viernes, 2 de marzo de 2012

5 - Cáncer

Es rumana. Es muy guapa, no parece rumana. Oye, rumana, ¿Qué tal? ¿Qué hacías? ¿Lo que hacen las rumanas, eh? Los dos policías rieron. Anda, calla, que creo que tiene frío. Cogió la chupa barata de cuero negro y se la alcanzó metiéndola entre los barrotes de la angosta celda. ¿Y la familia? Preguntó el que estaba sentado detrás del escritorio gris. Giró la cabeza mientras dejaba descansar su brazo en la reja horizontal, esperando a que la prostituta lo cogiese. No tiene. La chica lo agarró y se dejó caer de nuevo sobre el camastro con la barbilla clavada en el pecho. Se echó por encima la prenda. Poseía una elegancia humilde, una niñez perturbadora entre los mechones dorados que se le descolgaban de la coleta, a la deriva de sus ojos. La luna entraba por una pequeña ventanilla detrás de ella y reflejaba en el plástico impermeable de la chupa una luz blanquecina, pura, y la dejaba en el lugar de una pequeña princesa con un tacón roto y el pelo sucio, lejos del castillo ceniciento de su padre el zar. ¿Te has fijado? Está blanca. Oye, ¿Tienes hambre? El agente que estaba sentado se alzó un poco de la silla y le alcanzó la mitad de un emparedado. Inspiraba lástima, la misma que inspiraría una niña perdida en un centro comercial. Negó con la cabeza. Los agentes se miraron. Ambos estaban algo perdidos. Oye, chica, perdona por lo de antes. ¿Tienes dónde dormir? Ella no contestó. No, no tiene. El hombre en pie se llevó las manos a la cintura y miró al compañero. Niña, aquí cerca hay un motelito asqueroso, pero tiene camas. Se desayuna bien. Dibujó una sonrisa discreta. Te vamos a dar un poco de dinero y te vas a marchar. Oye, le susurró de inmediato, ¿Qué cojones estamos haciendo? Habla bien, habla bien, que es una chiquilla y mírala, ¿La ves? Sí, la veo, pero ya sabes. Pasa, chico, y le alcanzó tres billetes que a ojo correspondían de sobra la suma por una habitación en el motel 'd'or' y unas monedas. Tendría para el desayuno y quizás para otra noche más allí si lo apuraba. La chica se echó hacia atrás y rehusó del dinero, presionando las verjas para que las cerrasen. No lo hagas más difícil. Pasa, ¿No ves que no quiere? No seas rata, que no es dinero. Venga, que tienes suerte, que hoy te largas de aquí, pero otra vez no creas que vas a tener la misma suerte. Échate atrás. Pablo. Dime, respondió jadeante. Está tela de pálida. La chica había ido apagándose en aquella lucha infantil por la modestia y había dejado caer su mano de porcelana sobre el cabecero de la cama. Permanecía echada en ella con la mitad del cuerpo fuera.
Oye, qué le pasa. Está fría. Pocos segundos después de que le depositara el reverso de la mano en la mejilla, la chica devolvió en el suelo de la comisaría. ¿Ha bebido? No, nada, llama a una ambulancia, anda. ¿Éso es sangre? Sí, joder, llama a una ambulancia ahora mismo.