el leñador. Estoy más seguro en la calle,  La Ciudad lo dice, que es una mesa con una pata rota. Nada vive aquí que no resbale y termine roto, en el suelo. Se me cayó la sopa, me mojó el diario y los zapatos.