lunes, 19 de marzo de 2012

X2 - Agua Imaginada


En un pueblo de pizarra y cal que necesitaba del paisaje para ser hermoso, podía uno extraviarse entre los banquetes de los pájaros y el aroma tibio de la tarde de entre tiempos que congelaba el cielo azul y los rebaños de agua imaginada, si se perdía la vista en un punto indiferente del horizonte, allí donde convergían los canales de la siembra como los secos y repeinados cabellos de la tierra anciana; se hundían y volvían a levantarse dibujando voluptuosos y femeninos valles hasta la vertiente oeste de la sierra clandestina .
Un gorrión invita a navegar entre las lágrimas secretas de los geranios que penden de las caídas de los patios, dormidos entre la jovialidad del color y la quietud vital de un lugar perdido en el prólogo de siglos sin movimiento.
El sol suaviza las cumbres con ceguera convirtiendo todas las horas del día en una tarde constante, salpicada por la letanía del campanario con el ir, con el venir, con el vaivén cuidadosamente agudo de la campana, que acoge bajo el manto litúrgico cada hogar y cada puchero, cada animal y rayo de sol, transformándolo en la aguja de un reloj estático.
Bajo las alas del pájaro centellean y se mecen sin moverse los nervios y las hojas de un naranjo, enclaustrado por su exuberancia en un patio angosto abierto al universo; justo allí merodea la progresividad, o quizás aceche para unos, que otorga el fruto cosmopolita, el amanecer embellecedor del alba encerrado en una esfera rugosa desheredada de la riqueza y cobijada ya por el más pobre de hoy y el más rico de ayer, con el fin de alegrar la vista y emulsionar el aire con el aroma enamorado del azahar. El naranjo sigue siendo hoy un testigo atónito que no se atreve a salir del patio en vista de lo que esperaba fuera en uno de esos milenios perdidos, poco después de que oyese los primeros motores de camiones rebosantes de silencio humano atravesando la calle Umbral, de la que no sabía si llevaba o no hache dado que sólo alcanzaba a distinguir, de la primera letra, la mitad, y no se decidía a determinar si otra pequeña placa de cerámica predecía a esa tímida ‘u’ azul de la calle Humbral, así como de la calle Umbral.
A pesar de la ciencia que conllevaba averiguarlo, no hace falta asegurar que si era una de las dos no era la otra, y si la otra no era pues, probablemente, no existiría, y si existía quizás fuese desde la perspectiva de un manzano desde donde se depositaría una mueca de escepticismo vergonzoso hacia sí mismo por no poder asegurarse de si la calle Humbral era la calle Umbral. En todo caso, si era la calle Umbral desde el reflejo carmesí de las manzanas sería un auténtico problema, porque no debería haber un manzano, sino el exuberante naranjo y el gorrión que engasta su vuelo circular en el impluvio cuadrado del patio de los geranios tristes; no hay que olvidarse de las camionetas viejas que, quizás, transportasen los animales de un circo, meneándose y creando expectación entre los críos que correrían detrás de las trompetillas viejas de algún payaso manoseado por la usura en lugar de amontonar almas en un manojo y sujetarlas bien con una cuerda de chantaje y jerga, para llevárselos Dios sabe adónde. Por lo menos, solían ir en un sentido, o desde el naranjo así solía advertirse, de izquierda a derecha, con prisas y desasosiego, con severas excepciones. Una de ellas fue a estrellarse contra el arco esponjoso que comunicaba el patio con la calle, cuando la señora aquélla que se cubría con la capa de encajes de cuervo una peineta enredada en sus cabellos tormentosos había salido fuera a tomar el fresco en el zaguán que conformaba el túnel de cal y el portón, reforzado por pinceladas de cerrojos y embellecedores de metal que reunían los listones astillados en una estructura eternamente vulnerable pero aparentemente segura. En este guardián se situaba una puerta de menor tamaño que se pasaba el día abierta, y a la que salía la anciana gris para todo lo que supusiese poner el oído a otra voz empolvada que provenía del exterior, a la que no podía ponérsele cuerpo debido a que sólo salía para intercambiar algunas palabras con esta primera mujer cuando ella esperaba en la boca del túnel; parecía proyectar su lengua desde el edificio que bautizaba la calle Preludio –evitando conflictos con ‘haches’ huidizas-, pero su cuerpo se veía eclipsado, y tampoco se trataba de una voz fácilmente identificable. Hablaba detrás de un portón medieval con susurros, y solía escandalizarse descaradamente cuando intercambiaba algún secreto local con la primera anciana, a la que poco le importaban las empresas pecaminosas y esperpénticas que acontecieran a los hijos o maridos de otras familias que no fuesen la suya.
Lo cierto es que la infusión de azahar del patio hacía tres años que no se veía alterada por la presencia desenvuelta de don Francisco, hombre que resbalaba por la treintena cuesta abajo, de porte sublime y espina orgullosa, piernas delgadas sujetando el pecho de un gallo vigilante.
Podía adivinarse que se marchó, o que quizás se lo llevaron. Se oyó decir bajo aquél mismo naranjo, respirando el aroma del sexo de sus frutos tras la cortina de nostalgia, que habían detenido a la anciana en la plaza del pueblo y la habían instado a darles a conocer el paradero del tal Francisco, quien al parecer se hallaba envuelto en las sábanas de las mieses junto al hijo de la mujer del edificio bautista; por supuesto, ni lo confesó ni tampoco lo conocía, aquel día de amanecer temprano.
Cualquiera que hubiese estado allí, que poco comprendía desde la vista ingenua de un naranjo, habría olvidando el motivo del porqué del revuelo y la frialdad nerviosa, los corazones enredados, de serpentear entre manifiestos y convicciones personales.
¿Tanto le atañen los asuntos de un país para discutirlo bajo un naranjo hastiado, intercalando sus propias convicciones entre las disputas de órdenes despóticos?
Así se enclavaba un litigio de desesperación y espera, colmado por ‘España’ y por ‘familias’, por ‘hijos’ y, con una intensidad fatigada, por ‘derechos’ –de los que aseguraba carecían aquellos que tuvieron el valor para amenazar a una vieja viuda.
El sol descendía entre las hojas y se derramaba en el cráneo liso del orante; lo absorbía el pelo gris en las sienes y la nuca. La insistencia justiciera e inapelable de la luz dejaba ver los estragos que la muerte había trabajado en su cara: la frente se le derretía en arrugas y los ojos en gotas de un arroyo privilegiado por los cantos rodados del fondo y su brillo cósmico, reflejo del bosque que lo circundaba y refería a las vivencias e inteligencias de un viejo que convivía con las pesadillas de un estoicismo temeroso.
Hablaba con la otra mujer, la de la calle Preludio. El naranjo estaba dormido entre el viento cuando entró y detuvo sus pasos en mitad del patio, justo debajo del árbol, donde no se alcanza a ver desde la copa –de ahí la perfecta intimidad del alma para poetas y enamorados. Se reunió allí sorprendida y volvió a hablar susurrando, esta vez al viejo, que había llegado corriendo desde la siembra para comprobar si las voces jóvenes del pueblo no desvariaban.
¿A la guerra? Justo entonces comenzó la jerga interna a viva voz, Sí, al frente, ay, ay, se repetía la anciana arrugando los labios y empapando sus ojos con el vaivén del corazón, latiendo sin tener porqué latir, Con mi niño, con mi Pablo, y su ropa se estremeció en un abrazo desconsolado e inevitablemente frío.
Hora después, otro convoy de camionetas, de toldos agujereados y ruedas de barro, atravesó el portal hacia la derecha. Naranjas que tiemblan más por el estertor impúdico del silencio que por la violencia de los vehículos que lo transportan, vencidos por el inerte empedrado de la calle, aunque ignorantes y orgullosos de tener en su oficio el correo de cadáveres morenos y sonrosados que no sabían que estaban muertos aunque su corazón funcionase con la misma mecánica que sus madres, sin razón para, por entonces, el hoy.
Los pájaros guardaron el luto hasta entonces. Un año después del espectáculo –cuando uno, hasta siendo un frutal, se percata de que el nombre de la calle poco tiene en relación con que todo parezca un circo- la dama se vistió de negro de un día para otro, aunque ni los tristes geranios del patio la sintieron perdida, ni tampoco vieron llanto cuando los regaba en el pasillo superior, encaminándose más determinada que nunca hacia la tarea con esos pasos lentos y litúrgicos, abstraídos como la razón de la campana de la iglesia, enhebrando las nubes con el crucifijo metálico de su aguja entre la quietud marina de las azoteas, los peces tendidos en las cuerdas y, hoy por hoy, las antenas de metal que se levantan como reliquias de otro tiempo, devastando el silencio y abominando del cielo.
Según las vagas alusiones a la capilla en los buenos días de patio en los que el azahar se sentía en la piel, y no como la melancolía de tiempos mejores, merecía ser descrita así. La capillita, Has visto la cigüeña en el tejadito de la cruz, se refería a ella algún viajero autóctono como el rabo de una cereza; por parte de las antenas, una deja caer su yute descuidado sobre el tejado, trazando una línea sombría sobre el naranjo. Que en el resto del pueblo las hubiese, sólo sería una casualidad. Desde el patio sólo se ve el cielo y la calle, los geranios y las paredes blancas, sobre las que se encuentra el pasillo de la planta de arriba rematado por un una valla verde, la vertiente de las tejas hacia el vórtice del árbol, –que reluce como una mantis en una hoja de papel- entorno al que suele circundar algún gato anaranjado que el portón deja entrar cuando se queda dormido durante la noche, después de la vigilia esforzada del día de sus recovecos podridos.
El azahar seguía siendo el mismo testigo acobardado que disolvía en el mundo del hogar el crujiente aroma del pan caliente, el observador que se veía envuelto en la obra transitoria de asiduos de su horno, de cuyos vástagos sólo se veía propietario en soledad. Permanecía esparciendo olores y colores mientras las familias le procuraban silenciosa compañía entrando y saliendo, cantando o jugando entorno al tronco del árbol.
En el patio nunca se supo con certeza hacia dónde crecieron los suspiros de la anciana, pero las paredes recuerdan lo poco que oyeron de una madre a la que arrancaron un hijo, de un hijo al que el trueque arrebató la vida. Las pocas acanaladuras que el tiempo y la voz han hundido en la pared son hechas vibrar por el agua los días de lluvia como el diamante con el vinilo, jornadas cuya presencia hace olvidar que los días hermosos fueron los mismos en los que murió la esperanza.
¿Qué queda sino sospechar qué sucedió con el apuesto Francisco, para lo que su madre vistió de luto hasta el día de su muerte nonagenaria? Parecía, desde luego, que las madres llevaban en las entrañas el destino de sus hijos escritos, y daba forma al suyo propio; estaban destinadas a vivir con la fantasmagórica mirada hacia ese horizonte que ofrece las aguas imaginadas flotando blancas y esponjosas, a dar testimonio de la muerte con las ilustraciones del dolor inscritas en un libro de rostros y sermones mudos.
El joven Francisco murió en un bosque bajo el acoso de la difteria, arrastrado entre los aullidos de los lobos en la deslumbrante soledad de la nieve. Sucumbió a la infección y la fiebre a causa de una bala alojada en su hombro. Peralta Marín se apagó con el silbido angélico de un proyectil atravesando su calavera. Se despidió del mundo diciendo adiós en voz baja antes de ser fusilado. ¡Viva la República! Y todos sus compañeros se apagaron a su lado y fue enterrado bajo el hermoso cielo azul. Murió ahogado por la tuberculosis un instante después de que una mano sin dueño apretase la suya con fuerza y se desvaneciese en la oscuridad generosa de una camioneta, rebosante de un silencio humano distinto y más cruel que los telones de los beligerantes que cruzaron la calle Umbral, pintada con las telas de los victoriosos y configurada con las entrañas de los derrotados.
Y el naranjo se abstraía a causa del nuevo silencio del pueblo, y tenía derecho a sentirse vulnerable por el mismo motivo por el que se sentía orgulloso, las esferas colgantes que aseguraban un mañana. El silencio estaba hambriento de ruido y hastiado del rechinar famélico de sus propios dientes. El viejo que habló con la otra anciana de la calle Umbral aquél día bajo el naranjo no había aparecido más que un día, Oye Carmela, ten cuidado con el naranjo que la gente es capaz de lo que sea por una poquita de fruta, Aquí no entran, por mi hijo que no entran, Tú ten cuidado, mañana me paso a ver si te traigo algo, Si no tienes ni para ti, Hija, no paso hambre, además como poco, Dices tonterías, ¿te escuchas?, se tambaleó hasta la palabra cuando arrancó una naranja oronda de una rama y se la alcanzó al viejo, quien abrió un poco la boca para negarse pero fue acallado por su propio instinto; la anciana gris, Carmela, calló. Era lo que él quería. Bajó la cabeza y susurró un gracias, levantó el pie sobre la banda de madera que cuadraba la puerta pequeña del portón y cruzó la calle Umbral. Las naranjas cayeron en manos de Carmela, quien las devoró con ansia en no más de una semana. Si alguien irrumpía ávido de alimento y no hallaba nada, y si acaso se atrevía a tocar a la anciana, Dios la acogería en su regazo engrandecida por la más sincera honestidad.
Llegaban muertos al portón y llamaban sin fuerza para esperar a que nadie abriese jamás. Carmela pasaba bajo el naranjo por las noches, cuando dormía, y sentía los pasos vibrantes sobre las raíces; abría la puerta y se disolvía en la noche para volver horas más tarde con un zurrón de cuero o una cesta de mimbre adornada por algún paquete o bulto enrollado en paños de cuadros rojos. Después, la soledad.
Pasaron años de hambre y el patio encogía conforme el naranjo se hacía más robusto, la anciana más gris y la muerte más llevadera pero no menos frecuente; el pueblo parecía haberse habituado a ella, y ahora procuraban que el hambre devorase sus vidas mientras dormían, Se ha muerto Tenorio, Encontró ayer mi Pablo –a quien el destino había privado un pedazo de su vista que lo salvó de su esqueleto- a Matías en un poyete todo frío, frío. Y se iba apagando la cal, y los geranios parecían menos tristes en un mundo de melancolía. La anciana pasó una silla al patio muchos años después y empezó a quedarse allí por las tardes, bajo el cobijo de la voz monótona de una radio que Pablo había traído aquí desde el extranjero. El naranjo agitó sus hojas un día de reflexiones de primavera, idéntico a aquéllos de malos tiempos, y Carmela cerró los ojos, se apagó con la voz sorda de la radio en el bodegón de la calle Umbral. ¿Qué será de la calle Umbral en realidad, que tanto ha vivido de prestado, de la imaginación y la evasiva de una perspectiva cansada de circos? En cualquier caso, no importa. La realidad es que aún sigue aquí este viejo manzano que imagina ser naranjo, y desconoce que en esta realidad, la única verdadera, la calle Humbral le ha robado la hache a ambre para olvidar qué significa. Aquí, los días hermosos sólo recuerdan tiempos mejores.